Sueños ciudadanos

Los árboles y el bosque

Los madrileños andamos estos días tan pendientes del noreste y de Escocia, como de la vertical, pues, por si nos faltarán motivos de congoja, resulta que vivimos rodeados de árboles a los que, como de repente, se les desprenden ramas asesinas. No parece cosa de la naturaleza, sino del descuido y hay quien atribuye a unas peregrinas ideas del jefe del servicio arborícola de la capital el estado calamitoso de sus más pesadas ramas.

La repentina amenaza arbórea no es una mala metáfora de lo que nos pasa, es de una especie equivalente al socorrido “poner un circo y que crezcan los enanos”, un marbete rápido para explicar que no nos faltan motivos de zozobraque nos afligen desde ángulos insospechados. Ya que estamos de metáforas, habría que recordar que la sabiduría convencional nos recuerda que, con frecuencia, los árboles impiden ver el bosque, pero ¿cuál es exactamente nuestro bosque?

El ministro lenguaraz

No tendremos una gran política exterior, y no es que no nos haga falta, pero tenemos un ministro que no nos merecemos. Es una joya de valor incalculable, una máquina de producir titulares, lo más parecido a un boquirroto que se despacha en política, ámbito en que suele llevarse, más bien, el silencio espeso. Sus declaraciones forman almanaque y nunca ha vacilado en adentrarse en cuestiones que raramente podrían estimarse de su competencia. Hasta se sospecha que pueda estar detrás de los de los árboles cadentes porque, dicen, no le hace ascos a un sillón tan principal como el de Cibeles.

Lo que no es especulación es que se ha referido con palabras que se han estimado malsonantes a lo que el Gobierno se dispone a hacer en Cataluña y he aquí uno de nuestros bosques: que el personal de La carrera de San Jerónimo considere como amenaza el que anuncie que el Gobierno hará cumplir la ley. Bien mirado, hay motivo para el asombro, porque hace tiempo que los gobiernos miran para otro lado cuando se trata de materia catalana y por ese bizqueo se nos han despistado unas cuantas tropelías con aire de normalidad. Si no fuera por ese estudiado descuido es posible que el exhonorable hubiese podido alcanzar esa enojosa condición hace ya bastante tiempo.

Los árboles de la pudibundez hipócrita no nos dejan ver que en Cataluña hace tiempo que están ocurriendo cosas que nunca debieran haberse consentido, que, de hecho, se ha declarado territorio exento a la ley común. Todavía estamos a tiempo de corregirlo, pero para ello sobran los escándalos monjiles de quienes dicen que nos representan y no saben ni representarse a sí mismos. Margallo ha dicho esta vez algo muy puesto en razón, pero ciertos entendederas se han vuelto incapaces de enterarse de nada, o lo simulan muy bien sin saber que esa performance ya no merece ningún aplauso.

Entre el orgullo y el riesgo

El New York Times titulaba así, ayer mismo, su crónica desde Edimburgo: “Scottish Vote Weighs Pride Against Risk”. Es muy duro para cualquier escocés verse en trance de escoger entre su orgullo y el cálculo económico. Hasta ahí ha llegado la infinita torpeza de Cameron, que ha conseguido plantear el arriscadísimo referéndum de este jueves como un juego con el que nadie podrá ganar nunca nada, como se comprobará muy en breve. Esa suficiencia londinense ya ha sido suficientemente humillada y ver a los chicos de Chelsea hacer toda clase de elogios impostados y de declaraciones de amor a los escoceses, ya ha supuesto una fría y dulce venganza para las huestes del habilísimo Salmond.

Los españoles tenemos, al menos, alguna ventaja respecto a los errores de Cameron, aunque tampoco podamos presumir de haber acertado siempre en un asunto que, como advirtió Ortega sabiamente, carece propiamente de solución. Rajoy, al menos, no ha dicho demasiadas tonterías al respecto y hasta parece muy seguro de cuál es su papel, sus obligaciones con todos nosotros.

Los expertos no se cansan de analizar las diferencias entre Cataluña y Escocia, pero no se subraya mucho, me parece, una diferencia nada menor, aquí no quiere romper amarras la región más subsidiada, el pobre de la familia, es más bien que los chicos de Chelsea/Pedralbes están un poco hartos de los catetos y pobretones mesetarios y dicen que les salimos caros, aunque exageren los cálculos. Habrá que contestarle con lo que les ha dicho Margallo y seguramente con algo más, para ser claritos, porque no deberíamos olvidar que tenemos perfecto derecho a no querer esa amputación y a hacer lo que nos parezca congruente para impedirla.

Isidoro Álvarez como metáfora

La muerte de Isidoro Álvarez, tan inmediata tras la del otro gran símbolo de la riqueza nacional, ha vuelto a ofrecernos la repetición del muy hispánico ceremonial de los elogios sin medida. No está mal ser generosos con los muertos, especialmente cuando lo merecen, como es el caso, pero mejor estaría que pensásemos que, entre tantas cosas bien hechas, puede que él haya aprendido de algún error y que enfrentarnos con ese fracaso, por relativo que sea, pueda sernos también de algún provecho.

El Corte Inglés ha sido la historia de un éxito espectacular, sin duda. No en vano ha sido un símbolo del progreso español, de nuestra nueva riqueza. Sin embargo, para esa empresa envidiada y admirable, como para todos nosotros, los últimos años han sido especialmente duros, le ha sobrevenido una crisis de su modelo de negocio en un país en crisis general. Es seguro que Isidoro Álvarez habría sido capaz de superar esa cadena de adversidades y no hace falta ser especialmente sagaz para ver que estaba en ello y que sus últimas medidas apuntaban a afrontar muy a fondo los cambios precisos en un modelo de negocio en que han sido líderes indiscutibles.

La pregunta por el bosque es, de nuevo, inevitable: El Corte Inglés, y en general el sector privado, ha afrontado con decisión una reforma estructural de las bases de su negocio, pero ¿están haciendo lo mismo los responsables políticos? Me temo que con las precauciones, los remilgos, los temores, los disimulos y los vaivenes de sus políticas, el Gobierno, y los que no lo son, no está afrontando sus deberes con la debida decisión, algo que no ha podido permitirse ni El Corte Inglés ni, casi, ninguna empresa, pero es que los políticos siguen creyendo, y se equivocan, que a ellos sí les está permitido endeudarse hasta el infinito y no tocar nada que ponga mínimamente en riesgo sus poltronas.


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