Sueños ciudadanos

La lógica del poder

Los aficionados a las paradojas sabemos bien, al menos desde Lewis Carroll y Humpty Dumpty, que lo importante es, al menos casi siempre, saber quién manda. Sin embargo, el sueño de la democracia consiste en imaginar que pueda seguirse una lógica que no dependa del poder, sino de esa mezcla sabia entre razón y experiencia que ha dado origen a la ciencia y a la tecnología, y que no sabe ni de imposiciones ni de mentiras. La magia, o esa forma verbal del engaño que es la retórica vana, puede serle útil al poder, pero es perfectamente irrelevante, e incluso letal, en la ciencia y, cuando los políticos abusan de ella el resultado es, a la larga, siempre desastroso. Eso es exactamente lo que nos pasa ahora a los españoles, que los políticos llevan décadas abusando de la lógica mágica que gusta al poder y, claro es, las cuentas no cuadran. Hasta una sociedad tan escasamente avisada como la española se da cuenta de que los políticos constituyen un problema, el más grave, junto con la crisis económica y el paro, que son las otras caras de ese fenómeno de fallida hipnosis colectiva.

Algo no marcha bien en España, pero los políticos siguen con su lógica, con sus previsiones y sus ecuaciones falsas basadas en supuestos tan irreales como sus ganas de servirnos. Trimestre a trimestre, el Gobierno, el socialista de antes, el de Rajoy ahora, nos viene repitiendo que hemos tocado fondo, que ya hay brotes verdes, que la crisis se aleja, que crearemos empleo en un año y medio o dos, y ya llevamos siete. Los españoles somos pacientes y crédulos, pero van acabar haciendo hablar hasta al mudo del chiste proverbial. Fijémonos en la última entrega de promesas gubernamentales, año y pico después de un fúnebre reconocimiento de impotencia. ¿Ha cambiado algo? Sí, claro, que entramos en un ciclo electoral y hay que engrasar la máquina de las buenas nuevas. Ahora se nos anuncia crecimiento y empleo, pero los últimos datos de la EPA muestran que en el primer trimestre de este año se han destruido casi 200.000 puestos de trabajo, y que si el coeficiente de paro se modera es porque ha disminuido enormemente la población activa y, claro está, se van antes al extranjero los que no tiene trabajo que los que lo tienen, y a este efecto puramente representacional se le adscriben los méritos políticos de un Gobierno que solo sabe que quiere ganar las próximas elecciones. Si a eso se le añade el dato, realmente sobrecogedor, de que ha vuelto a crecer la cifra de los empleos públicos, se ve con claridad que la lógica del Gobierno es la lógica de un loco o la de un embustero, nada que ver con ciencia distinta a la de procurar no bajarse del burro, la de no perder el coche oficial, que fuera hace mucho frío.

Ya que estamos en los comienzos de mayo podríamos procurar consuelo en algún análisis alternativo, de la susodicha izquierda o de los llamados sindicatos, pero si se escucha lo que se oye, el resultado es seguramente peor. Los sabios de las subvenciones, los ERES y la mariscada nos dicen que ha fallado la política de la austeridad, que hay que darle mayor alegría al gasto. Están tan acostumbrados a que se les pague la luz, el teléfono, los viajes y el aperitivo que no se les ocurre pensar que la fórmula de que se les pague todo a todos pueda tener algún fallo.

A la altura de 2014, cien años después del discurso orteguiano sobre "Vieja y nueva política", ("La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría"), estamos en una situación bastante parecida, con un poder, en el Gobierno y en la oposición, dedicado a especular con nubes macroeconómicas y constitucionales mientras España y los españoles se desangran, mientras decrecemos en realidad y en futuro, mientras nos dividimos y nos peleamos por meros despojos, mientras nadie en el poder sabe qué hay que hacer para que podamos ser en realidad lo que podemos ser, una Nación normal, culta, trabajadora y próspera. La lógica del poder insiste una y otra vez en sus viejas monsergas, en sus mentiras disfrazadas de esa mezcla infumable entre tecnocracia económica y socialismo fantástico, y continúa confiando en que los españoles, como se decía en la época de Franco, confiemos más en los medios de comunicación adictos que en lo que vemos con los ojos de la cara.

¿Hay solución? Tiene que haberla, pero pasa necesariamente por lo que tímidamente apuntan las encuestas, porque los ciudadanos les arrebatemos el privilegio de dirigirnos a este sindicato de fantasmas que han dado en formar los dos grandes partidos, por despedir a estos simuladores de oficio que aparentan gobernar en nombre de unos electores liberales y oponerse a una izquierda supuestamente amenazante pero igualmente entregada al oficio del engaño, para ir tirando. Romper ese bipartidismo demediado e hipócrita puede ser el único camino para acabar con tanta ceremonia de la confusión, pero ya se sabe que la libertad es cosa de valientes.


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