Sueños ciudadanos

El miedo de Rajoy a la guerra

Estos días hemos revivido, infaustamente, aquello de Metternich de que cuando París estornuda, Europa se resfría, hasta Inglaterra, lo que hay que ver. No ha habido sólo una ola, lógica, de solidaridad, sino que el presidente Hollande y la Marsellesa han estado a punto de contagiarnos de una epidemia de grandeur, tal vez un poco mucho a destiempo. El terrorismo, islamista, ahora, de cualquier tipo en otros momentos, tiene como una de sus bazas más seguras el hecho de que un porcentaje enorme de los afectados renuncian a pensar, se ponen a correr como locos en la dirección que indica no la razón, sino el miedo. Y desde Hobbes, al menos, deberíamos saber que el miedo es la base psicológica más necesaria para abolir la libertad, es decir, que apunta siempre en la dirección que escogen sus enemigos. Esa es la gran paradoja, que al oponernos al sometimiento, al Islam, nos comportemos como lo desean sus fanáticos.

Una guerra que Hollande no puede ganar

Al declarar una guerra que Hollande no está en condiciones de ganar, ni siquiera de plantear de forma seria, el presidente francés ha escogido la senda más fácil, el halago masivo, el abuso de la emoción y la exaltación retórica de los mitos que todavía leen los franceses en su pasado.  Es un camino que le ha granjeado muchos apoyos entre nosotros, siempre un poco envidiosos de la douce France, ya decía Baroja que en España hasta los ángeles están traducidos del francés, aunque ahora eso haya cambiado algo más que levemente.

La forma más simple, y equivocada, para pensar en los problemas colectivos, es el dogmatismo, y el yihadismo es su figura más extrema

La forma más simple, y equivocada, para pensar en los problemas colectivos, es el dogmatismo, y el yihadismo es su figura más extrema, pero no nos es tan ajena como deseamos lo sea. Por aquí y por allá resuenan los llamamientos a una guerra santa en defensa de nuestra identidad, olvidando que no hay nada más ajeno a la buena tradición liberal que ha hecho de nosotros lo que los yihadistas, aunque no sólo ellos, odian, que el deseo de glorificar la violencia, que la sustitución de la política por una belicosidad sin límite ni fundamento cierto. El Papa, siempre un poco a desmano, ha tenido que recordar que la invocación de Dios para cometer un crimen es una forma de blasfemia, y la cautela moral que expresa esa proclama debiera hacernos pensar en términos algo menos solemnes pero seguramente más inteligentes.

Que las cosas sucedan de forma que se contradiga nuestras ideas es el mejor de los estímulos para salir de la comodidad de unas convicciones normalmente insuficientes y extremadamente acomodaticias. Es obvio que tenemos un problema grave, y que no va a desaparecer cantando, pero de eso se trata en la política, de buscar soluciones a asuntos difíciles, no de repetir monsergas inútiles ni de redescubrir el Mediterráneo, que es lo que le gusta a Rajoy, sin ir más lejos. ¿Llamar a la guerra es una solución? Apenas sirve para salir del paso, pero, al menos, puede llevarnos a distinguir entre quienes puedan rechazarla en este caso, como solución equivocada y fuera de lugar frente a un problema acuciante y que nos dará más de un disgusto, pero que ni se ahuyenta ni se resuelve con aspavientos y lagrimitas, y aquellos que, rehenes de todos los miedos, no quieren ni que se hable de ello, porque pretenden seguir en el poder en brazos de un consenso cobarde e ignorante que aspira a la perenne ocultación de cuanto realmente pasa, también de las dimensiones reales del chantaje yihadista. Esto es, justamente, lo que no nos debiéramos permitir, esconder lo que nos amenaza tras un muro de tópicos y medias verdades, tras el vergonzoso manto que disfraza la cobardía de prudencia. La libertad, como dijo Pericles, sólo se alcanza por los valientes, pero los valientes no están obligados a reaccionar con reflejos pavlovianos, no tiene que renunciar a ser críticos, de forma que para acabar  con el lado francés de nuestro tema, no estará de más recordar que el complicado ajedrez del medio Oriente tal vez tuviese otra cara si en el Eliseo no hubiesen sido tan complacientes con un ceñudo ayatolá exiliado que se llamaba Jomeini.

