Sueños ciudadanos

La impavidez, el deshonor y el desastre

La impavidez goza de un prestigio seguramente excesivo en un país propenso al esperpento y la exageración. En política suele tenerse como una virtud, y no es extraño que así sea, pero si quisiéremos apurar el diagnóstico habría que precisar un poco más. Pongamos, por ejemplo, el caso de un político que viese como se esfuman los apoyos a su partido y escuchase por todas partes pronósticos nada halagüeños respecto al futuro inmediato de su formación. Imagino que no se podrá alabar la impavidez ante una situación tan poco risueña, que lo ordinario sería pensar en hacer algo. Pues bien, el líder en el que estamos pensando parece preferir hablar del desarrollo de los mundiales y de las posibilidades que tiene Messi de consagrarse como el nuevo Maradona, que afrontar de manera directa ese problema. Apuesta, pues por la impavidez como seña de identidad y como estrategia de imagen para que no cunda el pánico, más o menos en plan lucecita de El Pardo.

Claro es que la cosa no se queda en ese estado de ataraxia, porque, rodeado de especialistas como se encuentra todo dirigente de cierto fuste, han sido estos los que han empezado a mover el rabo tratando de ahuyentar las moscas con iniciativas bastante originales. De ese acompañamiento al impávido han salido dos grandes iniciativas, una de ellas en plan frame, y otra ligeramente más concreta. Como si se tratase de una consigna, diversos portavoces del PP pretenden desmentir el estado catatónico del partido hablando de regeneración democrática, ya se ve que tampoco han discurrido gran cosa y, ya puestos, sugieren al personal que la mejor manera de regenerar la democracia podría estar en limitarla otro poquito y, de ahí, la vieja monserga de declarar alcalde al líder de la lista más votada, evitando que una coalición de perdedores pueda arrebatarles el gobierno municipal.

¿Cómo es posible que se le ocurra a alguien una conjunción de ideas tan desafortunada y tan fuera de lugar? La democracia española, con todos sus defectos a cuestas, se ha articulado sobre la base de unos principios representativos que han dejado en manos de los diputados y concejales la elección directa de los que presiden el correspondiente ejecutivo. Por supuesto que esto puede hacerse de mil otras maneras, pero lo que no parece de recibo es que al PP se le haga patente el carácter regenerador de su ocurrencia ante el fundado temor de que los electores le van a privar de mayorías suficientes. Ahora, el PP se acuerda de que tiene todavía mayoría absoluta y dice que va a hacer algunos ligeros retoques para seguir mandando cuando y donde no la tenga. ¡Qué cosas se les ocurren a los impávidos!

La política española lleva tiempo siendo prisionera de una serie de convenciones que la reducen, en la práctica, a la teatralización de un guion nada espontáneo: los representantes populares se han acostumbrado a ejecutar un papel antes que a representar a los ciudadanos y las medidas con las que amenaza el PP, que, de todas maneras, no le reportarían el beneficio que se les supone, pretenden acentuar esta teatralización limitando gravemente la escasa autonomía de las cámaras y los consistorios.

Se daría sí un paso más en el proceso de menosprecio a la democracia que han llevado a cabo los grandes partidos, que ni dejan participar a los ciudadanos, ni tienen un mínimo de democracia interna. Esto significa que en España, donde nunca ha habido una revolución liberal, también podría acabar fracasando del todo esta especie de revolución liberalun tanto peculiar que empezó con la transición y que ahora está a punto de agotarse en manos de dirigentes sin talla, sin escrúpulos y sin un mínimo de patriotismo, de interés por el destino de todos nosotros. Al no existir ni rastro de la separación de poderes sin la cual la democracia deviene en su caricatura o en su máscara, la corrupción ha alcanzado niveles impensables, es ya legendaria, y al PP no se le ocurre otra cosa que sustraerse al voto de las mayorías que lo rechazan.

Muchos creen que el peor momento de la democracia española fue el 23F, con Tejero y todo lo que malsabemos. Para mí, por el contrario, el peor momento se vivió en el pleno de urgencia del pasado verano para someter, supuestamente, a Rajoy a un interrogatorio sobre el caso Bárcenas en el que ninguno de los diputados del Congreso le pregunto a Rajoy por el SMS que todos conocíamos y que había dirigido a Luis Bárcenas, ese ladrón que está, de momento, en la cárcel sin que el robado le haya reclamado ni un euro: "Resiste Luis. Hacemos lo que podemos, pero no es fácil", decía, más o menos. En cualquier país del mundo una pregunta sobre a qué se refería Rajoy habría salvado la decencia de la democracia y habría obligado a marcharse a su casa al presidente. Por si acaso, aquí nadie la hizo.

De aquella escena triste y vergonzosa se ha retirado Rubalcaba, convencido de que ya no podía ser parte de ninguna solución, y algunos protagonistas menores han experimentado en las europeas un frenazo bastante significativo. Queda Rajoy, impávido, y parece dispuesto a morir con el Titanic, aunque su obligación sería tratar de salvarlo, no intentar ponerse a cubierto, él y parte de su tripulación.

¿Qué le impide a Rajoy intentar algo que no parezca una aproximación chapucera a nuestros problemas colectivos? En aquellas infaustas fechas aludió a que había sido objeto de un chantaje: ¿estamos viviendo todavía bajo los efectos de esa amenaza? ¿Existe algún temor que impida al presidente tomar las medidas que cualquiera consideraría necesarias ante el oscuro panorama electoral que se le ofrece al PP y el riesgo evidente de que el sistema acabe cayendo encima de las débiles espaldas de todos los españoles?

Es inevitable recordar lo que Churchill le dijo a Chamberlain ante los intentos de éste para convivir con Hitler: “preferisteis el deshonor a la guerra, pues tendréis deshonor y tendréis guerra”. En su impavidez estratégica, Rajoy parece preferir el deshonor de un PP que no hace nada por sacudirse las lacras de la corrupción, ante el miedo de que el PP pudiera perderse irremisiblemente si se llega a saber todo lo que haría falta explicar para poder empezar de nuevo. Con este deshonor impávido se trata, al parecer, de evitar el desastre, pero, una vez más, la sabiduría del viejo Churchill apunta a lo obvio: habrá deshonor y habrá desastre. Cuanto antes se convenzan los que estén limpios de que no se trata de corregir la representación política, sino de ser dignos de ser votados, antes acabará este prolongado calvario del gran partido de la derecha y, tal vez se pueda empezar a pensar que quepa poner en píe una derecha liberal y decente capaz de organizar un mercado libre y competitivo y de alumbrar una política distinta, algo a lo que los españoles que trabajan y no roban a nadie tienen perfecto derecho.


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