Sueños ciudadanos

El largo invierno de la incertidumbre

Mariano Rajoy, en una foto de archivo - Foto Efe

Estamos entrando en un ciclo político caracterizado por un triple sistema de indicadores que no anuncian un panorama estable: descontento político interno, clima internacional desconcertante y escasamente predecible, mejora económica parcial con no demasiada capacidad para generar un ciclo virtuoso. Se trata de un futuro inmediato en el que cabe casi cualquier pronóstico, y eso es lo que reflejan unas encuestas tan sorprendentes como poco fiables.

El inmovilismo disimulado de los grandes partidos, el PP que parece no saber dónde está y que amenaza ruina por varias esquinas, con una dirección que no juega a la política sino a muy otra cosa, a un cortoplacismo tan miope como desconcertante para sus partidarios,  y un PSOE  que no se cura de su enorme descalabro zapateril y que va claramente a la deriva, dan cancha aparente a un nuevo populismo de izquierdas que, por otra parte, empieza a aparecer como lo que es, como un intento de renovación cosmética de ideas realmente peregrinas y que carecerían de cualquier recepción ante cualquier panorama menos desdibujado.

Fernando Savater se ha quejado recientemente, y con toda razón, de este curioso desenfoque que ha venido a convertir en protagonistas de la política a quienes debieran aparecer como una excrecencia

De lo pintado a lo vivo

En estas situaciones el papel que juegan los medios de comunicación pudiera ser especialmente decisivo, podría serlo, en especial, si desde esta parte del sistema hubiese capacidad para analizar la situación con ojos distintos a los de los grandes actores políticos, pero eso, me temo, escasea. La televisión, siempre en manos de gente más atenta al espectáculo que a cualquier clase de buenas razones, ha jugado un papel primordial al colocar como una novedad interesante las propuestas de los que pretenden ser nuevos actores, sin reparar dos consideraciones que nunca debieran perderse de vista: la primera que aunque la mona se vista de seda, mona se queda, y, en segundo lugar, que no parece haber acertado a señalar el trabajo de quienes, sin tanto fuego de artificio, estaban haciendo una crítica muy acertada de las deficiencias de la democracia española. Fernando Savater se ha quejado recientemente, y con toda razón, de este curioso desenfoque que ha venido a convertir en protagonistas de la política a quienes debieran aparecer como una excrecencia, y ha sepultado tras una rotunda desatención a quienes estaban haciendo lo que se debía hacer.

La apuesta más optimista que cabe hacer en este aspecto es que la óptica que lleva a fijar la atención en lo paródico y desatiende lo mollar se corrija en un plazo relativamente corto. Más protagonismo de UPyD y Ciudadanos y simplemente la atención justa a las bravatas de los orates no sería pequeña mejora.

Demostración de lo contrario de lo que se proclama

Para el próximo día 31, Podemos está tratando de mostrar músculo popular con una gran manifestación que, según sus pizpiretos portavoces, no se les ha ocurrido a ellos sino a la gente. Será interesante medir el grado de fervor del público y de empezar a calcular el destrozo que en las imágenes límpidas de estos nuevos gerifaltes está empezando a causar los pagos en B de la productora de Iglesias, las fraternales adjudicaciones de Tania en el Vaticano izquierdista de Rivas, los contratos internacionales de Monedero y su infladísimo Curriculum Vitae, o las inverosímiles investigaciones de Errejón, pretendidamente capaces de resolver el problema de la vivienda en un pequeño fajo de folios, sin olvidar, claro está, el rotundo dirigismo con el que se está gobernando el nuevo partido, un desmentido absolutamente radical de su pretensiones de representar a todos los que están descontentos, y son legión, con los espectáculos que se nos administran desde la pista central del circo político español. 

Resulta doblemente extraña la apuesta de Rajoy por esa especie de realismo sucio de las cifras, por subrayar la extraña hazaña de haber evitado una catástrofe al precio de administrar un inacabable calvario de pragmatismo de vía estrecha

Oscura la historia, clara la pena

En la política española existe una cierta tradición que privilegia el poder de la palabra frente a la relevancia de las cosas, un cierto regusto retórico que no es de ahora, precisamente. Aquí siempre hay alguien haciendo guardia sobre los luceros. Nuestra cultura barroca ha hecho el resto, y a veces parece que competimos en la belleza de las promesas y despreciamos la prosa a ras de tierra. Por eso resulta doblemente extraña la apuesta de Rajoy por esa especie de realismo sucio de las cifras, por subrayar la extraña hazaña de haber evitado una catástrofe al precio de administrar un inacabable calvario de pragmatismo de vía estrecha. Todo contribuye a que estén claros los motivos de descontento pero no se vislumbren con claridad los argumentos a favor y en contra de las respectivas soluciones. Este es el caldo de cultivo que mejor les va a los radicales retóricos, a los que se creen que basta con declararse distintos para que se les crea no ya diferentes, sino mejores. 

Lo que ahora estamos viendo es cómo se deshace esa burbuja de promesas sin fondo y es probable que la experiencia de lo que suceda en Grecia acabe ayudando a distinguir los lamentos de las posibilidades, y a apostar no por quien mejor se queje sino por quien tenga mayores probabilidades de ayudar a que las cosas entren en el camino de una mejora razonable y continua. Desde esta perspectiva, el peor favor que le está haciendo el PP a nuestro futuro común es la insistencia en reformas que no son sino nuevas formas de disimulo y acumulación de poder.

Machado escribió sobre una canción infantil que contaba una historia de pena clara e historia oscura, y la política española puede caer en manos de letristas sentimentales y demagogos. Nuestra mejor oportunidad está en apoyar a quienes, sin negar los problemas, no pretendan que su denuncia sea su único aval, sino que confiemos en ellos porque son capaces de proponer soluciones. Hace falta apoyar a quienes proponen lo posible, no a quienes quieren engañarnos con promesas infantiles, con trucos de teatrillo municipal. Eso exige una madurez de los electores que ahora se va a someter a prueba, durante un largo año, con más intensidad que nunca: lo único que hace falta es que quienes están en condiciones de ofrecer algo distinto no se pierdan en querellas internas, en meras cuestiones de poder, de un poder que aún no tienen. Tal vez sea mucho pedir, pero si quienes pueden hacerlo no aciertan a estar a la altura, su responsabilidad será casi tan grande como la de quienes nos han traído a este estado de descreimientos y desprecio respecto a lo que puedan hacer los grandes partidos.


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