Sueños ciudadanos

El marco importa más que la foto

Los que imaginan que estamos a las puertas de un gran cambio pueden usar en favor de su presagio un argumento contundente, el sesgo inequívocamente desconcertante que adquieren un gran número de acontecimientos, la sensación de que estamos ante procesos de deslegitimación política que no van a detenerse de cualquier manera.  Pero, del mismo modo que cabe sospechar un Apocalipsis, hay quien apuesta por la certeza cazurra de que aquí nunca pasa nada.

Esa imagen de líder impertérrito que parece aspirar a derrotar al adversario por aburrimiento tiene sus partidarios

La baraka de Rajoy

El otro día escuché cómo un prestigioso historiador comparaba a Rajoy con Amenofis IV, el faraón de los brazos cruzados, divinamente impasible, aunque le reclamara que moviese de vez en cuando el brazo para asegurarnos de que continúa vivo. Esa imagen de líder impertérrito que parece aspirar a derrotar al adversario por aburrimiento, capaz de soportar todos los infortunios sin el menor aspaviento, tiene, no obstante, sus partidarios: como el poder nunca carece de simpatías, abundan los que convierten esta singularidad de Rajoy en un carisma casi legendario: no hay que olvidar que la fidelidad perruna al jefe sigue siendo una de las características más genuinas de nuestra cultura política, algo que se podría remontar a la devotio iberica de que nos hablan los historiadores de la Hispania  Romana.

Es indudable que Rajoy está teniendo suerte, a falta de otras virtudes, que no de todas: es frío y astuto, y eso seguramente está muy bien para un presidente español. Cuando parecía que se había organizado un quilombo con la enfermera y el ébola, resulta que también se contagian, y se mueren, enfermeros en Tejas, y ya dijo Pemán que mal de muchos consuelo de gobernantes, pero es que, para redondear el éxito, se cura la paciente y el público amenaza hasta con olvidarse de Ana Mato, en pleno arrebato de entusiasmo por lo extraordinariamente buena que es la sanidad española.

Se cura la paciente y el público amenaza hasta con olvidarse de Ana Mato, en pleno arrebato de entusiasmo por lo buena que es la sanidad española

Carambolas así no se le dan a cualquiera. Tampoco es ajeno a esa extraña estela de buena fortuna que la nube de implicados en toda clase de corrupciones, unos tipos que parecen tontos, además de perversos, porque hace falta ser memo para corromperse mediante una tarjeta de crédito que deja más huellas que una división acorazada, parezca pertenecer a un universo enteramente ajeno al rajoyano, hasta el punto que puede darse el caso de que la opinión pública llegue a preguntarse quién era ese Bárcenas del que se hablaba tanto hace ya tiempo, y a dar por hecho que nunca tuvo nada que ver con Rajoy que, como de costumbre, estaba ocupándose únicamente de nuestros problemas. Por si faltara algo en ese cuadro de parabienes para el inquilino de la Moncloa, parece como si, repentinamente, los Pujol, una familia de incuestionable honorabilidad, se hubieran vuelto unos chorizos.

Parecer importa, lo demás no existe

El recientemente fallecido Ben Bradlee, que desde el Washington Post logró una cumbre del periodismo al servicio de los ciudadanos enfrentándose al poder político, ha escrito que la mentira se ha hecho cada vez más fácil, y nadie ha dudado nunca, al menos desde Maquiavelo, de la enorme utilidad política de la mentira.  El hecho de que demos mayor importancia a cualquier explicación que nos convenga y satisfaga que a una actitud verdaderamente crítica respecto a lo que se nos cuenta, ha dotado al poder de unos medios que habrían resultado inimaginables décadas atrás. Hace tiempo que Max Horkheimer escribió que si Hitler hubiese podido beneficiarse de la televisión posiblemente hubiera resultado invencible.

En la vida española estamos asistiendo a situaciones que parecen dignas de un esperpento

En la vida española estamos asistiendo a situaciones que parecen dignas de un esperpento, como el referéndum ilegal que no va a celebrarse en Cataluña pero que se va a celebrar de cualquier modo por no se sabe bien qué extraños intríngulis de una sentencia apresurada. Victorias como esta son las que cimientan el prestigio rajoyano y consisten, en realidad, en que los ciudadanos empecemos a acostumbrarnos a no ver lo que vemos sino a creer lo que se nos cuenta, y a no ocuparnos de otra cosa. 

En esto el PP de Rajoy se ha aproximado cuanto ha podido a la izquierda que siempre ha sabido conceder la mayor importancia a las palabras, acorde con el desdén que sienten por los meros hechos. El predominio de una conciencia bella, la sumisión de lo real a sus discursos, la imposición de las creencias a las razones, hace que deje de importar lo que realmente ocurre si se consigue contar lo que sucede en el  marco adecuado.

Las televisiones y Podemos

Otro acontecimiento extraño, que hábilmente narrado pasa por sumamente normal, es el que ocurre con el que se supone creciente poder político de Podemos y su ya largo idilio con las cadenas de televisión a las que, si se hace caso a lo que dicen, van a someter, cuando manden, a un modelo democrático, es decir chavista, que las dejaría temblando. ¿Cómo se explica que tanto Prisa como La Sexta sigan cultivando la presencia de Iglesias como un auténtico maná?  O no creen en lo que dice que hará, o esperan ganarle para que no lo haga, aunque tampoco cabría descartar hipótesis peores dadas las hazañas económicas que han protagonizado alguno de estos magnates.

También sería interesante poner en relación esta curiosa paradoja con los acontecimientos internos de Podemos,  con el hecho indudable de que los que tienen la sartén por el mango le están aplicando al colectivo del que dicen nutrirse procedimientos que no desmerecen en nada las habilidades de cualquier secretario general del PP a la hora de decidir quién ha ganado las votaciones internas.

Ya ha dicho el presidente del Supremo que la ley está hecha para atrapar a los pequeños robaperas, no a los grandes ladrones de guante blanco

Margallo y el pequeño Nicolás

La notable habilidad de Nicolás Gómez-Iglesias para hacerse la foto con gente que importa no ha llegado a poderse retratar con el Ministro de Exteriores, y eso que García Margallo no viaja gran cosa, al parecer por un extraño prejuicio frente a la aviónica. No creo que al pequeño Nicolás se le haya escapado la importancia de hacerse con esta foto, pero cabe maliciarse que la razón de esta ausencia en el portentoso book del habilidoso chaval se deba a que Margallo ha estado haciendo el Nicolás en las Naciones Unidas. La televisión pública, fiel a su mandato de informar con la máxima objetividad, no ha dejado de ensalzar la deslumbrante conquista de nuestro Ministro, la pertenencia al Consejo de Seguridad de la ONU, ahí es nada.

¿Sabe alguien para qué nos va a servir esto? ¿Alguien ha preguntado cuanto ha costado el milagro? Porque en aquellas latitudes está perfectamente tasado el gramo de influencia, el montante en dólares de la conquista, es decir lo mismo que pretendía hacer aquí el joven Nicolás, pero en serio y con facturas. Como nosotros somos un país decente y transparente, nuestra ley prohíbe hacer esta clase de cosas. Ya ha dicho el presidente del Supremo que la ley está hecha para atrapar a los pequeños robaperas, no a los grandes ladrones de guante blanco, faltaría más, pero, por si acaso, cubrimos esa deficiencia declarando rotundamente ilegal e imposible aquello a lo que se dedican a hora y a deshora los personajes a los que quería parecerse el joven Nicolás, aunque no ha podido ser porque ha mentido, resulta que era de la Prospe. 


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