Sueños ciudadanos

La bandera de España

Pedro Sánchez ha dado muestra en diversas ocasiones de una notable audacia, tanto en el registro puramente político, como ocurrió, por ejemplo, al tomar la decisión de deshacerse del invictus Tomás Gómez, como a la hora de dominar los registros de la comunicación para hacer que la conversación política se centre en sus iniciativas. Su utilización de la bandera nacional en el acto de proclamación de su candidatura pertenece a esta clase de aciertos, ha tenido sentido de la oportunidad, arrojo, valor, y ha logrado, a mi entender, un pleno en sus propósitos.

De la misma manera que Felipe González se deshizo nominalmente del marxismo en aquel Congreso-fuga posterior a la derrota electoral de 1979, Pedro Sánchez se ha dado cuenta de que lo que ahora estaba en juego era la significación de su partido en el nuevo mercado político

¿Será cosa de símbolos?

De la misma manera que Felipe González se deshizo nominalmente del marxismo en aquel Congreso-fuga, posterior a la derrota electoral de 1979, para asegurar su inmediato retorno sin condiciones ni hipotecas, Pedro Sánchez se ha dado cuenta de que lo que ahora estaba en juego era la significación de su partido en el nuevo mercado político. Movido por una necesidad casi completamente inexcusable, Sánchez ha debido pactar con su íntimo enemigo para desalojar del poder a su adversario principal, y, aunque no quepa duda de que ese pacto le puede parecer natural a muchos de sus conmilitones, no seguramente a los más solventes, el líder socialista debe saber que ese pacto tiene todo su valor, precisamente, en que, casi en cualquier momento, podría ser roto con enorme ventaja ante unas elecciones parlamentarias.

Sánchez ha causado un desmentido rotundo a los críticos del PP que se han lanzado alegremente a precipitar al PSOE en los abismos del anti-sistema, tal vez sin caer en la cuenta de que esa operación virtual, puesto que la palabra en política no lo es todo, equivalía exactamente al cordón sanitario con el que cierta izquierda ha tratado de aislar al PP de cualquier forma de democracia. No se trata, pues, de oportunismo, porque, además de que ciertos actos tengan siempre un valor que no reciben de su coyuntura, lo que Pedro Sánchez ha reclamado con eficacia para sí es lo que sus adversarios pretenden negarle, un lugar al Sol, bajo la bandera de todos.

La estrategia de achicar el campo

En el futbol existe el menottismo, seguramente desde antes de que se le haya puesto ese nombre, una forma de combatir en que se trata de ahogar al contrario no dejándole espacio para pensar el juego, y, que supone, necesariamente, obtener el máximo esfuerzo físico de cada uno de los once jugadores propios. Rajoy lo dijo con enorme claridad, los del PP deben salir a por todas, a defenderse atacando, a hacer un esfuerzo físico y mental agotador con la intención de no dejar que el contrario de un solo pase a derechas.

La estrategia de Rajoy tiene varios inconvenientes de diverso orden. El primero es de orden moral y de orden físico, está por ver si entre las filas del PP hay suficientes centuriones y Agustinas de Aragón como para comerse el césped, o si, por el contrario, la interiorización de la creencia en que la derrota es inexorable va a dejar el campo reducido a las jugadas de Pablo Casado y a las sorpresas que pueda depararnos la señorita Levy. Pero hay un segundo riesgo en esa estrategia: jugar a la vez con dos escenarios, frente a tres enemigos. Por una parte, el enemigo titular es el PSOE, pero, al tiempo, se le minimiza dejándole reducido a un mero apéndice de Podemos, como si todo fuera cosa de Carmena y de su mayordomo Carmona. Al tiempo, si se coloca el acento en el riesgo radical, se suscitará en el electorado la duda razonable de cuál pueda ser el mejor obstáculo para impedir la victoria de las fuerzas del mal. Luchar contra el PSOE, contra Podemos y contra la abstención no constituye exactamente el escenario ideal de cualquier estratega, pero cabe confiar en que Rajoy, que últimamente ha dedicado cerca de tres horas al partido, sepa, con la inestimable ayuda de su mochilero Moragas, encontrar la salida de tanto laberinto.

Ciudadanos se puede ver convertido en un partido para la ocasión, pero no en una opción seria. La tendencia de su líder al hipercontrol, como si hubiera aprendido de Rosa Díez la lección que

no debiera de aprender, puede favorecer una tendencia a la jibarización electoral de esa formación

¿Un tercero, o un cuarto, en discordia?

Mientras tanto, Ciudadanos se despereza lentamente en medio de la encrucijada moral que hace días describía Javier Benegas en este mismo espacio. El hecho de que, a día de hoy, se desconozca realmente la fecha de la convocatoria, hace que el escenario estratégico sea todavía más incómodo para Ciudadanos que se puede ver convertido en un partido para la ocasión, pero no en una opción seria. La tendencia de su líder al hipercontrol, a jugar sólo él a lo largo de todo el campo, como si hubiera aprendido de Rosa Díez la lección que no debiera de aprender, puede favorecer una tendencia a la jibarización electoral de esa formación, y dejar a su líder como a un simpático peluche en una pelea entre depredadores verdaderos. Ciudadanos, si es que quiere llegar a algo, no puede seguir dando la sensación de que puede servir para moderar a Cristina Cifuentes o para embellecer un poco a Susana Díaz, pero que no se le alcanza nada más, o que cree que el milagro se producirá sin más con el paso de Rivera desde Barcelona a los madriles. La ley electoral no favorecerá, precisamente, sus intereses, en especial si no afila y perfila nítidamente un mensaje distinto, a la búsqueda de ser algo más que una comparsa ocasional. Es lo que tiene ser de centro izquierda, que no hay manera de quitarse un barniz gris, monótono y triste.

¿Antes o después?

Rajoy ha anunciado algo en relación con las fechas electorales, y puede que lo cumpla, pero también puede ser que no. La tentación catalana, aunque tendría algo de cobardía, puede ser muy fuerte, y, al parecer, sus pares, si es que los tiene, le aprietan a la urgencia, convencidos de que si se ha de pasar un mal trago, cuanto antes mejor. Mantenerse en lo previsto, implicaría el convencimiento de que hay tiempo para hacer algo decisivo. Hasta ahora, Rajoy ha dado por supuesto que lo pequeño es hermoso, y que basta con que algo lo haga él para que sea noticia suficiente y los españoles despertemos de la pesadilla de su Gobierno para abrirnos a las enormes expectativas de cuatro años con más de lo mismo. Él decide, pero, en el PP, son seguramente mayoría los que piensan conforme a aquello que dijo Agustín de Foxá, a propósito de Franco: “la de patadas que le van a dar en nuestro culo”


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba