Sueños ciudadanos

A favor de la lógica política

Entre las personas que gustan hablar de política, y, como diría el torero al enterarse de que existían los catedráticos de Metafísica, "Tié q'haber gente pa'tó", se suele presumir de que los errores de los políticos son infantiles, absurdos, porque se supone, indefectiblemente, que el hablante jamás incurriría en yerros tan fáciles de evitar. No es que me vaya a poner a defender a los políticos, mi instinto suicida no da para tanto, pero creo que los recientes resultados andaluces dan base suficiente para argumentar a favor de dos proposiciones relativamente simples: la primera, que la política tiene una lógica; la segunda, que esa lógica nunca se conforma con facilitar las cosas a quienes lideran las acciones políticas, fundamentalmente porque los que se consideran líderes suelen tender a tomarse sus deseos como si fuesen dictados de la diosa Razón. 

La política no se resuelve teniendo ideas, o haciendo propuestas, sino creando expectativas que hagan posible lo que creemos necesario

La política es trenzar lazos

La política no se resuelve teniendo ideas, o haciendo propuestas, sino creando expectativas que hagan posible lo que creemos necesario. Por eso es tan importante una cierta coherencia entre lo que se dice y lo que se hace y pueden darse casos, estoy pensando en UPyD, en los que a un buen planteamiento se le responda con un desaire general, precisamente porque quienes lo proponen no resultan creíbles, como no lo será, en general, quien se presente hablando de renovación tras llevar cuatro décadas dedicado a tan estrambótico y vilipendiado oficio como lo es el de la política. Es una primera lección lógica de los resultados andaluces.

Precisamente porque la política consiste en acrecentar los apoyos en que se sustenta una determinada acción, la cosa se pone muy difícil para quien esté en la mayoría. La única razón que explica el mantenimiento del PSOE en las preferencias de la mayoría andaluza es, precisamente, que a su predominio de décadas se oponía una mayoría nacional, de forma que el buen oficio  de los socialistas/andalucistas ha conseguido hacer creer a muchos, aunque cada vez a menos, que esa mayoría ajena significaba un riesgo para su bienestar. Su pericia ha consistido en crear una especie de verdad con tres mentiras: la primera que los andaluces viven bien; la segunda que el PP podría hacer algo que debiera preocuparles, y, la tercera, que Susana haría lo que el PP no sería capaz de hacer. Y es evidente que nunca se vota a favor del miedo.

La estrategia electoral del PP ha conseguido que el voto útil y miedoso frente a Podemos se haya depositado en las filas de Susana Díaz para garantizar mejor el frenazo de los chicos de la Complutense con beca en Málaga. Es difícil perder el 30% de los votos, pero todo indica que no hay nada imposible para ciertos estrategas. La lógica política enseña que si no se trata de controlar los efectos secundarios se conseguirá que estos sean perjudiciales.

Dudar de que el constante descenso en las encuestas vaticine algo distinto al batacazo final es ignorar lo esencial del problema que les afecta, el increíble nivel de deterioro de una marca política desprovista de cualquier encanto

Una marca que atufa

Lo que suelen olvidar quienes contemplan la política desde su atalaya personal es que, en las democracias, los cambios se determinan por fuerzas y argumentos que no son fácilmente traducibles a un lenguaje neutro e inequívoco. Por esto se malentiende habitualmente el significado y el efecto de las encuestas, olvidando que, por sofisticados que sean los instrumentos de análisis demoscópico,  la realidad electoral nunca es completamente predecible. Hay, en efecto, un coeficiente importante de indeterminación y de azar en los resultados políticos, pero ese azar nunca llega a anular del todo una lógica bastante implacable. En el caso del PP, dudar de que el constante descenso en las encuestas, y en dos elecciones recientes, vaticine algo distinto al batacazo final es ignorar lo esencial del problema que les afecta, el increíble nivel de deterioro de una marca política desprovista de cualquier encanto.

Rajoy parece confiar en la moral espartana de sus fuerzas regionales, pero pronto comprobará cómo se las gastan en las Termópilas que se avecinan. No abundan tanto entre sus huestes los que nunca se apartan del deber y están dispuestos a morir en el empeño, como los que prevén que, con Sánchez o con quien sea, finalmente, como en el verso de Kavafis, los persas terminarán pasando. Cuando un vehículo colectivo se dirige al despeñadero, lo lógico sería tratar de corregir el rumbo, cambiar la dirección, pero no siempre se puede.

Hay gestos que el electorado no está dispuesto a admirar porque hace tiempo que ha perdido el mínimo de fe en lo que hacen esos líderes ajenos y rígidos, soberbios

La ceguera de los líderes

Encerrados en estancias a las que no es fácil acceder, rodeados del elogio continuo e interesado de quienes cobran por servirles, seducidos todavía por la debilísima esperanza del almíbar del triunfo, los líderes se refugian en la distancia y adoptan incluso figuras que tratan de recordar ridículamente escenas de heroísmo ajenas. Se disponen a morir con las botas puestas, como si todavía viviésemos en la época dorada de la caballería, porque un nutrido pelotón de pelotilleros les dicen que están en lo cierto, que el que resiste gana. Con esas melodías se olvidan de que en las democracias de masas hay efectos que son irreversibles, como hay supuestos gestos que el electorado no está dispuesto a admirar porque hace tiempo que ha perdido el mínimo de fe en lo que hacen esos líderes ajenos y rígidos, soberbios.

Hay políticos que nunca han entendido nada de política, que, en el fondo, admiran al Franco que aconsejaba no meterse en esa clase de líos. No saben ver que una conjunción de fuerzas circunstancial les llevó a estar arriba, y que, cuando no se hace lo que esperan que se haga quienes les apoyaron convencidos, los que formaron la base a la que se agregaron los descontentos de otras aventuras, cuando se intenta mantener un incierto equilibrio navegando entre aguas sin ningún gran proyecto, entregados al mero ir tirando del día a día, el electorado enseguida descubre que el supuesto líder está fuera de lugar, que urge echarle. Es evidente que eso no pasa en un único sitio, porque esta lógica política está más allá de las diferencias entre la derecha y la izquierda, exige algo de aquellos a los que se entregó una confianza tan alta, y si eso no se devuelve en forma de ilusión sino en cicaterías, argucias y maniobras de féminas en celo, el público pronuncia su veredicto bastante antes de que llegue el día señalado, y eso ha pasado ya en Andalucía.  


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