Sueños ciudadanos

¡Vivan las cadenas!… y mueran los negros

Una de las muchas razones por las que se puede aconsejar la lectura, y la relectura, de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, al margen del placer del texto, es la de poder experimentar los efectos de un extraño túnel del tiempo comprobando cómo se han invertido las características de las facciones políticas, cómo la derecha carlista y absolutista se ha transformado, en muy buena medida, en nuestra izquierda más extrema, y cómo la izquierda liberal de entonces se ve motejada ahora de derecha ultra y reaccionaria.

Muchos españoles de ahora mismo parecen querer mantenerse fieles al lema acuñado por los absolutistas en 1814

Muchos españoles de ahora mismo parecen querer mantenerse fieles al lema acuñado por los absolutistas en 1814 cuando, para recibir a un Rey que, tras haber protagonizado algunos de los sucesos más vergonzosos de nuestra doliente historia, venía para desbaratar sin miramiento alguno el modesto baratillo de libertades políticas que había instaurado la Constitución de 1812. Entonces, como ahora, las calles se desbordaban, aunque ni entonces ni ahora fuese para tanto, de personajes airados que gritaban a favor de las cadenas y contra los negros, los liberales, apostando fuertemente por el más rotundo servilismo.

Pasión por la sumisión

La política española no sólo está atada y bien atada por un sistema electoral bien pensado y que favorece la gobernabilidad premiando al más votado, sino que, sobre todo, se asienta en la preferencia de un porcentaje muy elevado de los electores hacia su opción, independientemente del resultado que se haya obtenido previamente con su voto. Esta apuesta por un voto mucho más doctrinal y dogmático que pragmático ha condicionado severamente nuestra reciente historia política y ha favorecido que la lamentable retórica de la derecha, siempre segura de la fidelidad de los suyos, se haya consagrado a algo tan elemental y mínimo como la defensa de la economía y el bienestar, sin dejar lugar alguno para cálculos ni escenarios alternativos. En esto, el PP se alejó ligeramente de Fraga en los noventa, para volver a usurpar con descaro esa supuesta ventaja del que dice que sabe garantizar mejor que otro los garbanzos.

La pregunta que se impone es si el electorado moderado va a seguir prisionero de esos temores, sin olvidar que el mecanismo electoral hará casi completamente imposible que el reparto de escaños se haga sin beneficio de quien obtenga una cierta mayoría, por ligera que resulte. Muchos electores apuestan por sus preferencias de una manera incondicional, y ese fenómeno me parece que es todavía más notable en la derecha que en la izquierda. Se trata, seguramente, de un fenómeno muy latino, que en Italia benefició durante décadas a la DC (turarsi il naso e votare DC, que recomendaba Montanelli para evitar la entrada de los comunistas en el sistema de la posguerra), que se podía explicar, entonces, por la política de la guerra fría, pero que expresaba, entonces en Italia y ahora en España, temores profundos de los electores, esos miedos que ciertos estrategas del PP han tratado de explotar a fondo en detrimento del PSOE y apoyando, tan indirectamente como se quiera, las posibilidades de Podemos, un enemigo del sistema con escasas posibilidades reales de conseguir nada.

No sólo la derecha sino la izquierda del sistema, y muy en particular ese poder tan real como efectivo que ostentan los sindicatos, son rotundamente partidarios del orden, de que nada se altere, cueste lo que cueste

Que no se mueva nadie

No sólo la derecha sino la izquierda del sistema, y muy en particular ese poder tan real como efectivo que ostentan los sindicatos, son rotundamente partidarios del orden, de que nada se altere, cueste lo que cueste. Se podrían poner numerosos ejemplos, tal vez el más notable el desparpajo con el que estos señores aceptaron el juego de poder de las Cajas, pero disponemos de un ejemplo bien reciente de cómo funcionan las cosas cuando se dibuja la más ligera amenaza al statu quo, al poder que justifica sueldos sin demasiado control y ventajas varias. Al Ministro de Educación, que siempre da la sensación de que pasaba por ahí, se le ha ocurrido una idea revolucionaria, a saber, que las Universidades puedan establecer grados de tres años. Todo el poder institucional de las universidades y los sedicentes izquierdistas de los más diversos rincones, han saltado con el furor de la fiera herida a protestar contra esta agresión contra los más pobres, tratando de ocultar esa trama de intereses vergonzantes que ha conducido a que ninguna de nuestras universidades halle lugar entre las 250 primeras del mundo. Disminuir los años de los grados atenta contra los intereses corporativos y no hay más que hablar, y para combatir tamañas agresiones se dispone del manido argumentario de izquierda que compra una mayoría de españoles y que ahora trata de renovar Podemos con el éxito que está por ver.

Ya estamos nosotros para pensar

Lejos de nosotros la funesta manía de pensar fue otro de los lemas que se pusieron de moda en la España servil y felizmente sometida. Ahora asistimos a una reedición de esa gloriosa renuncia en forma especialmente contradictoria. Me refiero al neocesarismo de Podemos, de Iglesias, de Tania, de todos los que se presentan en nombre de enormes movimientos de masas pero que sólo ellos pueden definir y tienen derecho a hacerlo. Si se examina la trayectoria de Podemos no hay otro remedio que recordar la estupenda definición del fútbol que hacía Gary Lineker, según la cual ese deporte consistía en un enfrentamiento de once contra once en que, al final, siempre gana Alemania.

El empoderamiento del que tanto nos hablan estos sujetos políticos aparentemente nuevos siempre se queda en lo mismo, en que al final hay que hacer lo que diga Iglesias

Pues bien, el empoderamiento del que tanto nos hablan estos sujetos políticos aparentemente nuevos siempre se queda en lo mismo, en que al final hay que hacer lo que diga Iglesias, o Tania, aunque en  su nombre que no es otro que el de la humanidad doliente y afligida que encarnan de manera tan sobrenatural como sorprendente.

¿Hay alternativa?

Hay dos maneras de salir de un atolladero, dando marcha atrás y recuperando el buen rumbo, que es lo que hace cualquiera con la cabeza sobre los hombros, o declarar que el paseo previsto era un completo error, y que se trata de ir a otra parte, lo que, sin duda, tiene sus ventajas, pero no sirve para llegar a donde habíamos decidido ir. En la situación española, la primera estrategia se puede seguir apostando por partidos que no renieguen de lo esencial, pero que sean capaces de formular propósitos que nos aparten del corsé partitocrático en que se ha metido casi todo, y muy singularmente a la Justicia. Este puede ser el gran momento de Ciudadanos, si sus líderes actuales aciertan a crecer con tino, si, como ayer decía este periódico, aciertan a reemprender el camino que no supo culminar la UCD, sin caer en el error oportunista y miope en que vino a parar la Operación Roca, aquello con lo que el PP pretende confundirlos. Hay tiempo por delante, pero los que han renunciado a dar su voto a partidos que han defraudado ampliamente sus expectativas, cosa que ha sucedido bastante más con el PP que con el PSOE, cuyos problemas son de otra índole, tendrán que decidir si votan por lo que creen, o se dejan enajenar por lo que temen, porque, salvo en caso de delirio, no alcanzo a imaginar que puedan apostar por la victoria de los nuevos césares del populismo izquierdista e hipócrita, por grave que sea su desesperación y su cabreo, ya que quejarse del pedrisco nunca justificará tirar piedras al propio tejado, salvo para los orates. 


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