OPINIÓN

¿Todavía hay jueces en España?

Las corrupciones del PP parecen seguir aflorando sin descanso, pero se trata de una ilusión falaz, no es que cada día se descubran nuevos casos, es que el cadáver insepulto de una corrupción sistematizada y mimetizada con las supuestas necesidades del partido no se tapa ni con una losa de hormigón.

¿Todavía hay jueces en España?
¿Todavía hay jueces en España? PP

Cuando se dice que la Justicia emana del pueblo se dicen varias cosas a un tiempo, pero una de ellas afirma, desde luego, que el dintel de tolerancia para lo que se sabe que no es bueno no lo fijan tanto las leyes como el clima moral en el que se vive. El papel de los jueces es singularmente importante porque son los que ponen una cierta armonía entre los principios y las percepciones. No es extraño, por tanto, que los jueces, con la lentitud que les es propia, estén empezando a tomarse algo más en serio la tarea de limpiar el fondo del que brota la corrupción, porque responden así al enorme rechazo que la sociedad expresa frente a la conversión de la política en una especie de delincuencia consentida.

La naturaleza del caso

Es muy fácil errar sobre la naturaleza de la corrupción, que es planta demasiado común y que tiende a confundirse con el pasto. Los españoles estamos haciendo, sin querer y previsiblemente sin mucho provecho, un curso intensivo en la materia. No ayuda mucho a comprender el asunto el tono sincopado con el que surgen las informaciones sobre procesos, los remilgos legales que se esgrimen en torno a la presunción de inocencia, y la extrema lentitud de un sistema diseñado para darle duro al robaperas que se ha visto, como de repente, enfrentado con la necesidad de procesar a los señoritos de toda la vida.

La corrupción que padecemos tiene que ver, indefectiblemente, con un Estado hiperobeso, sobrado de recursos y que ha gozado de una fama de beneficencia bastante inmerecida

Pero hay un denominador común en las distintas formas de corrupción que nos atribulan y avergüenzan, que, amén de ser el que más debiera preocuparnos es, además, relativamente fácil de combatir. La corrupción que padecemos tiene que ver, indefectiblemente, con un Estado hiperobeso, sobrado de recursos y que ha gozado de una fama de beneficencia bastante inmerecida. El asunto andaluz de los ERE hubiera sido imposible sin una administración dedicada a acrecentar la deuda pública para aumentar, al tiempo, el grado de arbitrariedad en la disposición de crecientes sumas de dinero sin suficiente control. La convicción de que no hay mal que no pueda ser gestionado y anulado con mayores recursos públicos y que aumentar estos al precio que fuere es el camino real para llegar a la felicidad es el manto fértil sobre el que pueden prender todas las iniciativas de los corruptos, que precisan de la abundancia y de la oscuridad. Esta es también la razón por la que la que tantos políticos del PP se han apuntado al gasto público desmelenado y a las políticas sociales a todo trapo, la creación de safaris políticos de nula trasparencia cuya pertinencia, insensatamente, nadie discute, y en los que resulta fácil atrapar un renglón presupuestario ausente de control y en excelentes condiciones para pasar a las avezadas manos de los corruptos y sus abundantes cadenas de distribución.

El canal de Isabel II llegando a Panamá, y no a por agua

El caso de González y el Canal de Isabel II no se hubiera producido nunca sin que, quien debiera hacerlo, no se hubiese preguntado por la necesidad de que una empresa cuyo fin es bastante concreto y bien conocido se dedicase a hacer las Américas de manera tan absurda, pero ese es el carácter común detrás de todos los procesos de corrupción, la obra inútil, el exceso de gasto, la munificencia administrativa, el control de los controladores,… dejando a la Justicia, eso sí, con medios de actuación similares a los que tenía en pleno siglo de Oro.

Las andanzas de González eran tan aparatosas que ni siquiera ha podido conseguir que sus cuates se olviden de ellas

Las andanzas de González eran tan aparatosas que ni siquiera ha podido conseguir que sus cuates se olviden de ellas, una vez caído del pedestal, para que se vea claro que el que la hace la paga. Quienes sospechan que el caso González ha aflorado abruptamente en el mejor momento para tapar la llamada de Rajoy a declarar hacen cierta la creencia de que cuando la mierda abunda tanto inevitablemente dejará de oler tan mal.

