OPINIÓN

El muro del Estado y sus debilidades

La crisis del secesionismo ha puesto contra las cuerdas al sistema entero, y la versión blanda del 155 no es sino un intento desesperado de que las cosas vuelvan a su cauce, que es el que conviene a los partidos principales.

El muro del Estado y sus debilidades.
El muro del Estado y sus debilidades. EFE

La metáfora del choque de trenes es inadecuada para describir la forma en que se ha desarrollado el conflicto planteado por los separatistas catalanes. Es inadecuada, porque el tren secesionista no ha chocado con nada que esté en movimiento, sino con algo casi inamovible, con un muro, el muro del Estado. Ahora bien, hay muros de muy diverso tipo, no todos son igualmente sólidos, y el muro de nuestro Estado tiene debilidades muy obvias que, sin embargo, y por fortuna, los secesionistas no han sabido aprovechar del todo bien, y se han precipitado contra la base del muro, que todavía es sólida.

Las bases sólidas del muro

Empeñados en vivir y respirar en un universo familiar y blando, favorable a sus deseos, los secesionistas no han sabido ver que el muro español se apoya sólidamente en varias rocas. En primer lugar, aunque el orden de la enumeración no sea decisivo, el muro del Estado se funda en una realidad internacional que no quiere oír ni hablar de ninguna clase de despedazamientos, que es consciente de que el camino hacia una mayor unidad no se puede recorrer desandando lo andado, rompiendo el equilibrio actual de los Estados. La DUI no ha obtenido el apoyo ni de Osetia del Sur, lo que tiene su mérito, y, respecto a Europa, a la que todavía siguen recurriendo retóricamente, el rechazo ha sido más que absoluto. Juncker acaba de declararlo paladinamente: una Cataluña independiente nunca, y convendría subrayar el adverbio, nunca obtendría el ingreso en Europa. Las razones, que son varias, las puede entender cualquiera que no esté intoxicado intelectualmente, pero hay una que los secesionistas han malentendido de manera pertinaz: la UE no es sólo un club económico y financiero, es un baluarte del Estado de derecho, del respeto a la ley, eso que les da la risa a los supremacistas catalanes.

El segundo pilar de la solidez española es de carácter histórico, pero no de las historias alternativas que cualquiera puede fabricar, sino de esa historia viva que es la realidad de una vida común española

El segundo pilar de la solidez española es de carácter histórico, pero no de las historias alternativas que cualquiera puede fabricar, sino de esa historia viva que es la realidad de una vida común española que es más que centenaria. En los días más convulsos de la revuelta, una mujer de edad se asomó a una de las infinitas pantallas de estos días y dijo “Yo soy muy mayor, soy pobre…, pero soy española”. Su testimonio es el del apego a una identidad nacional mucho más fuerte que cualquier relato de ocasión, una identidad que ha estado dormida, como es lógico que suceda de manera habitual, pero que ha estallado en miles de banderas y que es muy probable que tenga una virtualidad política que todavía no se está valorando bien. El Rey acertó al detectar la indignación popular y al identificarla con la vigencia de la Constitución y de las leyes, de forma que su discurso lo consagró como el líder y el símbolo de cuanto nos une. Es difícil exagerar el tamaño de su acierto. El resto de las fortalezas se apoyan en estas dos primeras, pero tan sólido fundamento no impide la existencia de grietas inquietantes en el muro del Estado

Una nación sin gobierno

España es un viejo país, esto es evidente, y el mundo entero es mucho más nuevo y dinámico que cualquier realidad del pasado. Las naciones se mueven en un mercado político, económico y militar extremadamente complejo y España, no es de hoy el problema, tiende a refugiarse en la bocana del puerto y a sestear, vive presa del miedo, como un perro apaleado. Hemos sido la primera víctima del final del predominio europeo, y llevamos más de cien años sin decidirnos a ocupar un lugar en el mundo, empeñados en un vago internacionalismo que oculte nuestra falta de rumbo propio. Esto quiere decir que no tenemos gobierno, pues gobierno significa, etimológicamente, timón y no hay timonel capaz de navegar bien si no conoce su rumbo.

A cambio de carecer de gobierno, tenemos una administración pública cada vez más obesa, extravagantemente dispendiosa y caótica

A cambio de carecer de gobierno, tenemos una administración pública cada vez más obesa, extravagantemente dispendiosa y caótica, que lo que hace mejor es gastar mucho y mal. Es, por supuesto, un organismo dividido, insensatamente, en un número de taifas absolutamente insoportable, forzado al endeudamiento externo, y, que, en consecuencia, ha perdido casi por completo su soberanía, su capacidad de decidir cualquier cosa por cuenta propia, carencia que se nota relativamente poco por lo dicho arriba, porque nuestra Nación no parece capaz de definir objetivos históricos.

