Sueños ciudadanos

Todo a cien

“Barato, barato”, un fuerte viento de oferta populista azota hoy a la sociedad española que vive sometida a la tensión entre el escepticismo que le provoca lo que sabe de la clase política y el fortísimo deseo de que todo haya sido un mal sueño del que se pueda despertar en alguna especie de paraíso. Los grandes partidos critican el populismo de Podemos, pero se acogen sin disimulo a su sintaxis, no están dispuestos a perder una imaginaria parte de su clientela por quedarse cortos con las rebajas.

Esta epidemia de ofertas inverosímilmente baratas denuncia, desde luego, un evidente desprecio por la inteligencia media de los electores

Todos presidentes

Esta epidemia de ofertas inverosímilmente baratas denuncia, desde luego, un evidente desprecio por la inteligencia media de los electores lo que se hace especialmente grave en los partidos hasta ahora dominantes que pretenden encandilarnos como si careciésemos completamente de memoria, como si nunca hubiesen roto un plato. Ante una incertidumbre inusual, es tal la competencia desatada que los aspirantes están tirando la casa por la ventana, seguros de que el respetable sabrá apreciar la esplendidez del padrino. 

Nunca ha habido tantos aspirantes a la Presidencia del Gobierno, o, por mejor decir, nunca tantos han creído, con cierta sinceridad, poder llegar a serlo. A Sánchez le parece obvio que le toca, y pretende fortalecerse hablando como si ya lo fuera, de forma que a punto está de confundir la meta con el punto de partida, a darlo por hecho, como si el proceso pendiente ya se hubiese liquidado. Rajoy es incapaz de imaginar un escenario sin su presencia, tanto es lo que según él le debemos, y cree que le basta con hacer un par de simpáticas concesiones para que los electores que le han visto las vergüenzas se olviden de la mona y se queden con la seda electoral.

Rivera se sabe el más apuesto, el yerno preferido, y deja que la marea le acerque a Eldorado sin apenas mancharse porque cree tener tres ases en la mano, voto ascendiente, Rajoy menguante y Sánchez insuficiente, y cree que será capaz de gobernar con los votos propios y los impropios, y lo mismo acierta. Por último, el más seguro de sí mismo, el lucero matutino, la revelación a la que quieren hacer sombra unos funcionarios resentidos de la vieja izquierda estéril y sumisa, Pablo Iglesias en persona, rodeado de hermosas vestales y solícitos secundarios que tratan de imitar su verbo incisivo, su ambición pura por hacer realidad el viejo sueño de una sociedad universalmente administrada, pero con tecnologías y buen rollito. Es verdad que su cotización fluctúa y que los escépticos no le dan mucho más allá de lo que llegó a obtener la orquesta roja en sus mejores momentos, pero el chico es un killer y se aproxima al área electoral con determinación y con el cuchillo en la boca. 

El que más chifle, capador

En fin, que entre todos ellos hay un consenso que nunca se pondrá en duda, y, menos que nunca, en tiempos de cosecha cercana, es el acuerdo en aceptar que la política consiste en prometer lo que se va a ser y en olvidar a cualquier precio lo que se ha sido, un propósito verosímil en una sociedad en la que casi nadie piensa en la conveniencia de cuadrar los cálculos porque vale mucho más un tuit que mil ecuaciones. 

Pocos se paran a pensar algo tan elemental como que si el bienestar dependiese simplemente de la voluntad soberana no quedaría ni un pobre sobre la faz de la tierra, pero no es el caso

Se trata, simplemente, de aparecer, no hace falta justificar nada. Por eso, se diga lo que se diga, la TV y las radios siguen siendo las plazas fuertes del imaginario colectivo, porque, aun habiendo muchas, son notoriamente menos que los comuneros dedicados a repetir mensajes cortos a hora y a deshora, y llegan más lejos e impresionan más al público desconcertado y deseoso de que el Sol siga saliendo como todos los días, a ver si escampa de una vez. Es obvio que eso marca diferencias, pero también que esos activos pueden convertirse en un pasivo insoportable si no se deja de decir bobadas, o eso creemos los optimistas. 

La creencia en los milagros está tan arraigada que no basta con asistir a dos notorios batacazos de los mejores santeros, Tsipras comprando una solución peor a base de sacar pecho, y Mas anunciando una independencia que nunca va a llegar de esa manera, para que el personal escarmiente, tan adicto es a que le arreglen las cosas. Pocos se paran a pensar algo tan elemental como que si el bienestar dependiese simplemente de la voluntad soberana no quedaría ni un pobre sobre la faz de la tierra, pero no es el caso.

Mas ya es el cuarto

El milagro soberanista catalán no deja de ser pródigo en prodigios. Amén de una lista unitaria, encabezada por un personaje digno de Lewis Carroll, el esquema catalán nos presenta la novedad de que el director de orquesta se camufla tras un trío con maracas, aunque, eso sí, delante de un quinto algo más tuerto y sacrificado. Siempre he sostenido que ni siquiera un Estado tan desasistido de hombres que se ocupen del tal puede dejarse torear por una cuadrilla de espontáneos tan circense y variopinta, pero, por momentos, la situación recuerda a aquel chiste de Forges en que se veía a una nube de indios disfrazada de mahometanos dialogando con el comandante de un Fort Apache al que trataban de pedir auxilio en plan intercultural, mientras que el jefe piel roja pensaba “…por Manitú que cuela”.

Parece que todos los aspirantes a la Moncloa están de acuerdo en que este asunto es una lata y en que hay que pararle los pies a estos simpáticos indígenas que presumen de estar sitiados nada menos que desde 1714, pero sería deseable que los catalanes que realmente existen se quitasen de encima cuanto antes a estos vendepatrias de gutapercha, porque, de no ser así, les pasará lo que a Tsipras, que pueden acabar viendo a Mas haciendo loas de Isabel y Fernando, porque, como dijo Unamuno de algunos de estos, y en épocas algo más recias, “mucho ruido y pocas nueces”.

Rajoy no está amenazado sólo por una victoria harto improbable, sino también porque un Congreso menos apesebrado pueda dar paso a fórmulas que encumbren a otro presidente con los votos que se suponen marianiles

Rajoy entre dos aguas

De todos los dueños de este bazar electoral, me temo que el que duerme menos tranquilo es el que más gustaría de poder hacerlo. Rajoy no está amenazado sólo por una victoria harto improbable, sino también porque un Congreso menos apesebrado que el que le nombró pueda dar paso a fórmulas tan originales que encumbren a otro presidente con los votos que se suponen marianiles, aunque sea a su pesar, y que acaben con don Mariano en bancales menos seguros que el que le acoge. Si, además, a alguien se le va la mano con Bárcenas, es posible que el porvenir del expresidente se vea agitado por tensiones escasamente controlables, y le basta con mirar a Rato para que se le ericen los capilares. En fin, que habría que buscar a un sucesor no designado, y en estas amables disputas entretienen ahora su tiempo los que se supone que tienen que dar la batalla a campo abierto para protegerle las posaderas: todo a cien, porque lo sólido ya se ha desvanecido en el aire.


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