Sueños ciudadanos

Tan imposible como inevitable

El año 2015 se presenta ante los españoles como una etapa crucial. Estación a estación, del invierno al otoño, viviremos situaciones cuya salida nadie está en condiciones de asegurar. No se va a tratar de un mero año electoral, lo que sería bastante, vistas las expectativas, sino de una etapa en la que se confirmarán o se desmentirán gruesos y decisivos pronósticos de unos y otros: si la crisis empezará a ser un mero recuerdo, si lo de Cataluña será una tragedia o se quedará en farsa, si la Monarquía confirmará, o no, su aspecto de esperanza optimista, si el bipartidismo se quebrará y cómo será el parto, si lo que se llama el sistema colapsará, o si todo cambiará para seguir siendo lo mismo. Tal vez sea demasiado para un año solo, pero eso es lo que hemos de ver.

Habrá de imponerse o una prórroga de lo que parece podrido, o alguna forma sensacional de renovación, más allá de ese mítico remedio que tantos llaman regeneración

Casi todo parece moverse en ese estado bastante caótico en el que lo imposible y lo inevitable parecen ser aberrantes sinónimos. De ahí que los más asustados y conservadores se afanen en resaltar que las cosas funcionan, que la Justicia hace su trabajo, que la nave va, pero esos truismos que antes se aceptaban con la pacífica resignación de los pueblos viejos y muy corridos empiezan a sonar a pura farsa, de modo que habrá de imponerse o una prórroga de lo que parece podrido, o alguna forma sensacional de renovación, más allá de ese mítico remedio que tantos llaman regeneración, como si las palabras políticas todavía pudieran seguir siendo mágicas. Al final, sonará, como siempre, la flauta, pero puede que la melodía que se escuche no tenga mucho que ver con el repertorio habitual, pese a lo sólidas que resulten ser algunas de las cuadernas básicas de nuestro sistema político.

El poder de Rajoy

Mientras tanto, muchas cosas siguen como si cuanto ocurre fuera un simple malentendido. Rajoy, que consiguió alcanzar hace tres años un respaldo político sin parangón, es una figura política que está experimentando una erosión sin apenas precedentes, pero aún conserva relativamente intacto todo su poder. Verle cómo se recrea en la incertidumbre de los suyos, y un poco de todos, retrasando por razones perfectamente incomprensibles la designación de candidatos para las próximas municipales equivale a contemplar los últimos gestos de jactancia de una figura sobre la que se puede amontonar la mayor responsabilidad política si el edificio de 1978 se derrumbare sobre nuestras sufridas espaldas. Es curioso ver cómo no parece importarle un ardite que sus gestos puedan ser interpretados como una demostración empírica no ya de la corrupción sino de la insuficiente legitimidad del sistema. Todo lo que hace para tratar de aparentar que está comprometido con la reforma lo hace con desgana, deslavazada y lentamente. Es obvio que Rajoy parece no dejarse dominar por lo que inquieta y preocupa a tantos españoles, incluso a buena parte de los que trabajan a sus órdenes, y eso no sería malo sino muy de alabar: lo perverso no es que Rajoy no se conmueva, sino que no de la menor sensación de comprender qué demonio preocupa a los españoles, que no sepa ver en el desafecto y el abandono electoral de los suyos algo profundamente distinto a la mera deslealtad.

Rajoy responde perfectamente al diseño ideal de un político que tuviese que moverse en un mar de problemas pero que no necesitara preocuparse de la posibilidad de que otros puedan relevarle al timón

