OPINIÓN

Lo que nos hace parecer zombis

Hemos querido hacer una democracia, pero desde el principio hemos olvidado que la igualdad de derechos y obligaciones en asuntos básicos es una condición indispensable, y, en consecuencia, hemos puesto por delante los privilegios, personales y territoriales.

Lo que nos hace parecer zombis.
Lo que nos hace parecer zombis. EFE

Una de las reacciones más comunes ante el acusado cansancio general por los persistentes enredos del supremacismo catalán es la tentación de pasar página, una equivocación que admite muy diversas versiones, desde la de Rajoy, convocando elecciones inmediatas a ver si el asunto amaina, hasta la de Iceta, proponiendo el indulto a los sediciosos, porque aquí no ha pasado nada, sobre todo si Iceta fuese el beneficiado mayor del quilombo. Pero, por más que nos pueda molestar, no es un problema de otros, es inevitablemente nuestro.

Ganar la normalidad

Resulta descorazonador, en efecto, que los esfuerzos hechos por normalizar el conflicto territorial, el único que queda desgraciadamente vivo de los grandes problemas que desgarraron la convivencia española en los años treinta, hayan resultado tan baldíos como lo pone de manifiesto no solo el caso catalán, sino el general desbarajuste que está suponiendo el estado autonómico, esa recaída en los reinos de taifas que, por poner el último ejemplo, se permite el lujo de dilapidar un dinero que no tenemos para engrasar las ruedas del régimen andaluz con los cerca de mil millones de euros que se han descuidado en los ERE.

No estaría de más que empecemos a considerar si esa clase de males no estará esencialmente unida a la forma en que se hace la política en España

Tendríamos que hacer serios esfuerzos de reflexión y debate público para preguntarnos por las razones de semejante epidemia de disparates y dejar de pensar en que la culpa es siempre de “otros”, de los vascos o de los españoles, de los catalanes o de los andaluces, de quien haga falta, menos de uno mismo. Y no estaría de más que empecemos a considerar si esa clase de males no estará esencialmente unida a la forma en que se hace la política en España, una ausencia insana de debate, y una mezcla confusa de posiciones entre los supuestos rivales, que ha conducido rápidamente a una carencia absoluta de control sobre lo que en realidad se cuece por parte de los ciudadanos. Naturalmente, la culpa recae no solo en quienes engañan, sino muy especialmente, en quienes se dejan engañar, en quienes han renunciado a cualquier objetivo ideal a cambio de que no le toquen demasiado lo que más le interesa, una actitud que multiplica casi al infinito la tendencia a la supuesta dádiva de los políticos y, en definitiva, a que la deuda no deje de crecer, ya pagarán los que vengan.

Acostumbrados a gastar lo que no tenemos, hemos renunciado, de algún modo sin saberlo, a cualquier soberanía efectiva, preferimos seguir creyendo en fábulas absurdas, renunciando al sentido común, para confundir la normalidad con cualquier mentira que nos resulte grata.

Los privilegios primero

Hemos querido hacer una democracia, pero desde el principio hemos olvidado que la igualdad de derechos y obligaciones en asuntos básicos es una condición indispensable, y, en consecuencia, hemos puesto por delante los privilegios, personales y territoriales. Hemos consentido que los políticos tengan un régimen jurídico completamente aparte, los famosos aforamientos que solo Ciudadanos parece dispuesto a suprimir, y hemos tragado con que la democracia que articulan los partidos no tenga nada que ver con su régimen interno, de modo que Rajoy puede decir quién ha de ser su candidato a alcalde por Madrid, pero Junqueras también puede delegar su liderazgo en Marta Rovira. Así, hemos consentido que, con escasas excepciones, los partidos se conviertan en una suerte de oficinas de empleo en las que los empleados se lo deben todo a su líder, y nada a los ciudadanos. Con ese espíritu no es raro que los supremacistas catalanes hayan teorizado su derecho a decidir, el yo primero, una manera de afirmar que no se acepta ninguna clase de límites porque para eso se está en política, para hacer y deshacer sin dar cuenta a nadie del balance: basta con mentir lo necesario si alguien insinúa un mohín disconforme.

La soberanía es de los que mandan

Que los partidos viven casi enteramente para sí mismos lo confirma la promesa electoral de ERC, que sacarán a Junqueras de la cárcel (¿cómo?), dando por supuesto que el nivel de sometimiento de sus votantes es tal que subordinarán todos sus ideales e intereses a la milagrosa excarcelación del piadoso Oriol. El supremacismo de los separatistas no es nada muy distinto a la cultura política imperante en el resto de los partidos, es solo su versión más radical y eficaz, el partido convertido en el mismo pueblo en marcha, sin ninguna separación concebible entre gobernantes y gobernados. Lo peor de esa manera de ver las cosas es que supone la renuncia completa a la deliberación, que mata cualquier libertad y la somete al fanatismo.

Es característico de los líderes que lleguen a considerarse seres sobrenaturales, auténticos taumaturgos

No es muy distinto lo que hace y dice Iceta entre baile y baile, que prometa indultos si cree que le puede venir bien (tampoco podría darlos, pero eso se ha vuelto irrelevante), o la inaudita creencia de Rajoy en que su sola presencia en Cataluña podría atenuar los deletéreos efectos sobre el PP que han causado sus políticas, tratar de arreglar en cuatro días lo que ha destrozado en más de diez años. Es característico de los líderes que lleguen a considerarse seres sobrenaturales, auténticos taumaturgos, que pueden dar bandazos, contradecirse y cometer toda suerte de tropelías sin que nadie tenga el menor derecho a exigirles responsabilidades, basta que ellos crean que, como dijo Rajoy, no han hecho nada tan malo.

El delito de bandera

Particularismo y acción directa eran los dos síntomas de la enfermedad española que Ortega diagnosticó hace ya más de cien años. Muchas cosas han cambiado para bien desde entonces, pero todavía está vigente una confusión irracional entre lo que nos puede parecer deseable y nuestro derecho a imponerlo como fuere, esa absoluta falta de respeto que también aflora en el desparpajo de los partidos a la hora de saltarse la ley cuando les convenga. El mal llega a extremos de delirio en la actitud de esos salvajes que teorizan y practican la violencia, en el miserable espíritu de quienes no toleran a los demás que exhiban unas preferencias que no comparten. España debe ser el único país del mundo en el que un descerebrado se siente con derecho a golpear hasta la muerte a quien cometa el delito de exhibir nuestra bandera. Y tal vez eso, con ser monstruoso, no sea lo más grave, peor es que haya políticos que teoricen esa agresión como autodefensa, que la enmarquen en una supuesta lucha por el paraíso, que no se atrevan a reconocer que les siguen asesinos, y que algo debieran hacer para que eso deje de ser cierto. Más allá de cualquier tipismo que pudiera gustar a periodistas anglosajones, necesitamos que el respeto al discrepante y el sometimiento a la ley común se conviertan en religión, en cultura viva, y mientras no se logre, seguiremos pareciendo zombis, muertos que parecen vivos, pero no van a ninguna parte.

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