Sueños ciudadanos

Una descomposición por fases

Si la política respondiese únicamente a las acciones e intenciones de quienes las protagonizan, no cabría duda alguna de que el sistema del 78 agoniza, dado el alarmante nivel de descomposición e impostura que afecta a los dos grandes partidos. Pero la política es algo más que sus protagonistas, porque cuentan los electores, los millones de ciudadanos que, en muchos casos, pueden no entender nada de lo que ocurre, o, lo que es lo mismo, hacerse explicaciones quiméricas sobre el caso, pero suelen tener un instinto bastante certero para hacer que ocurra lo que más les interesa.

Es la base del sistema la que reclama una solidez que sus intérpretes se empeñan en desbaratar, y lo hacen porque todavía no han aprendido lo que significa una democracia, que el poder dependa efectivamente del pueblo, y porque saben que sus electores, mucho más en la derecha que en la izquierda, tampoco van a hacer uso de los poderes que efectivamente tienen, puesto que todavía no han aprendido a manejarlos. La democracia española es de baja calidad por muchos de sus costados, pero, sobre todo, porque la cultura política imperante favorece el éxito de lo malo conocido. Que un fenómeno tan de guardarropía como Podemos aparezca como una amenaza a los mayoritarios indica hasta qué punto los electores se sienten perdidos, nadie se para a pensar que el fracaso de una especie de socialdemocracia transversal y universal no se puede curar con tres tazas de más de lo mismo. No basta hablar de la casta para dejar de comportarse como tales, y ya no escasean los ejemplos.

Un bipartidismo imperfecto y disfuncional

Es frecuente atribuir el bipartidismo a factores de carácter electoral, al efecto de las reglas del juego, sin reparar que el bipartidismo es un fenómeno mundial, que emerge por encima de sistemas electorales y tradiciones políticas muy distintas y lo hace, precisamente, porque corresponde a unas reglas de simplificación que son casi inevitables en las democracias de masas, por más que los sistemas electorales puedan matizar el cuadro de conjunto.

En España el bipartidismo funciono razonablemente bien hasta que Zapatero, ese señor que ahora se reúne con nuestra peculiar nueva izquierda y luego dice que se lo cuenta a Sánchez, decidió que había que colocar a la derecha fuera de juego, lo que indica muy claramente su escaso entrenamiento teórico y su impúdica ambición. Su intento ha estado a punto de convertirse en aproximadamente lo contrario, pero los hados han querido que al frente de la derecha se situase un caballero  sin ganas de apabullar, un fanático del no hagan olas. La mezcla explosiva de la esquizofrenia de Zapatero y la abulia de Rajoy nos han traído hasta aquí, a un partido con la mayoría absoluta que, con excusas de mal pagador, se apresura  a ejecutar el programa del adversario obligando a éste a criticar ácidamente lo que hubiera hecho de haber conservado un mínimo de hegemonía. El episodio de la reforma constitucional de urgencia y el vodevil de su denuncia por parte de los socialistas puede considerarse como el florón de toda esa política de cartón piedra, sin el menor contacto con lo que los españoles de a píe sienten y padecen.

El bipartidismo imperfecto de partida se ha convertido en un bipartidismo residual y desesperado que se ha visto en la necesidad de crear un enemigo en el extrarradio para recuperar algo de su perdido fuelle

De esta manera, el bipartidismo imperfecto de partida se ha convertido en un bipartidismo residual y desesperado que se ha visto en la necesidad de crear un enemigo en el extrarradio para recuperar algo de su perdido fuelle. La jugada resulta más peligrosa para los socialistas que para el PP, porque el voto de izquierda es harto más volátil y tornadizo que el correoso voto de buena parte de la derecha, capaz de votar a su verdugo con tal de que las cosas no se salgan de madre. Así las cosas, no es extraño que las encuestas bizqueen, lo raro sería que la gente no se hubiese dado cuenta del espectacular escamoteo de la representación que han estado llevando a cabo los náufragos del pasado político, los que nunca hubiesen llegado a nada si la democracia hubiese crecido en lugar de jibarizarse

Panorama desde Ferraz

El PSOE está experimentando con Sánchez los efectos de una renuncia espectacular a la política en aras del valor de una mera imagen, de la suposición de que el tirón de un candidato nuevo, del anti-Rubalcaba por así decir, podría redimirles de la obligación de repensar en serio su papel en España y en Europa, que es donde estamos, y menos mal, aunque muchos no se hayan enterado. La maniobra ha resultado tan feble que hasta el verdadero responsable del desastre político y electoral se atreve a asomarse al escenario a protagonizar alguna escena picante como la entrevista con Iglesias apañada por Bono, el inolvidable inventor de Garzón.

Mientras tanto, por el Sur, arropada por el sesteo de un PP que parece encantado de ser la carabina del amor eterno entre andaluces y socialistas, una nueva heroína se apresta a irrumpir en el escenario, aunque también sin ninguna clase de argumentos, con el insulso palabrerío que allí domina y con la ventaja femenil, que nunca conviene echar en saco roto, tal como se cotizan los símbolos en esta democracia de trazos tan escasamente finos. Creo que serán muchos los que se piensen en votar al PSOE para evitar supuestos males mayores, tanto en Andalucía como en las generales, y me parece que, al ritmo que llevan las cosas, esa estrategia la representaría mejor la reina del Sur que el galán sin frase. En cualquier caso, la socialdemocracia ha tenido tanto éxito que no es difícil comprender su escasez de ocurrencias: tendrán que andar muy listos para madrugarle el programa al registrador de turno

La Convención que anuncian para este fin de semana continúa con la estrategia de tratar a los votantes como si fueran un atajo de memos. Con Bárcenas en la calle, parecen pensar que muerto el perro se acabó la rabia

Las galas del PP

Si el PSOE se ha quedado sin papel y sin programa víctima de su éxito, el PP parece no enterarse de que los votos que necesita para ser mayoría, esos electores que no tragan con todo, no están descontentos porque Rajoy hable poco o porque Cospedal no sea Castelar, sino por muy otras razones. La Convención que anuncian para este fin de semana, a renglón seguido de un video archimelifluo y tan vomitivo como el engendro proabortista que el PSOE nos endiñó en las europeas y que, al parecer, solo conmovió a Rajoy, continúa con la estrategia de tratar a los votantes como si fueran un atajo de memos. Con Bárcenas en la calle, parecen pensar que muerto el perro se acabó la rabia y que basta con que Rajoy recuerde que el innombrable ya no es del PP, que es como si alguien recordase que el parricida Bretón ya no estaba casado con la madre de las víctimas, para que olvidemos no ya las fechorías, sino las estrategias de disimulo y las apologías nada indirectas a favor de los encausados. 

Si Aznar también renuncia a hablar de política se cumplirá a la perfección la definición de esta clase de actos que me dio un dirigente del PP cuyo grado de cinismo es difícilmente superable: a la Convención se va para que hablen todos los que o tienen nada que decir, y para que no puedan decir nada los que querrían decir algo.  Los procesos destructivos tienen sus fases y puede que todavía no estemos ni en la penúltima, pero PP y PSOE parecen haberse puesto de acuerdo en morir de un ataque de suficiencia, pues se sienten seguros de que las patadas que les puedan dirigir golpearan culos suficientemente ajenos, los nuestros.


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