Sueños ciudadanos

Tiempos de tribulación

En tiempos de tribulación, no hacer mudanza, dice el clásico consejo ignaciano, pero algunos de los líderes del PP parecen movidos por un viento de insania y dispuestos a modificar las leyes vigentes para obtener un sistema que favorezca, dicen, la elección directa de los alcaldes. Aunque esa modificación tendría el resultado indirecto de garantizar al PP unas cuantas alcaldías que, con las reglas en vigor, podrían dejar de estar en su poder, la mejora les parece de tanta intensidad que no tienen miedo a que nadie les afee una ambición sin causa, o un deseo inmoderado de permanecer en las poltronas por mucho que cambie el signo de las mayorías.

En España, y en la derecha, al menos, parece como si el temor atizase la intención de cambiar, sin demasiado miedo a las consecuencias de ese cambio. Si bien se mira, esa conducta podría tenerse por típica de los últimos años del PP en el que ha cambiado casi todo menos las siglas. El gran partido de la derecha se ha dejado llevar por un posibilismo a ultranza, y los resultados están a la vista: subidas de impuestos, sujección de los jueces y disimulo con los corruptos son tres de los grandes rubros en los que Rajoy ha convencido al PP para que se olvide de sus principios y diga, y haga, digo, donde antes decía Diego. Tal conducta ha tenido sus costes, por más que las defecciones electorales pretendan achacarse en exclusiva a la dureza del ajuste, que algo habrá contribuido, sin duda, y han sido el factor político decisivo para explicar no solo que el PP haya perdido gran parte de sus votos, sino que le hayan abandonado todos los que siempre ha necesitado ganar para tener la mayoría, votos que sería extremadamente exagerado considerar suyos porque han votado en cada ocasión lo que les parecía más conveniente: es obvio que nos son grandes multitudes, pero son cohortes decisivas que inclinan la balanza y, además, se sienten encantados de poder hacerlo.

Ante esta expectativa de debacle, en la que se contempla como extremadamente probable la pérdida de baluartes decisivos para el predominio político del PP, como Madrid y Valencia, y no sólo esas plazas, abundan los que consideran que la pérdida de esas fortalezas otrora inexpugnables sería, sin duda alguna, el inicio del acabose. Aunque pertenezca más bien al terreno de la patología que al de la lógica política, es comprensible que se susciten episodios de delirio ante amenazas tan graves.

Sería extravagante, sin embargo, que alguien apostase por considerar como virtud la persistencia en una estrategia equivocada, pero esa parece ser la consigna de quienes descubren ahora las bondades de la “elección directa” de los alcaldes. Esta iniciativa, aparte de ser oportunista, recuerda bastante a la conducta de quien tratase de evitar el mote de mafioso provocando un crimen con tal de que pudiera parecer  un accidente. Que cuando se extiende la acusación de que a los políticos lo único que les interesa es mantenerse en el poder, se le ocurra a alguien modificar las reglas del juego para que gane quien perdería, no parece la mejor manera de lavar una imagen seriamente deteriorada.  

La consideración de esta clase de estratagemas se cruza en las mentes del PP con la esperanza de que la situación económica acabe de decantarse en una nueva época de crecimiento, y que ese factor pueda resultar suficiente para que los electores opten por prorrogar el mandato rajoyano. No parece una apuesta muy segura, la verdad. Lo malo de no hacer política, y de refugiarse bajo el manto de lo inevitable, es que acaban apareciendo grupos que ponen en duda esa inevitabilidad, especialmente si el destino resulta cruel y no garantiza un nuevo paraíso de abundancias, créditos a tutiplén y consumos sin freno. Cuando resulta que el horizonte sigue siendo oscuro, se recuerda con rabia la inutilidad de los sacrificios en el altar de la corrección macroeconómica, la levedad de los resultados conseguidos sin apenas tocar las causas del desaguisado, la debilidad ideológica ante quienes ofrecen más por menos y señalan, sin parar ni por un segundo, los evidentes embustes que se ocultan tras la oscura metáfora de lo inevitable.

Son tiempos de tribulación, sin duda, y no van a pasar a base de esperanzas fingidas, de bajadas de la prima de riesgo, de argumentos que no dicen nada al votante de clase media y media baja del que se tiene que nutrir cualquier victoria.  Isaiah Berlin ha subrayado repetidas veces el carácter conflictivo de los mandatos éticos, la escasa credibilidad que tiene en un mundo tan complejo como el de hoy la idea de que toda clase de bienes puedan considerarse compatibles. La política eleva esa conflictividad a un rango mucho más alto, y, por ello, sólo puede ser un buen político el que sabe arriesgar, el que apuesta decididamente por un objetivo ambicioso, capaz de mover voluntades y suscitar ilusiones. Este ha sido el problema del PP, que ha apostado por mantener en píe un tinglado que se hunde sin remedio, y le va a costar mucho convencer a sus electores de que no salgan corriendo, además de que ya no podrá consolarse pensando que a su rival le ha ido peor, porque nada indica que la izquierda no vaya a saber sacar ventaja de tanto terreno cedido como consecuencia de un error persistente a la hora de situarse sobre el  campo de batalla.


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