Sueños ciudadanos

Teoría y práctica, o como se confunde al votante

Cuando se trata de defender a las democracias se recurre con frecuencia a argumentos racionales, dando a entender que lo que se disputa en las contiendas electorales se funda, en último término, en concepciones que pueden discutirse de manera independiente y objetiva. Y, al menos en parte, así es: elegimos entre ideologías, entre derecha o izquierda, entre mayor peso a la libertad individual o a la solidaridad impuesta por decreto, u otras opciones de ese estilo. Curiosamente, olvidamos que el término ideología no remite únicamente a un determinado esquema de comprensión de la realidad, sino que, en su uso más crítico, ha servido también para referirse al hecho de que esa clase de esquemas cumplen una función ocultadora, exageran determinados rasgos para impedir que tengamos en cuenta los que son contrarios a nuestra imagen de preferencia.

La izquierda ha tendido a hacer un uso más frecuente de este segundo significado del término ideología, precisamente en cuanto entiende que buen número de ideas dominantes, la defensa misma de la democracia liberal, por ejemplo, sirven para ocultar lo que la izquierda sigue considerando el corazón de su postura moral, a saber, el hecho de que la desigualdad no cesa de crecer, la verdad supuestamente indiscutible, pero contraria a cualquier análisis mínimamente desapasionadao, de que el crecimiento de la riqueza de los más poderosos, se hace necesariamente a costa de la condena a la miseria de los más, y de ahí el éxito del libro de Thomas Piketty que ha servido para renovar con nuevos datos y análisis el vigor de esa convicción tan arraigada en la izquierda más naif.

Caplan sostiene que como el coste de la irracionalidad se externaliza, porque lo pagan los otros, puede considerarse racional el votar de manera caprichosa, por gusto o por convicción

El mito del votante racional

En 2007, Bryan Caplan, un economista norteamericano, publicó un libro, The Myth of the Rational Voter, en el que trataba de mostrar cómo los votantes actúan más motivados por factores irracionales que por un análisis racional de lo que les convendría, lo que serviría para explicar las razones por las que las democracias escogen frecuentemente malas políticas. Caplan sostiene que como el coste de la irracionalidad se externaliza, porque lo pagan los otros, puede considerarse racional el votar de manera caprichosa, por gusto o por convicción, en lugar de analizar las cosas con mayor complejidad e independencia. Este argumento, que podría servir para justificar alguna especie de tecnocracia de los economistas, puede ser leído de manera más suave, como una recomendación para que los electores aprendan a valorar las diferencias entre lo que hacen y lo que dicen los políticos, aunque el beneficio personal por la independencia de juicio suela ser mucho menos poderoso que la gratificante sensación de pertenencia que procura el voto por convicción, puesto que, además, se supone que, por mucho que se haga, difícilmente se cambiará el resultado previsible, y porque son muchos los que asumen que el placer de la victoria propia compensa las posibles desventajas personales, especialmente cuando no son nítidamente percibidas.  La suma de los votos de quienes creen que están forjando un futuro mejor, con los de los que saben que lograrán sacar beneficio cierto de la victoria explica suficientemente la consecución de mayorías.

¿Se puede cambiar?

Cuando, como ocurre entre nosotros, la tendencia a consolidar el voto de mayorías es rotundo, Andalucía es socialista, Madrid del PP, etc. cabe sospechar que no están funcionando bien los mecanismos de la democracia representativa, que la cultura política de los españoles favorece el predominio de quienes tienen el poder y lo extienden socialmente con ayuda de la corrupción, además de cultivar los imaginarios correspondientes. El asunto es tan escandaloso que sirve para cubrir con meras palabras conductas rotundamente contrarias a los principios que se dice defender, sean supuestamente liberales, sean supuestamente socialdemócratas: la ideología, como una fe ciega e irracional, lo justifica todo para un número suficientemente alto de votantes, si bien, por fortuna, no para todo el mundo.

En medio de un estado de conciencia crecientemente preocupado por el anquilosamiento y estancamiento de la democracia, han surgido opciones nuevas. Podemos, en particular, ha pretendido combatir la corrupción de la casta política partiendo de un asamblearismo supuestamente purificador, igualitario, participativo, y todo lo que se quiera, pero, al final, resulta que manda Pablo Iglesias, como un Rajoy cualquiera, y en Andalucía se apresura a prohibir a sus huestes que impidan el gobierno del PSOE al que tan acremente criticaron: no parece que por este lado pueda llegar novedad alguna, porque, al fin y al cabo, el leninismo ha sido la política más exitosa y especializada en el cultivo de la mentira. Como cuenta Martin Amis en Koba el temible, cuando alguien reprochó a Lenin sus primeros fusilamientos, recordando la repetida promesa de suprimir esa cruel política del zarismo, contesto: “Paparruchas”.

Nunca conseguiremos una democracia menos engañosa si seguimos siendo socialmente tolerantes con la mentira, el disimulo y la hipocresía

¿Cambiarán las cosas con Ciudadanos?

Ciudadanos, la otra gran fuerza emergente, no tiene ninguna tradición de mentira política, pero como ha recordado recientemente Alejo Vidal Quadras aquí mismo, corre el peligro de olvidarse de cuestiones realmente importantes para resumir su participación en el sistema en unos pocos lemas escasamente relevantes: ¿Es que lo único que hay que cambiar en Andalucía es que Chaves y Griñán dejen de ser diputados?

Los electores han mostrado de diversas maneras su disconformidad con las políticas de los grandes partidos, especialmente, con su propensión a hacer cosas de hecho muy contrarias a las que prometen. Como tales conductas se han repetido ya en muchas ocasiones, no queda otro remedio que aprender a distinguir las promesas de las acciones, a no dejarse engañar. Con todas las limitaciones que se quiera sigue siendo verdad que los políticos no cometen otros errores que los que se les consienten, ni tienen otros hábitos distintos a los comunes, de manera que nunca conseguiremos una democracia menos engañosa si seguimos siendo socialmente tolerantes con la mentira, el disimulo y la hipocresía. No cabe esperar que nadie arregle nada mientras no arreglemos las cosas por nosotros mismos, ni que nadie deje de mentirnos si, una vez más, les premiamos sus gracias y no les retiramos la confianza que no merecen.


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