Esta ausencia de gobierno es, objetivamente, un mal, y se traduce en la enorme ineficacia social de nuestros empeños, cosa que es compatible con el hecho de que, como viejo país que somos, hayamos sido capaces de construir un sistema, aunque de mediocre calidad, capaz de satisfacer el mínimo de necesidades, sanitarias, educativas, y de bienestar, de gran parte de la población, lo que ha contribuido grandemente al cultivo de esa pasividad civil, por ejemplo, nuestra capacidad de seguir votando a quienes nos roban y se burlan de nosotros, que es la manifestación contemporánea del sanchopancismo español.

Las trampas de la representación

El sistema político y constitucional de la transición ha venido siendo un éxito, ha sido capaz de soportar una transformación importante de la sociedad española, pero ha llegado a un punto en el que está mostrando más sus ineficiencias que sus capacidades. Su punto más débil no es de carácter técnico, sino cultural. Su debilidad técnica consiste en que ha permitido potenciar la capacidad de las elites electorales para ir a lo suyo, instalando una política absolutamente cortoplacista, esencialmente manipuladora de la opinión, consagrada a la defensa de lo que han llamado la gobernabilidad, y completamente ajena a los intereses de fondo de la sociedad española. Que la mayoría de los diputados del Congreso, a las órdenes de sus respectivos látigos, puedan aprobar un cupo vasco, insolidario, manipulado contablemente de manera escandalosa, y que beneficia de manera descarada a una de las regiones más prósperas en perjuicio de todas las demás, es una más de las pruebas de que nuestro sistema representativo se aleja de manera aparentemente incorregible de cualquier cosa que pudiera llamarse un bien común.

Cualquiera que analice la larga crisis del grupo Prisa, podrá ver cómo en esa empresa que ha jugado un papel de modernización aparente de la sociedad española, siguen estando vigentes los modos del caudillismo y la 'amigocracia'

Las causas de esta desviación residen en el hecho de que es más fácil cambiar un sistema constitucional que la cultura política subyacente. Cuarenta años se han mostrado pocos para corregir el amiguismo y el colegueo típico de las familias del franquismo e instaurar un sistema liberal, democrático, representativo, capaz de debatir sinceramente y de buscar la competencia abierta en la llamada al voto, es decir de hacer política. Aquí las elecciones son en manada, y no se procura otra cosa que la fidelidad de los propios a los que se procura mantener con un sistema clientelar, pura democracia orgánica, en el fondo. Cualquiera que analice la larga crisis del grupo Prisa, podrá ver cómo en esa empresa que ha jugado un papel de modernización aparente de la sociedad española, siguen estando vigentes los modos del caudillismo y la amigocracia, cómo importan un pito los intereses de los accionistas (no digamos nada de los simples ciudadanos), cómo basta un toque de Rajoy o de Soraya para que el amo Cebrián se salga con la suya, de casta le viene al galgo.

La trampa está en haber sobrelegitimado la democracia formal sin darnos cuenta de que el sistema representativo podía ponerse realmente al servicio de otros intereses distintos a los nuestros, y en haber consentido que la sociedad civil viva en una permanente dependencia de los dineros y las órdenes de la administración, de ese gobierno sin otro destino ni rumbo que el de permanecer en la poltrona, pero que manda inmisericordemente sobre todos nosotros.

El problema español y el problema catalán

En cierto modo, el procés catalán es una exageración teratológica del sistema político vigente en España: el truco consiste en crear una clase de extractores de renta que engañan sentimentalmente al resto de los catalanes para vivir opíparamente a su costa. Si a eso se le pone, por debajo, un problema de identidad colectiva muy mal asumido es evidente que se trata de una bomba ambulante, aunque no sea capaz de derribar el muro. Por esta razón no se podrá resolver el llamado problema catalán hasta que no se cambie la forma de hacer política, hasta que los partidos no se convenzan de la necesidad de ser algo distinto a lo que son, lo que no ocurrirá sin revoluciones internas, nada fáciles por otra parte (aunque en el PSOE ha habido ya una), que  pongan por delante a la sociedad civil, a la Nación, que vuelvan a conectar con lo que la gente siente y desea.

Algo que estaba dormido se ha despertado, y no es solo el amor a la unidad española lo que ha soliviantado a casi todo el mundo

La crisis del secesionismo ha puesto contra las cuerdas al sistema entero, y la versión blanda del 155 no es sino un intento desesperado de que las cosas vuelvan a su cauce, que es el que conviene a los partidos principales. Pero algo que estaba dormido se ha despertado, y no es solo el amor a la unidad española lo que ha soliviantado a casi todo el mundo.

No sabemos lo que pasará el día 21 de diciembre en Cataluña, ni si nadie será capaz de llevar a cabo los cambios muy de fondo que hacen falta para que el muro del Estado sirva para algo más que parar los píes a unos sediciosos de opereta, para que la política pueda volver a ponerse al servicio de una Nación que puede y merece ser más de lo que ahora mismo es, que ni quiere desaparecer, ni tiene que condenarse eternamente a una mediocridad insalubre y estúpida.


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