Un poco más oscuro, para que no se entienda 

Junto con la abundancia de dinero y la escasez de controles externos, los de dentro ya se controlan desde arriba, la oscuridad es el segundo elemento indispensable. Los corruptos cuentan con un público en el que abundan los que difícilmente distinguen las decenas de los millares y en el que se ha inoculado sistemáticamente la creencia de que la aritmética es aburrida y la contabilidad un rollo innecesario. Y parecidas a estas son las dos grandes verdades que han presidido la vida interna de los partidos que han protagonizado la corrupción: solo hay que dar cuentas al de arriba, y los números, la afiliación y las cuentas del partido, son secretos que nunca debería conocer el adversario y que a nadie leal y bien dispuesto deberían preocuparle. Que Bárcenas repartiese excelentes sobresueldos sin que hubiese ninguna especie de motín entre quienes no los recibían ilustra excelentemente este aspecto de la cuestión: a los partidos se va a obedecer, y el discrepante que se pase al enemigo, de manera que nadie sea capaz de vislumbrar una gota de luz en la cueva. 

Lo que Rajoy debería saber 

Las corrupciones del PP parecen seguir aflorando sin descanso, pero se trata de una ilusión falaz, no es que cada día se descubran nuevos casos, es que el cadáver insepulto de una corrupción sistematizada y mimetizada con las supuestas necesidades del partido no se tapa ni con una losa de hormigón. Por eso hay que celebrar que una pareja de jueces haya decidido preguntar al señor Rajoy qué sabe él de todo lo que estamos oyendo, e igualmente que el presidente del Gobierno, que no sus oficinas genovesas, parezca habérselo tomado con cierta normalidad. Puede serlo, sin duda, pero pone de manifiesto la extraordinaria anomalía política en la que estamos viviendo.

Que Rajoy continúe en la Moncloa, por precaria que sea su estancia, se debe sobre todo a que ha conseguido que el calendario de su conveniencia personal se haya impuesto a la de su partido y a la de toda la nación

Que Rajoy continúe en la Moncloa, por precaria que sea su estancia, se debe sobre todo a que ha conseguido que el calendario de su conveniencia personal se haya impuesto a la de su partido y a la de toda la nación, así de rígido es el esquema en que vivimos. Como una especie de Houdini de la política ha conseguido desembarazarse, de momento, de los diferentes lazos en que había caído, y ha llegado a proclamarse como la cara más limpia de la esperanza en la normalidad y en el progreso, pero al precio de saltarse a la torera, él y todos los que le rodean, lo esencial de las convenciones morales por las que se rige el poder político en cualquiera de las democracias a las que deberíamos querer parecernos. Si aparece una rubia capaz de hacer con Rajoy lo que hizo la señora Merkel con el señor Kohl, que no había puesto ningún SMS comprometedor, el PP podría tener esperanza, pero si sigue como va, no habrá suficientes González en España como para convencer a los electores que ya han abandonado ese barco de que en él viaje nada que merezca la pena. 

El daño político

En el caso del PP es incalculable el daño que la organización de ese partido ha hecho a las ideas que dice, o decía, defender. Llegado al poder con una fama de eficacia y rigor que ha dinamitado y con promesas políticas que ha incumplido de manera sistemática, solo le queda la carta del miedo que le suministra con razonable continuidad el chico de la coleta. Pero hasta ese triunfo puede dejar de valer, si los jueces cumplen con su obligación y se excusan de admitir como verdades protocolarias lo que son simples mentiras rotundas y sistemáticas. No es difícil pronosticar que la salida del atolladero es cada vez más difícil, pero creo que ni siquiera los jueces españoles serán capaces de ignorar el pestilente tufo que emana de un cuerpo corrompido y a medio morir, el rotundo grito popular que clama por la claridad y la decencia, por recuperar la libertad política para poder apoyar a quien realmente lo merezca.


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