Sueños ciudadanos

El consejo de Largo Caballero

En tiempos en que el robo era considerablemente peor visto que en los actuales, el llamado Lenin español, don Francisco Largo Caballero, recomendaba un criterio muy exigente a la hora de encomendar cargos públicos a sus seguidores: escoger a los más decentes y vigilarlos como si fuesen los más sinvergüenzas. No sé la suficiente historia como para asegurar si el criterio se aplicaba, pero me parece que la comparación de ese ideal con las excusas que ponen nuestros líderes cuando se quieren mostrar indignados con el rebaño de ovejas negras que les amargan el crepúsculo de sus carreras es suficientemente expresivo.

Un poco menos de presunción de inocencia, algo más de atención a los avisos recibidos, y un poco más de transparencia en el gobierno de sus partidos habría rebajado considerablemente la recaudación de los corruptos y nos habría evitado el bochorno de un partido que amenaza con abandonar la vida pública en medio de la rechifla de los adversarios y la consternación absoluta de sus cuadros, afiliados y votantes.

¿Qué no pueden hacer más?

En la política española abundan los políticos locuentes, los que creen que la cosa es hacer declaraciones, “salir”, como se dice ahora, aunque sea para decir memeces. La señora Cospedal aseguró que no pueden hacer más de lo que están haciendo contra la corrupción y que el Estado de Derecho funciona porque están deteniendo a algunos trincones de escaso tonelaje. Ni una palabra sobre cuál es el sistema que hace que unos pocos puedan robar tanto a todos.

Una corrupción tan notoria es la consecuencia de varios errores de fondo en el diseño del sistema político

Alguno de sus asesores debería recordarle que la opinión pública ya no cree en esa clase de excusas porque sabe perfectamente que la corrupción asienta sus raíces en un régimen de enorme opacidad y en una forma de gobernar en la que no hay otra cosa que hacer que obedecer religiosa y prontamente al líder, lo que deja mucho tiempo libre para urdir pingües negocios que nadie considera necesario controlar porque están todos muy ocupados ejecutando las directrices del mando. Una corrupción tan notoria es la consecuencia de varios errores de fondo en el diseño del sistema político, que han sido aprovechados por gentes sin escrúpulos a los que el sistema de gobierno de los partidos ni ha sabido detectar ni se ha ocupado en neutralizar. 

El juego de los errores

El primer error es creer posible consolidar una democracia sin promover una cultura democrática, que todo sea cosa de leyes, y que baste con que los ciudadanos voten. Así, a manos de la derecha y de la izquierda, ha perecido la escasa división de poderes que preveía la Constitución, salvo, paradójicamente, la que crean los partidos merced a la división territorial, el tipo de poliarquía que rinde menos servicios a la libertad.

El segundo error es haber puesto el legislativo en manos de los partidos, es decir de la presidencia del Gobierno. Milagroso es que no vayamos todavía peor. Esto sólo lo puede arreglar una ley de partidos que los obligue a ser transparentes, internamente competitivos y democráticos, para que se pueda recuperar al menos parte de la independencia del legislativo respecto al Gobierno, cosa absolutamente esencial.

Los partidos se han ocupado de que los controles internos de las administraciones se hayan aflojado hasta extremos delirantes

El tercer error es haber admitido un doble paradigma político: que el gasto público sea siempre bueno, y que baste con el control electoral para ponerle límite. Los partidos se han ocupado de que los controles internos de las administraciones se hayan aflojado hasta extremos delirantes, como lo muestra que un proyecto pueda acabar suponiendo el triple de costo respecto a lo aprobado inicialmente, y en esas oscuras holguras brotan y crecen a sus anchas las pestilentes flores del cohecho.

Existe el remedio, pero los doctores no son partidarios

Nada tendrá remedio mientras no tengamos unos partidos abiertos, una administración pública mucho más transparente  y un poder judicial independiente. Esto es lo que hay que cambiar, lo que supone una reforma seria del marco político. Cuarenta años después, estamos de nuevo ante el dilema de reformar o dejar que el sistema se hunda y, como en el verso de Kavafis, resignarse a que los persas terminen pasando. Por asombroso que pueda parecer, muchos preferirán el hundimiento, entre otras cosas porque la reforma a fondo también representaría su desaparición.

Quienes ahora están en la cúpula del poder tienen un empacho de legitimación que no les deja comprender que su hora está pasando

En la primera transición muchos supieron comprender que su hora no tenía ya prórroga alguna, y dieron paso, civilizadamente, a lo inevitable. Quienes ahora están en la cúpula del poder tienen un empacho de legitimación que no les deja comprender que su hora está pasando y que, sólo tienen dos caminos, pasar a la historia como los enterradores de un período más brillante y positivo que lo contrario, o desvanecerse en beneficio de una reforma capaz de prolongar el éxito de España tras estos duros años de crisis, desfondamiento y desconcierto. Los males de la democracia se curan con más democracia, no con menos, pareciéndonos más a los mejores, no apostando por lo peor. Pero para eso hace falta grandeza, patriotismo y sentido del Estado.

Conservar la democracia es hacerla más verdadera

Con todos sus defectos, el PSOE parece haber iniciado el camino de la recuperación. Puede que sus cambios sean cosméticos, pero han debatido, se han enfrentado y de sus tensiones puede que surja algo distinto y mejor. Lo que no es tolerable es el espectáculo de un partido secuestrado, en el que muchos están avergonzados pero en el que parece imposible hacer nada, hablo del PP, desde luego. Es lógico el temor que muchos sienten a ser considerados los autores de un posible descalabro si se fomentan las divisiones. Es lógico incluso que alguno abriguen la esperanza de un arreglo milagroso, pero ambas excusas tienen una fecha de caducidad inaplazable.

Alguien tendrá que exigir que la derecha pueda tener un partido vivo, capaz de pelear por objetivos políticos, de decir cosas atractivas a los ciudadanos

El PP no puede seguir siendo un partido hereditario, sin ideas y sin debate, con programas políticos inevitablemente condenados al incumplimiento, y entregado al arbitrio de una especie de comisión de subsecretarios, que, dicho sea de paso, ha demostrado que sabe mandar, pero que no ha acreditado que sus órdenes hayan servido para nada. Los españoles tienen derecho a esperar que el partido al que dieron su voto sepa resurgir del marasmo en que se encuentra, pero será imposible hacerlo si continúan al frente de la nave los que creen que la democracia se reduce a una recolección de votos que se puede producir lo mismo por la convicción que por el miedo.

Alguien tendrá que exigir que la derecha pueda tener un partido vivo, capaz de pelear por objetivos políticos, de decir cosas atractivas a los ciudadanos, de fabricar mensajes distintos a los de un despotismo leve y desapasionado pero estéril, castrante. Cuarenta años después la derecha merece algo más que confiar en la lucecita de El Pardo, ahora en Moncloa. Frente al desafío de la antipolítica, deberá sonar de nuevo la hora de la gran política.


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