Sueños ciudadanos

Tiempo de silencio

En 1961 Luis Martín Santos publicó una novela que, más allá de su valor literario, ha sido tomada como el testimonio de una sociedad, la española, privada de voz, de ideas y de movilidad, la España todavía salida de una guerra que no acababa de ver claro lo que le estaba pasando y en qué podría acabar todo aquel largo período de excepción.

La España de 2015 es, desde luego, muy distinta, pero hay algo en ella que recuerda las miserias de entonces, la pobreza intelectual de la vida ordinaria, la elementalidad brutal de muchos escenarios colectivos y, a la postre, la pobreza de lo que tenemos como política, una discusión con cartas marcadas en la que parece que participa el pueblo pero en la que, al final, se hace desganadamente lo que deciden muy pocos.

Parece como si la virtud política consistiera en demostrar que, por encima de cualquier duda, la democracia se reduce a acatar lo que decida el que manda, pues no es apenas verdad que sean varios

El auto sacramental del PP de Madrid

Parece como si la virtud política consistiera en demostrar que, por encima de cualquier duda, la democracia se reduce a acatar lo que decida el que manda, pues no es apenas verdad que sean varios. Hay quienes pueden influir, pero sólo hay una decisión que cuente. Los millones de madrileños que llevaron al PP a un predominio político que ya se mide en décadas han de estar pendientes de lo más parecido que quepa imaginar a la lucecita de El Pardo, aquella que invocaba Carlos Arias Navarro para tranquilidad general de quienes nada podían decir. Como en los años sesenta, esa lucecita es gallega y se crece en el sarcasmo: “es cosa del partido” dijo Rajoy cuando se le preguntó por el oscuro enigma de los cabezas de lista. “Obrad bien, que Dios es Dios” se repite en los autos sacramentales de Calderón, y ese poder divinizado es el que ordena a los inquietos que esperen a que se desvele el misterio de la voluntad del altísimo, que todavía no acaba de tener amarrado el don de la omnisciencia pero no renuncia a conseguirlo explotando la omnipotencia política que detenta.

No hay nada que se pueda parecer a la democracia en este lamentable asunto del PP madrileño, que, de uno u otro modo, se repite por las cuatro esquinas del mapa, porque el poder de Génova/Moncloa es de los que no conoce límites de espacio ni de tiempo. ¿Obtendrá este sadismo político su victoria o tendrá que limitarse a explicar con los argumentos de la factoría Arriola, que siempre apuntan a la siguiente oportunidad como explicó Guillermo Gortázar en un memorable artículo, que el desastre de junio se limita a ser el prólogo glorioso de la resurrección de final de año?

Ignacio González tendrá que lamentar durante largo tiempo el haberle dado a Rajoy una estupenda oportunidad para lucirse

El caso González

La larga etapa de pasión por la que atraviesa Ignacio González, presidente de la Comunidad de Madrid a consecuencia de un extraño mutis de Esperanza Aguirre, recuerda bastante a una especia de versión política de El cartero siempre llama dos veces, esa historia truculenta en la que el triunfo aparente se ve aplastado por el peso insoportable de un destino azaroso, pero, a su modo, justiciero, construido con una extraña mezcla de la torpeza de los protagonistas y la crueldad de los imponderables adversos. Cuando se hace una cosa extrañísima con un apartamento de lujo, es previsible que el asunto acabe salpicando, sobre todo a un personaje tan simpático y popular como el actual Presidente madrileño. Además, su reciente explicación de la campaña, que no es supuesta, sino evidente, contra él ha sido el colmo de la torpeza: si un policía intentó chantajearle hace unos años debió denunciarlo. Dedicarse a la política y pensar que la policía es tonta es un poco raro. Me temo que González tendrá que lamentar durante largo tiempo el haberle dado a Rajoy una estupenda oportunidad para lucirse.

Rebosan las aguas del río ibérico

El previsible desbordamiento del Ebro ha sido durante estos días una especie de metáfora viva de la incapacidad de los viejos odres políticos para contener el hastío, el cabreo y la desesperanza de millones de españoles. El Ebro es, con todo, un poco más viejo que el sistema político de la monarquía parlamentaria, y esa vejez ha permitido que, pese a todo, los males no hayan sido trágicos, apenas unas decenas de millones, una fruslería para los políticos que le meten caña al gasto público y a la deuda seguros de que nunca les va a pasar a ellos lo que les está pasando a los helenos. Que mientras el río  se desbordaba el Parlamento se haya dedicado a ventear insultos y supuestos donaires es todo un síntoma de lo que nos pasa. Está claro que drenar el Ebro no es cosa que interese mucho a las grandes fortunas y además irrita a los ecologistas, de manera que ya se puede uno imaginar que no les va a faltar agua de sobra a los ribereños. El Ebro es una muestra de que la política ha dejado de interesarse por la realidad de los españoles y consiste en conseguir que los españoles se interesen algo por las menudencias de los políticos, aunque el agua se lleve sus enseres a Tortosa.

El cuello de botella de la crisis política está en el hecho de que la democracia se haya convertido en un mero esquema de legitimación de los políticos mientras que no ha llegado a madurar como un sistema social de control liberal de los distintos poderes públicos

La peor de las corrupciones

El cuello de botella de la crisis política está en el hecho de que la democracia se haya convertido en un mero esquema de legitimación de los políticos mientras que no ha llegado a madurar como un sistema social de control liberal de los distintos poderes públicos. Si, como ha dicho Popper, lo que caracteriza a la democracia es la posibilidad de destituir legítimamente a los gobiernos sin recurrir a la violencia,  es evidente que no poseemos unos partidos democráticos, que la práctica ha desmentido a la teoría y que, a este respecto, la Constitución ha quedado reducida a letra muerta dando píe a lo que hay que considerar como la peor de las corrupciones: que quienes están legitimados para representarnos y gobernar en nuestro nombre pretendan hacerlo a nuestras espaldas, como si fueran brujos poseedores de arcanos poderes que ningún mortal debiera nunca poner en duda: ya tenemos a Rajoy o a Sánchez, o tal vez a Iglesias y Ribera, de modo que no hay que quejarse que es de mala educación.


Imagen: Pesadilla by Juanedc


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