Sueños ciudadanos

Las dos derechas y sus esperanzas

Suele considerarse que, desde el punto de vista sociológico,  en España la derecha es muy plural y, en los inicios de la democracia, tuvo fama, incluso, de inestable y veleidosa. Cuando una fuerza política obtiene, como lo ha hecho el PP, más de diez millones de votos en distintas ocasiones es forzoso que su composición social sea heterogénea, dado el hecho de que la sociedad española ha experimentado un fortísimo ritmo de transformación en el último medio siglo. Si se compara esta situación con la de la izquierda, resulta sorprendente que un único partido haya podido mantener sin demasiadas dificultades el monopolio de ese electorado

Ese indiscutible predominio del PP en la derecha, sin otra cosa que adversarios testimoniales o puramente territoriales, tiene su razón de ser en la larga hegemonía del PSOE felipista

Las consecuencias de una historia

Sin duda que ese indiscutible predominio del PP en la derecha, sin otra cosa que adversarios testimoniales o puramente territoriales, tiene su razón de ser en la larga hegemonía del PSOE felipista, nada menos que cuatro legislaturas entre 1982 y 1996, lo que obligó  a la derecha a experimentar una larga travesía del desierto hasta que Aznar acertó, y por los pelos, a desbancar a un Felipe González ya en horas muy bajas. Del esfuerzo por lograr una victoria que se consideraba casi inverosímil salió un partido muy fuertemente jerarquizado, disciplinado y muy motivado por preservar su unidad y su fortaleza

Tras los ocho años de Zapatero, que pudo gobernar regalando dádivas diversas en un país que se creía rico y que no supo que hacer cuando las deudas empezaron a socavar el crédito del supuesto milagro, los electores volvieron de nuevo sus ojos a un PP que se presentaba como una vuelta a la normalidad, a la buena administración y al progreso económico. La sorpresa saltó cuando se hizo evidente que el PP de Rajoy no se disponía a ejecutar el programa prometido, sino que, con excusas de muy difícil digestión, se embarcó en unas políticas que difícilmente se podrían distinguir de las que hubiese llevado a cabo un partido de esa izquierda institucional que había creado Felipe González, y que habría podido volver en cualquier momento tras el equívoco de Zapatero. El florón de ese travestismo se puede simbolizar espléndidamente en el ridículo viraje de la política hacia los Castro, pues el gobierno del PP ha pasado de ayudar a los disidentes a agasajar a sus carceleros, con el bufo resultado de que el señor García Margallo tuviera que dedicarse a visitar La Habana para emplear el tiempo sobrante a la vista de que Raúl Castro no se dignó recibir a quien tan servilmente se había puesto a sus píes.

Buena prueba de que, tras las amenazas del infierno, no se han perdido del todo las esperanzas de recuperar la mayoría lo encontramos en el estado de indisimulada satisfacción con la que se ha saludado el nombramiento del nuevo ministro de Sanidad

Desconcierto electoral, ma non troppo

Las encuestas ponen de manifiesto que una parte importante del electorado del PP se encuentra fuertemente enfrentado a la política de Rajoy. En las elecciones europeas, la izquierda aupó a un partido nuevo, pero la derecha no hizo lo propio, se limitó a quedarse en casa sin propiciar ningún cambio político significativo. No se puede negar el mérito de los aparatos políticos del Gobierno al minimizar su desgaste y el éxito de su estrategia al favorecer el surgimiento de nuevas alternativas en la izquierda, aunque ahora pueda tocar el disimulo por si hubo excesos con la vacuna. Con la derecha casi completamente intacta y la izquierda más dividida que nunca, el problema electoral de Rajoy pasa de ser extremadamente grave a ser tolerable. 

Buena prueba de que, tras las amenazas del infierno, no se han perdido del todo las esperanzas de recuperar la mayoría lo encontramos en el estado de indisimulada satisfacción con la que se ha saludado el nombramiento del nuevo ministro de Sanidad, doble mérito si se tiene en cuenta que su nombramiento es el fruto de una dimisión que es consecuencia inmediata del nivel alcanzado por la indignación frente a la parsimonia gubernamental con la corrupción que les afecta. 

Un refuerzo social

Los electores tienen tantas ganas de que Rajoy haga “algo” que parezca reforzarle, que han recibido con alborozo y con signos de asombro que se haya dignado nombrar como ministro a un político del PP con bastante buena imagen. Las cosas están tan mal para el PP, que se llega a considerar con alborozo algo tan normal como que un político  del PP acceda al banco azul. Los más partidarios han visto el nombramiento de Alonso  casi como si Rajoy hubiese ampliado su base social alcanzando un ambicioso acuerdo de legislatura con esa rara entidad política que se conoce como  sorayismo. El político escogido se ha declarado, inmediatamente, partidario acérrimo de “lo social”, para que su presencia pueda ofrecer un agudo contraste con un gobierno tecnocrático y frío.   En esta clase de interpretaciones renovadoras, se emplea una retórica hueca,  pero lo significativo es que traten de moverse de manera que el electorado pueda empezar a sentir que, por fin, el Gobierno empieza a “hacer política”.

El ejercicio de voluntarismo y de propaganda se basa en que, y no sin razones, en Moncloa piensan que es necesario devolver a los electores la confianza en que no sea imposible que Rajoy se acabe saliendo con la suya y consiga una victoria en el 2015, aunque sea in extremis. Se trata de endulzar con gestos facilones la necesidad de ingerir una medicina amarga, la forzosidad de votar a quien no ha hecho nada de lo que prometió, precisamente para evitar caer en manos supuestamente peores.

Los electores no tienen que saber mucho de política, y abundan los ciudadanos de la derecha que dicen incluso detestarla, pero, pese a eso, son los que deciden, y pueden acabar renovando a Rajoy por miedo

Los electores no tienen que saber mucho de política, y abundan los ciudadanos de la derecha que dicen incluso detestarla, pero, pese a eso, son los que deciden, y pueden acabar renovando a Rajoy por miedo, hábilmente inducido, a una especie de acabose. La derecha española consumaría así la victoria de su alma temerosamente conservadora y puramente gubernamental, frente a la tentación y los riesgos que podría presentar una derecha liberal y capaz de formular horizontes políticos definidos que apenas ha asomado su estampa en el reformismo de la UCD y en la ambición inicial de Aznar. Esa hipotética derecha tendrá siempre una ingratísima misión en un país en que los electores dan amplias muestras de queja, pero reniegan de los experimentos y las ambiciones ideológicas, se conforman con lo que les ofrezca un Gobierno de orden aunque sea ineficaz, corrupto y timorato frente a los que se ciscan en la democracia y en la unidad política de España

El precio que se puede acabar pagando por esa victoria improbable e inmerecida puede ser muy alto, y las consecuencias están por ver. El precio tras la derrota no sería menor, aunque el único consuelo pueda ser que se comprenda de una buena vez que no hay democracia liberal que pueda funcionar sin que exista una derecha que crea en la Nación, en la libertad política, y en la competencia, algo que ahora no tenemos y que, desgraciadamente, muchos no echan para nada en falta. 


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