Sueños ciudadanos

Entre el cinismo y la milagrería

La política española nos ha ido acostumbrando a aceptar unos criterios de normalidad claramente excepcionales en otras sociedades de nuestro entorno. No es normal, por ejemplo, que un  partido pueda hacer trizas su programa sin que ninguno de sus supuestos líderes sea capaz de hacer ni siquiera una insinuación de disenso. No es normal que muchos medios de comunicación estén tan indestructiblemente alineados con prejuicios e intereses como para ser completamente incapaces de reconocer hechos elementales cuando desmienten sus proclamas ideológicas. Tampoco parece normal, por poner un último ejemplo, que muchos ciudadanos sigan creyendo que las administraciones llevan a cabo con sus impuestos una especie de milagro de los panes y los peces, que sean capaces de dar cien cuando apenas han recibido cincuenta, es decir que muchos españoles, y no únicamente los directamente interesados, sigan creyendo que las administraciones publicas no solo saben ser baratas y eficientes, sino que son capaces de obrar efectos sobrenaturales.

El caso Pujol revela un altísimo nivel de cinismo social, porque nadie hubiera sido capaz de realizar tamañas rapiñas sin que lo supieran directamente unos miles de personas

Como es lógico, no faltan los que consideran que tal estado de crédula conformidad constituye una prueba de madurez cívica, un magnífico ejemplo de cómo nos hemos adaptado a las reglas más realistas, y sucias, de la política democrática. Lo que ocurre con esta clase de reflexiones acomodaticias es que no son capaces de dar ejemplos similares de "normalidad democrática" ni en Francia, ni en Inglaterra,  ni siquiera en Italia. El caso Pujol, por ejemplo, revela un altísimo nivel de cinismo social porque nadie hubiera sido  capaz de realizar tamañas rapiñas sin que lo supieran directamente unos miles de personas  que, a su vez, habrán presumido con otras muchas de estar al cabo de la calle, pero nadie sabía nada. Es indudable que  funcionar con estas reglas supone siempre un alto número de ventajas apara algunos, y eso puede ser así porque, aunque sean muchos los perjudicados, la propaganda se encarga de emboscar estos males de forma tal que las víctimas acaban siempre por creer que los verdaderos paganos son otros menos advertidos que ellos mismos. Para confirmarlo bastaría con reparar que casi la mitad de los españoles creen todavía que el llamado estado de las autonomías ha sido un factor de progreso para todos.

Una consecuencia previsible de esta adaptación a tanto realismo abyecto es que los españoles se muestran bastante propicios a creer en los milagros, o en esa especie de sucedáneo de los milagros que son las explicaciones tontas, como, por ejemplo, las del relevo generacional, esa monserga piadosa que nos endilgo Don Juan Carlos antes de salir por piernas, vaya usted a saber por qué razones. Uno de los milagros de mayor aceptación en los últimos tiempos ha sido el del supuesto fin del bipartidismo. En el altar de ese nuevo culto destaca con fuerza propia  el papel que se ha reservado a Podemos, un ejemplo paradigmático de política tan imaginativa como inverosímil, pero muchos españoles han decidido bañarse en las aguas de ese Jordán para purificarse del hastío y la decepción de las pequeñas miserias de los grandes partidos, del PSOE muy en particular.

Cabe preguntarse, por ejemplo, si los lideres bolivarianos creen en lo que dicen, lo que resultaría un poco inquietante, o simplemente lo van a seguir diciendo porque les resulta rentable

Aunque siempre se corre un riesgo grande al pretender anticipar el futuro, no parece muy aventurado suponer que buena parte del voto a "Podemos" ha sido más fruto del cabreo que de la reflexión, porque no hay muchas razones para sospechar que más de un millón de españoles hayan descubierto de manera repentina las bondades de lo que alguno de los nuevos actores de esa propuesta gusta denominar como  "leninismo dulce". Se verá lo que hay, y no muy tarde, porque estamos en épocas de elecciones aceleradas, pero es interesante preguntarse si la irrupción de "Podemos" va a contribuir a la supuestamente deseable derrota del bipartidismo o va a ser una excelente excusa para su consolidación. Ante los mensajes de "Podemos" se puede reaccionar de muchas maneras, puesto que explotan defectos sobradamente evidentes en la gestión de la crisis y en las relaciones entre gobernantes y gobernaos, pero hay algunas preguntas que no podrán evitar los ciudadanos que superen el estado de cabreo y traten de pensar en términos algo más equilibrados. Cabe preguntarse, por ejemplo, si los lideres bolivarianos creen en lo que dicen, lo que resultaría un poco inquietante, o simplemente lo van a seguir diciendo porque les resulta rentable, como se ha visto, hipótesis que tampoco resulta muy tranquilizadora. No cabe descartar, tampoco, que sea precisamente esa nomenclatura medio poética medio revolucionaria lo que acabe llevándoles a la mayoría de la que se encuentran bastante seguros, pero es muy difícil ceder a esa hipótesis sin pensar en los efectos indirectos que podría tener una expectativa tan halagüeña para esta izquierda de moda.

En este escenario bastante surrealista bien pudiere empezar a tomarse en serio una propuesta como la de inventar una nueva moneda bolivariana, o la  de instaurar un salario universal

Una pista simple para tratar de adivinar ese futuro bastante inmediato lo proporciona la evidencia de los grandes apoyos mediáticos de que ha podido gozar "Podemos" en contraposición al veto casi perfecto que se ha aplicado a otras alternativas como UPyD, Ciudadanos o Vox. Es claro que cada una de esas fuerzas habrá podido cometer sus propios errores, pero no menos claro es  que el PP puede buscar el cuerpo a cuerpo con esa especie tan fértil de neocomunistas y que tratará de hacerlo no precisamente para perjudicarse. Existe, en efecto, un cierto riesgo de que esa estrategia le salga muy mal a los de Rajoy, pero no conviene olvidar que son ellos los que han escogido el campo de batalla y las reglas del juego, a la espera, también un poco milagrera, de que a Rajoy le funcione a la perfección su apuesta en la última mano.

Estamos ante un cuadro que requeriría de un poderoso impulso clarificador, pero predomina, de momento,  el culto a la ambigüedad, la admisión a trámite de propuestas de escaso fuste y poco recorrido. Tal vez este culto a la ambigüedad y a los extremos resulte un camino adecuado para que se acabe imponiendo un cierto buen sentido, pero es inevitable abrigar una cierta inquietud cuando caminamos hacia ciertos abismos, en la deuda, la unidad nacional, o en la credibilidad mínima de la Justicia, y resulta que, a la hora de juzgar a Pujol, el juez encargado está de baja, seguramente por motivos muy nobles.  En este escenario bastante surrealista bien pudiere empezar a tomarse en serio una propuesta como la de inventar una nueva moneda bolivariana, o la  de instaurar un salario universal para ir paliando la crisis por donde más duele. No es imposible, créanme. En la comunidad de Madrid, por ejemplo, tenemos tantas facultades de Medicina como en California: ¿será por dinero?


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