Sueños ciudadanos

La disecación de la política

En una de sus últimas intervenciones públicas, ya en 1954, pocos meses antes de su muerte, Ortega y Gasset afirmó que “Las gentes, en una u otra medida, se dejan arrebatar la libertad tranquilamente. Las dictaduras patentes o larvadas son un rasgo característico del presente”. No se puede decir que el panorama haya mejorado sesenta años después, pero llama la atención que esa falta de libertad, de independencia de criterio, esa voluntad de delegar decisiones en otros, haya hecho estragos, muy especialmente, entre la grey política de la derecha, que, con enorme mansedumbre, y en flagrante contradicción con lo que dice y cree representar, tiende a interpretar su función pública como un ejercicio de mera lealtad y absoluta sumisión ante el que se supone que decide sus destinos. 

Parecen actuar como si pensasen que una elección política es un mero acto de legitimación, y que con ese título en sus manos, ya pueden ponerse al servicio de su señor

La orquesta del Titanic

Mírese a los diputados y senadores del PP, a sus dirigentes provinciales: no son pocos los que se quejan amargamente de la deriva de su partido, los que ya han experimentado la dureza de la nalgada que los electores han propinado a Rajoy en su personalísimo culo, pero ni uno solo de ellos ha hecho el menor gesto político para romper con la deriva que los arrastra. A veces se comparan con los violinistas del Titanic, pero aquellos tenían la grandeza de ser profesionales, no representaban a nadie más que ellos mismos, mientras que estos otros impasibles se supone que no deberían renunciar nunca a la misión política que los electores han puesto en sus manos. Parecen actuar como si pensasen que una elección política es un mero acto de legitimación, y que con ese título en sus manos, ya pueden ponerse al servicio de su señor, sin pestañear y olvidando como un mal sueño, las ideas que dicen defender, los argumentos que esgrimieron para ganar, las legítimas aspiraciones de quienes creyeron en ellos. La orquesta del Titanic se ahogó con dignidad, pero los políticos que renuncian a su misión para convertirse en personajes de opereta no podrán acogerse a ningún manto protector porque, convencidos de que el poder lo justifica todo, quedarán expuestos a la pública rechifla cuando lo pierdan, porque nadie les creerá cuando digan que no se pudo hacer nada.

El PP de Rajoy y su conferencia política

Hace unos días Rajoy decidió hacer públicas muestras de la supuesta vitalidad de su partido, de su capacidad para revolverse tras un importante revés electoral que vanamente se ha pretendido presentar como una victoria, y convocó con urgencia una llamada conferencia política, uno de esas representaciones que tanto gustan a los partidos porque les permiten dar la impresión de que algo se está cociendo, cuando ya no quedan viandas en la despensa. Hubo hasta ciertas apariencias de ebullición, pero, al final, todo se quedó en nada, y, además, para después. Los congregados parecieron creer, por un momento, que estaban allí haciendo algo, pero habían sido convocados para lo de siempre, para oír un discurso del que les manda, de ese Rajoy eternamente coherente en sus monsergas, aunque, esta vez, adornado de promesas electorales, demagógicas, contradictorias e inanes sin capacidad de convencer ni a los que las proclaman. Hace falta mucho cuajo para aplaudir una mínima y oportunista rebaja fiscal que apenas altera las brutales subidas previas, cuando las razones que se dieron para apretar las clavijas al personal no han hecho sino crecer, porque, en efecto, la deuda pública española, es hoy muy superior a la que se encontró don Mariano del manirroto Zapatero. Un liberal podría defender esa rebaja, pero nunca podría hacerlo, por mera decencia intelectual, quien previamente hubiese justificado el alza impositiva en razones que no han hecho otra cosa que agravarse. En fin, que don Mariano cree que sus electores son, además de egoístas, bastante tontos, y, por eso, nunca se sienten insultados cuando alguien se lo hace notar con tanta insistencia.

El PP de Mariano es como el legendario cadáver del Cid tratando de salvar Valencia

Abogados del Estado… y los errores ajenos

El PP de Mariano es como el legendario cadáver del Cid tratando de salvar Valencia, pero está por ver que sea capaz de alcanzar una victoria tras tan sonora serie de descalabros electorales, en europeas, andaluzas, municipales y autonómicas. Olvidan en Génova y Moncloa que no hay mejor manera de cabrear al electorado que recordarle, a hora y a deshora, lo mucho que a ellos se les debe (¿?), y el severo riesgo de que muchos electores lleguen a pensar que cualquier supuesto caos pueda ser preferible a ese camino a ninguna parte que lleva un partido que teje y desteje un programa político tan monótonamente irrelevante que nadie sabe lo que se puede anunciar mañana. 

Las dos últimas iniciativas políticas de Rajoy revelan con claridad cómo confunde la política con la burocracia. Frente a la amenaza separatista se dispone a lanzar a más abogados del Estado, que es algo así como pretender ganar la Champions League alineando a los masajistas para frenar a un rival con once figuras rutilantes del balón. No es que Mas sea como Messi, ni Junqueras como Iniesta, pero comparados con los de “la gloriosa” saben, al menos, que hay que empujar el balón hacia la portería contraria. Total que algo que a cualquiera con buen sentido se le antoja quimérico, como la independencia de Cataluña, empieza a ser casi verosímil a la vista de los ridículos obstáculos con que Rajoy dice que va a tratar de impedirlo. Esperemos que, en esta ocasión, al menos, desmienta su parsimonia y haga algo de verdad.

Rajoy pretende subir de cotización a base de los errores ajenos, reales o imaginarios. Es jugada peligrosa y poco inteligente que ya le salió mal a doña Esperanza

En un plano más general, está claro, que Rajoy pretende subir de cotización a base de los errores ajenos, reales o imaginarios. Es jugada peligrosa y poco inteligente que ya le salió mal a doña Esperanza, se ve que Rajoy se cree con más instinto, porque convertir a la señora Carmena, o a cualquier Chiqui que se ponga a tiro, en alguien que le quite el sueño a los españoles es un poco difícil, me parece a mí. No creo que los electores piensen que haya que elegir entre Rajoy y el caos, entre otras cosas porque, hasta en la simbología, el PP de Rajoy se ha empeñado en borrar el rastro de ese PP que en otros momentos del pasado pareció capaz de conectar con una mayoría de electores sin demasiados complejos. Ahora esa conjunción puede formarse en torno a otras propuestas, aunque se intentará, seguramente sin éxito, y con notoria incoherencia, aplicar un cordón preventivo a lo que puedan preferir unos cuantos millones de ciudadanos hartos de una política disecada y sin encanto alguno.


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