El eje del miedo, entre Iglesias y Rajoy

Ya en el lado español de la batalla, no es pequeño descubrimiento caer en la cuenta de la coincidencia objetiva, por decirlo en términos gratos al politólogo de la coleta, entre la derecha timorata de Rajoy y la izquierda pacifista e hipócrita de Iglesias. El líder podemita le ha hecho a Rajoy un elogio que, aunque pudiera considerarse envenenado, es rotundamente certero. Rajoy no está dispuesto a que nada manche su pretendidamente impoluto discurso de salvador económico, que se lleva mal también, y dicho sea de paso, con el dato, tan modesto como molesto, de que la deuda pública sigue creciendo en unos 10.000 millones de euros al mes, y está haciendo toda clase de equilibrios para que la belicosidad del francés no le salpique, detalle que ha gustado mucho a Iglesias que se ha puesto junto a Rajoy y frente a un supuesto eje del mal encarnado en Aznar y en la pesadilla preferida de Iglesias, un Albert Rivera que se le aparece en cuanto tiene un minuto libre porque no está diciendo una pavada.

Tanto Rajoy como Iglesias compiten en el pringoso estadio del

buenismo, tratan de presentarse como reservas de paz y de toda clase de bienes sin mezcla de mal alguno

La política del halago, sin ninguna responsabilidad

Tanto Rajoy como Iglesias compiten en el pringoso estadio del buenismo, tratan de presentarse como reservas de paz y de toda clase de bienes sin mezcla de mal alguno, y ambos comparten y explotan el miedo a la guerra, por motivos no tan distintos, en el fondo. Ya queda dicho que hablar en francés de guerra es una licencia retórica, y tal vez un error de grueso calibre, pero eso no significa negarse a ver que Europa, y España, por lo tanto, deben dejar de imaginarse en Disneylandia, por emplear la acertada expresión de Enrique Calvet, y disponerse a aplicar con toda energía y rigor al islamismo, con nuestra armas más poderosas, que, además de las militares, son las de la libertad y la razón, la capacidad de analizar y matizar, de distinguir y negarse a caer en trampas de una simplicidad vergonzosa, pero eso sólo puede hacerse admitiendo que la guerra es una posibilidad, y que para evitarla no se trata de esconderse, sino de sofocarla, de emplear nuestro dinero en propaganda y en armas, aunque haya que sacrificar parte significativa del esfuerzo financiero que dedicamos a ese becerro de oro al que llamamos Estado de bienestar, que sólo sabemos pagar con deuda y con sumisión, para poder poner en píe las armas, civiles y doctrinales, pero también policiales y militares, que hagan cada vez más difíciles los golpes sangrientos, los éxitos de nuestros enemigos, de los que quieren abolir de raíz nuestras libertades reales, por escasas que resulten cuando las examinamos críticamente, pero que, en todo caso, representan un mundo maravilloso en contraste con el nihilismo primitivo y salvaje de los yihadistas. No hay que tenerles miedo, hay que saber verlos como lo que son, sin proyectar sobre ellos las brumosas quejas de nuestros antiliberales, sin tener miedo al miedo que nos quieren inspirar.

Es una burla que Rajoy o Iglesias, o quien quiera que se exprese como ellos, se atrevan a presentarse como garantes de la paz, como adalides de la seguridad, cuando es obvio que se preocupan casi en exclusiva con que no se manche su discurso con el polvo de un camino que está bastante más sucio y confuso que el mentiroso oasis que ellos aseguran procurarnos. Quieren nuestro voto a base de miedo, y no debiéramos dárselo.

El olvido de Más y del falsete catalán

Una de las escasas ventajas psicológicas de estos días ha sido la preterición del vodevil político de Cataluña, pero no hay que confundirse, porque, como el dinosaurio de Monterroso, seguirá ahí cuando despertemos de las liturgias francesas, y ahí seguirá también el equívoco discurso del dolce far niente, que ahora también se quiere aplicar a la amenaza yihadista, ese cuidado paternalista del bienestar ciudadano, para que nada le afecte, nada le asuste, para que no se entere de nada y se olvide de Bárcenas y de todo lo demás, en especial de lo que no haya podido emerger, y vuelva al redil del voto del miedo, al regazo del franquismo sociológico que tan exactamente se refleja en ese miedo a la guerra que comparten personajes tan supuestamente distintos como Rajoy e Iglesias, tal para cual. No en vano puede existir la sospecha de que el ascenso de uno fue astutamente propiciado por las alcantarillas del otro, mientras que Sánchez se aprestaba a recoger su parte de la desastrosa herencia socialista, también, por supuesto, sin hacer nada que pueda molestar.


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