Sueños ciudadanos

La abdicación y el cuento de Caperucita

Cuando no nos habíamos repuesto de los abruptos comentarios que siguieron al resultado electoral del pasado 25-M, pues aquí es corriente despachar a las sardinas como ballenas de buen porte, don Juan Carlos decidió acaparar la atención pública comunicando que iba a hacer aquello que siempre había parecido que no haría, abdicar. Enseguida empezó una extraña competición entre los que dijeron que ya lo sabían y los que reconocieron que sólo se habían enterado unos días, o unas horas, antes. Luego se descargó sobre nosotros, inmisericorde, la inacabable retahíla de elogios institucionales vertida por las numerosas televisiones oficiales y por los medios que empiezan a preguntar sus impresiones sobre el caso a los diversos figurones, con el resultado de abundantes vanidades heridas por no haber sido llamados a este singular coro informativo.

No tardó tampoco en comenzar la andanada del republicanismo que ya venía muy motivada del supuesto éxito del 25-M, y otra vez a la Puerta del Sol, porque  esta izquierda supuestamente nueva le tiene un gran apego a sus tradiciones y no desdeña la magia. Apareció entonces, rutilante, la vieja imagen de la República reconvertida por sus reclamantes en el nuevo cuerno de la abundancia, todo bienes, ninguna corrupción, un océano de promesas embebido en las palabras más hermosas, olvidando, eso sí, que de venir de la mano del voto bien pudiera ser que el presidente fuese alguien como Aznar, por poner un ejemplo que pueda resultarles familiar a los de Podemos, pero imagino que estos son detalles que a nadie deben amargarle una fiesta 'popular' como la que estos agitadores cívicos decidieron iniciar el día 2 de junio.

No sé si alguno llegó a pensar que el rey acudía en su auxilio al afirmar que “Una nueva generación reclama el papel protagonista para afrontar con renovada intensidad los desafíos”. Por si alguien no ha caído, no estará de más recordar que esta exaltación retórica de las nuevas generaciones es un producto ideológico de procedencia nada incierta, a saber, casi el único rasgo de la cultura política de los vencidos en la segunda gran guerra, nazis y fascistas, que ha sido acogido por los vencedores, y que, en el caso de los comunistas, que nunca habían sido especialmente juvenilistas, fue llevado a extremos de barbarie inaudita en la revolución cultural del  maoísmo, pero no es cosa de ponerse estrechos, y tampoco vamos a privar a don Juan Carlos de este apaño argumentario para tratar de explicar lo hiperoculto.

Un relato preventivo

Las palabras de don Juan Carlos han cumplido la función que se le suele reconocer a los cuentos infantiles, y muy especialmente al escasamente ecologista de Caperucita, la abuelita y el lobo. Aunque se pueda discutir sobre la función social de este relato, apenas cabe dudar de su índole preventiva, de su condición de administrador de miedos y prudencias para que las tiernas infantas no se aventuren por bosques escasamente iluminados.

Naturalmente que don Juan Carlos no iba a contar ninguna versión de una historia tan sentimental y terrorífica, pero la retórica escogida por el monarca para explicar su salida del escenario no deja de tener aspectos monitorios, por mucho que se recubran de la retórica común sobre lo muy conveniente que es dejar sitio a las nuevas generaciones, un mensaje que seguro han escuchado con arrobo ese amplio 55% de jóvenes españoles que no conocen otro empleo que el del paro

Admitiendo que el rey debía dar alguna explicación sobre su inesperada decisión, cabe dudar que la retórica escogida sea la más adecuada. Por supuesto cabría desear que hubiese dado una explicación más directa de las causas de su abdicación, pero tal tipo de discurso siempre se prestaría a controversias que pudo considerar indeseables. Dado que parece comprensible que se ha estimado que una verdad rotunda no hubiera sido una buena compañera del mensaje de despedida, cabe preguntarse qué es lo que ha querido decirnos el monarca, siempre que, como me parece ser el caso, no demos en considerar que la monserga generacional contenga una razón suficiente del mutis real.

La hipótesis más favorable al monarca es la que apunta a que con su despedida ha querido decirnos que no está dispuesto a sancionar algunas cosas que parecen adivinarse en el horizonte inmediato, o que ha querido decir a la clase política que son ellos y no él quienes tienen que arreglar el carajal institucional y el desprestigio político en que parece atascado el sistema del 78. Si esta interpretación se considera excesivamente generosa con el significado del gesto regio, sólo cabría pensar que ha salido corriendo ante la que se avecina. Lo peor de esta última hipótesis es la evidencia de que ese gesto mismo puede agravar y acelerar los supuestos males en ciernes. Yo prefiero la interpretación generosa, aunque el cuento de Caperucita se preste a lecturas asaz extravagantes.

Ahora mismo, cabe cualquier suposición sobre el futuro, no tanto por lo que ha pasado como porque ahora parecen posibles situaciones impensables hace menos de dos años. El 25 de mayo el PP recibió un castigo que, si se mide en comparación con el voto de las últimas generales, cosa que no suele hacerse, adquiere la condición de una debacle, que es lo que debieron suponer los que se negaron a acudir a los pies del balcón genovés para celebrar esta segunda victoria rajoyana. El consuelo de que el PSOE está peor no es gran cosa, y menos ha debido suponer para el monarca. Dos de los soportes tradicionales del sistema de 1978, PP y PSOE, PSOE y PP, amenazan ruina, y no porque los electores se hayan vuelto locos, sino, precisamente, porque no lo han hecho. Se trata de un problema que requiere algo más y algo distinto que relevos generacionales. Desde 1975, si no antes, los españoles vamos corriendo detrás del espantajo de la renovación generacional, como si lo único malo de Franco es que fuese un octogenario. Va siendo hora de que dejemos de contarnos historias infantiles y pensemos en serio en lo que está mal y en lo que hay que hacer para arreglarlo, y mejor será que nos olvidemos de que un nuevo rey tenga mucho que decir o que hacer para corregir defectos que afectan a la monarquía pero que ni han nacido con ella, ni se pueden eliminar sin un serio cambio político en el interior de las dos grandes fuerzas que soportan el sistema.


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