El partido del Estado

Rajoy responde perfectamente al diseño ideal de un político que tuviese que moverse en un mar de problemas pero que no necesitara preocuparse de la posibilidad de que otros puedan relevarle al timón, de un político que profesase la íntima convicción de encarnar más allá de cualquier duda la legitimidad del poder del Estado, sin tener que considerar alternativa alguna a su propia gestión. Es obvio que alguien así empezaría por confundir sus supuestas ideas o soluciones  con las que cualquier otro pudiera ofrecer o imaginar, es lo que parece óptimo a quienes se dejan seducir por la mística de lo inevitable. No se trata, simplemente, de un grouchomarxismo vulgar (estos son mis principios, pero si no gustan tengo varios otros), sino de confundir plenamente la función de líder de un partido (alguien que propone unas soluciones distintas de otras) con la de una especie de técnico más allá de la política que lo mismo podría recurrir a una intervención militar que a la disolución de las fuerzas armadas. Cuando se ve a Montoro perdonando deuda a las autonomías que no han cumplido, por no haber tenido la real gana de asumir los costes que la medida conllevaría, el supuesto plan de hierro que había elaborado su Gobierno, el de Rajoy, para reducir el déficit público, se tiene la sensación de estar ante un ministerio capaz de aprobar cualquier cosa con tal de que sirva para ganar tiempo y dilatar, supuestamente, la llegada de los bárbaros.

Al obrar de esta manera, Rajoy ha continuado y perfeccionado hasta la caricatura la peor tradición de la derecha española, la convicción de que existe una honda identidad entre partido/gobierno/Estado, y que los líderes deben servir a toda costa para mantenerla, convicción sólidamente asentada, por otra parte, en esa amplia base de electores que votarán siempre lo que diga su Gobierno, aunque les confisque sus bienes y rentas, miedosamente convencidos de que esa es la única manera de evitar el desastre absoluto (que ahora se encarna como todo el mundo sabe). El error electoral de Rajoy puede estar, precisamente, en estimar mal la proporción de esos votantes irreductibles entre el número de los que necesita para tener la oportunidad de volver a formar Gobierno. O nosotros o el caos, no siempre desemboca en nosotros. 

El desafío de Aguirre

Esperanza Aguirre ha vuelto a agitar las aguas de la charca, al manifestar, con las cautelas del lenguaje de sumisión imperante, su disponibilidad para lo que fuere menester. Se trata de un gesto de majeza que oculta malamente una singular pereza política, porque la señora Aguirre tiene el poder suficiente, otros lo han hecho, para haber convocado unas elecciones primarias en Madrid dando vida, de paso, a una organización reducida a trabajos meramente serviles.  En todo caso, se ha percibido con nitidez la molestia de los edecanes rajoyistas con el gesto audaz de la lideresa, que, posiblemente sea, todavía, la mejor colocada para evitar en Madrid una desbandada excesivamente insoportable de electores.

Aguirre ha cometido un pecado imperdonable y le ha hecho a Rajoy un regalo envenenado: si Rajoy no acepta su oferta será el único responsable de una derrota muy verosímil

A veces da la sensación de que Rajoy puede temer más la pérdida del control absoluto sobre lo que se conoce como el PP, que una derrota humillante. Aguirre ha cometido un pecado imperdonable y le ha hecho a Rajoy un regalo envenenado: si Rajoy no acepta su oferta será el único responsable de una derrota muy verosímil, y Aguirre quedaría en condiciones de levantar bandera, aunque fuese en medio de la desolación. Si Rajoy aceptase el envite, aparte de pasar un mal rato, pues es notoria la escasa simpatía mutua, tendría que compartir el capital en caso de supuesto buen fin del matrimonio de conveniencia. Intrigas de corte, en ausencia de una verdadera vida política.

La dilución de Podemos y los terceros en liza

Tras su fulminante ascenso al horizonte de expectativas, Podemos está empezando a trabajarse de manera concienzuda su propia jibarización. La aparición catalana de Iglesias ha sido una excelente liturgia de reducción a lo imperante, al orbe en que todo tópico tiene su asiento. Tiene bemoles que lo que se le ocurra al afamado politólogo es decir que la casta española ha insultado a los catalanes, aunque parezca creer que ese es el mensaje que necesita para arrebatarle a Sánchez lo muy poco que le queda. En cualquier caso, Podemos está empezando a tener que digerir sus propias medicinas, y el proceso puede dar lugar a que las alternativas viables se dibujen de manera muy distinta a lo que ocurrió en las europeas. Claro es que eso involucra a unos terceros que, de momento, parecen extrañamente presos de un ataque de impotencia. Pese a lo que tanto se repite con Gil de Biedma, bien pudiera ser esta una ocasión para demostrar que nuestras historias no siempre acaban mal. 


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