Sueños ciudadanos

Una democracia demediada

Si la historia que se empieza a desvelar sobre los métodos de pillaje y corrupción que han permitido el enriquecimiento escandalosamente anómalo de Jordi Pujol y de su familia resultase ser sustancialmente cierta, y hay una base sólida para suponer que lo es, tendremos que reconocer que, como afirmaba recientemente Elisa de la Nuez en estas mismas páginas, nuestra democracia carece de controles efectivos para evitar los delitos de los poderosos, que los ciudadanos comunes están sometidos a unas exacciones y controles de los que algunos se libran con toda facilidad. El caso de Pujol no sólo es la mejor ilustración que pueda imaginarse de la conocida frase de Samuel Johnson según la cual el patriotismo es el último refugio de los canallas, sino que, en el caso del patricio catalán, cabe sospechar que su catalanismo haya sido el cimiento de una estrategia de enriquecimiento tan ilícito como fuera de cualquier control.

¿Cómo pueden pasar estas cosas? La corrupción no es un fenómeno que pueda sorprender a nadie, se da en todas partes, y en todos los ámbitos en que alguien pueda disfrazarse con un manto de respetabilidad que le ponga al abrigo de cualquier sospecha. Lo que llama la atención en España no es el alto número de escándalos de corrupción, sino lo tardíamente que se descubren, lo perezosamente que se combaten, y lo livianas que resultan las penas que se imponen a esa clase de delincuentes. Es decir, que tenemos un sistema institucional que no solo permite la corrupción, sino que protege de mil maneras la supuesta inocencia de los corruptos. Casi cuarenta años de rapiña y una fortuna capaz de proteger a hijos y nietos bien pueden valer unas jornadas de vilipendio, tanto más cuando siempre cabe una doble esperanza, la de que nada vaya a quedar definitivamente al descubierto y, finalmente, la de que el Gobierno se ocupe, en una tarde de calor y sopor, de otorgar un indulto que suavice las penas.

Esta tolerancia social e institucional con los que nos roban mucho de poco en poco, sin que se note, está muy relacionada con la moral social imperante, con esa nueva religión del dinero que ha sustituido en los corazones de muchos españoles el antiguo respeto a la ley y a la decencia. No lo confesarán, pero abundan los convencidos de que ellos, en caso de poder, habrían hecho lo mismo. El dinero, decía Quevedo, puede hacer de piedras pan, sin ser el Dios verdadero, y con ese poder casi limitado se ha convertido en la única razón de muchas vidas. Los políticos, a su vez, tratan de convencer a los ciudadanos que el único fin que legitima sus acciones es el logro de una mejora económica, de manera que si todo se hace por dinero acaba siendo explicable que el que pueda lo amase sin límites ni excusas.

Se trata de un mal que no puede combatirse fácilmente con leyes. No es la ausencia de leyes lo que explica la fortuna de Pujol o la de otros colegas más mesetarios. Decía Horacio que Leges sine moribus vanae, que las leyes son impotentes sin la costumbre que las ampare. Lo que ha permitido que Pujol, y otros que ojalá acaben cayendo, haya podido robar impunemente durante décadas ha sido el halo de virtud con que le han rodeado millones de ingenuos. Tanto el nacionalismo como la cerrazón ideológica permiten que muchos ciudadanos miren hacia otro lado ante cualquier atisbo de sospecha que afee a unos de los suyos. Nacionalismo e ideología, de derechas o de izquierdas, que tanto da, se han convertido en anteojeras que impiden a los ciudadanos comunes juzgar con objetividad sobre los asuntos públicos de su interés. El masoquismo implícito en estas cegueras llega al extremo de que algunos prefieran que, puestos a robar, le roben los de su cuerda. En esta extraordinaria tolerancia hacia quienes saquean los caudales públicos, existe, por supuesto, un factor decisivo, la creencia en que el dinero público es un maná, la ignorancia de que no hay un solo euro que manejen los políticos que no haya salido a vaya a salir de nuestros saqueados bolsillos.

Se trata de una idea equivocada de democracia, o mejor, de una idea de democracia que no es liberal. El nacionalismo puede ser tan democrático como se quiera, Hitler tuvo en poblaciones extremadamente cultas más del 95% de los votos, pero lo que no puede ser nunca es liberal, porque su esencia consiste en no ceder ninguna clase de control a instancias distintas a las que gobiernan en nombre de un nosotros, de una supuesta identidad colectiva que es tan engañosa como la moral pujoliana. No falla en España la democracia, como poder del pueblo, lo que falla es la división de poderes, la inexistencia de sistemas de control que eviten que el poder de quienes nos representan se convierta en un fin en sí mismo. No fallan tanto las leyes como las costumbres, nos hace falta la ética pública que haga imposible que con instituciones correctamente diseñadas, se pueda engañar impunemente a los ciudadanos. No fallan tanto las instituciones o las leyes como los partidos y por eso los partidos políticos, sin excepción notoria, se han apresurado a controlar todas las instituciones, para hacer que nadie pueda controlarles a ellos. 

Nuestra democracia se debilita y amenaza con desplomarse por falta de controles efectivos de lo que hacen los líderes y los grandes partidos, porque sus afiliados admiten sin vergüenza que su más digna misión se reduce al aplauso del líder y lo hacen porque esperan que les llegue a ellos parte del botín, porque nadie del PP le pregunta a Rajoy por sus SMS a Bárcenas, ni nadie del PSOE le pide a Bono que le cuente la fórmula para llegar a poseer un patrimonio tan lucido como el que tiene, o porque los herederos políticos de Pujol se apresurarán a emprender una campaña para salvar al viejo líder de la quema supuestamente españolista que está sufriendo.

Los vicios de la democracia española no son independientes de las carencias de nuestra moral colectiva. Cabe la esperanza de que aprendamos, porque, más tarde que pronto, la realidad se venga de quienes se afanan en ocultarla. Es esta lenta lección de la historia la que puede darnos alguna esperanza, pero se frustrará una vez más si los palmeros consiguen ocultar con sus falsos entusiasmos los átomos de sabiduría que se pueden extraer de una historia tan ejemplar y suculenta como la del ex honorable Pujol, que ni es única ni será la última. No basta, sin embargo, con que se den lecciones, hace falta aprenderlas. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba