Sueños ciudadanos

Vísperas de nada

Los españoles asisten estos días, entre atónitos y aburridos, a una representación de la política en la que la política está rotundamente ausente. Es posible que nos merezcamos tamaño castigo al apostar por un cambio que, más allá del lógico cabreo general, se ha pretendido basar más en vaguedades que en cuestiones de alguna enjundia. La prensa nos ha hablado, y los repetidores han insistido hasta la saciedad, de la crisis del bipartidismo, de manera que nos hemos puesto a contemplar ese tránsito, y resulta que lo que se nos ofrece es una especie de vodevil de escaso seso, repleto de confusiones infantiles y pellizcos de monja.

La promesa del paraíso

En estas elecciones se han enfrentado dos representantes del realismo sucio, el PP desustanciado de Mariano Rajoy y el PSOE invertebrado de Pedro Sánchez, a dos formaciones que, cada una a su manera, prometían el cielo, porque los partiditos de la señorita Pepis han sido arrumbados de manera inmisericorde.

Los de Podemos han repetido hasta la saciedad que no se conformarían con su presencia en las instituciones, que nos van a llevar hasta el paraíso del proletariado, hasta la tierra en la que manan la leche y la miel 

Los de Podemos han repetido hasta la saciedad que no se conformarían con su presencia en las instituciones, que nos van a llevar hasta el paraíso del proletariado, aunque con una terminología levemente distinta, hasta la tierra en la que manan la leche y la miel, pero, por alguna razón, la gente no acaba de entregarse sin recelos a un porvenir tan brillante, y se han quedado, digamos, a mitad de la mitad del camino, perdidos en oscuras maniobras y juegos de tronos para dar la sensación de que siguen en su marcha triunfal, aunque no sepan ni siquiera cómo van a cenar la semana que viene. Los de Ciudadanos han querido llevar a cabo el milagro de la simplicidad, la reducción de la política a un par de eslóganes y a la sonrisa inmaculada de su líder, todo ello con un toque social, no vaya a ser. Estos se han quedado todavía en menos, pero aseguran que el futuro es de los que prometen las primarias, aunque Rivera se apresure, tanto como lo hizo Iglesias, a controlar los incipientes aparatos provinciales, no sea que peligre el secreto de su éxito.

Un resultado provisional, confuso y agónico

Ante un panorama tan insulso como escasamente prometedor, y dado el específico horror vacui que domina en la política, la palabra pacto se ha convertido en el mantra de moda, pese a que vivamos   en la confusión más absoluta sobre cualquiera de las dimensiones que definen un pacto, sobre el qué, el con quién y el para qué. Tal estado de cosas está dando lugar a fenómenos más dignos de la parapsicología que de la política. Por ejemplo, la voluntariosa Cristina Cifuentes ha reprochado a Ciudadanos que olviden que ella representa un proyecto distinto de PP, además de que se opone frontalmente a la corrupción, hay que suponer que refiriéndose a que no la enfrenta de manera oblicua, como hacen otros en su partido: se trata de proyectos políticos bajo palabra de honor, que, no se olvide, es el nombre de un tipo de vestido exquisitamente femenino.

Esta estrategia de acoso y derribo a las maneras del viejo PP, con el que la Cifuentes parece no tener nada que ver, ha obtenido la dimisión de dos consejeros en funciones por arcanos asuntos de unos miles de eurillos, mientras que el presidente de un partido en el que el tesorero ha arracimado en Suiza unas cuantas decenas de millones sigue mirando hacia otra parte, y no de frente como Cristina. Ya lo dice el líder de Ciudadanos, algo está cambiando en el clima político. En fin, todo sea por las investiduras, pero los nuevos protagonistas están mostrando una falta de tino y de ideas claras sobre lo que hay que hacer que nada tienen que envidiar a las explicaciones de Rajoy sobre la prosperidad económica, o al empeño de Sánchez en subrayar la centralidad del PSOE, ahora que ha sido prácticamente desalojado a gorrazos de las cinco mayores capitales de España. 

Un partido que es capaz de apoyar a una activista que dice que va a poner freno al turismo en Barcelona, que es como que un cardenal confesase que en el Vaticano están de más las monjas, los curas  y las estatuas de santos

Podemos a por todas

En plan de dolida confidencia, Monedero ha hecho saber que le asaltan dudas sobre si Podemos tendrá el músculo suficiente para cambiar la sociedad española, se ve que es un chico reflexivo. De todos modos, cabría reprochar al príncipe destronado de Podemos su escasa perspicacia al analizar lo que pasa: un partido que es capaz de apoyar a una activista que dice que va a poner freno al turismo en Barcelona, que es como que un cardenal confesase que en el Vaticano están de más las monjas, los curas  y las estatuas de santos, y, de promover al tiempo, a la señora Carmena, que se ha ido a visitar cortésmente al señor Goirigolzarri, a ver si le saca unas viviendillas de esas que le sobran para hacer política social, no puede ser acusado de falta de imaginación, y Monedero debiera de saber mejor que nadie que es la imaginación la que todo lo resuelve 

Claro es que la duda entre merendarse lo que queda del PSOE o hacer la cama redonda con Sánchez es de las que pueden confundir a cualquiera. Pero no teman, en Podemos hay gente muy leída y pueden aplicar a cualquier cosa la misma terapia que emplean para convertir las imputaciones de la señorita Tania en maléficas invenciones de la casta, de esas gentes con las que ni siquiera sería capaz de pactar un tonto como Carmona, por emplear la manera coloquial con la que Pablo Iglesias se ha referido en alguna ocasión al exitoso candidato del PSOE a la alcaldía madrileña.

El margen de Rajoy

En el PP parece prosperar la idea, un tanto voluntarista, pero menos da una piedra, de que Rajoy puede tener el margen de un par de semanas para salvarse, ante todo, de sí mismo. Abundan las hipótesis técnicas sobre cómo habría que obrar el milagro de que Rajoy consiga salvar los restos del naufragio actual, aprovechando la circunstancia, nada menor, de que el rival directo está como bajo los efectos de un estado de privación sensorial y política, que le han llevado a convertir las derrotas en restallantes victorias, y que los aspirantes al trono apenas han logrado superar el peso de un ligero para pelear con éxito en el ring de los pesos pesados. Sé que habrá quien no lo crea, pero hay quienes esperan que detrás del plasma habitual se pueda estar maquinando una rotunda sorpresa.

El PP de Rajoy ha muerto, viva el PP, podría ser el grito capaz de movilizar una campaña que ha de ser portentosa, o no será nada

El PP de Rajoy ha muerto, viva el PP, podría ser el grito capaz de movilizar una campaña que ha de ser portentosa, o no será nada. Se trata de apostar por que el presidente del Gobierno y del PP tenga el arrojo y la clarividencia necesaria para tomar las medidas que permitan al partido que fue del centro y la derecha levantarse de sus casi cenizas. Quienes así piensan, parten de que Rajoy tiene los medios y las entendederas suficientes para urdir una auténtica revolución en el gobierno y el partido, para hacer algo que permita a los electores del PP, que es el auténtico capital de ese partido, dejar de lacerarse con las imágenes dolientes de una dirección mendicante y un gobierno perdido, y que con ello se consiga plantear una batalla incierta en las próximas elecciones generales. Nunca es fácil adivinar lo que la cabeza y el corazón de alguien tan peculiar como Rajoy pueda dar de sí, pero no cabe descartar que pretenda hacer lo que se haya de hacer para que su imagen futura no se parezca demasiado a la de alguien que destruyó un partido en relativa forma y perdió de forma enteramente inhabitual y escasamente comprensible la solidísima mayoría absoluta con la que accedió a la cumbre. No es un problema de personas: se trata de política, esa cosa que se parece tan poco a los juegos florales y los acertijos que estamos padeciendo en estas extrañas vísperas de nada.


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