Sueños ciudadanos

Entre Rita y Griñán, perdimos a don Beltrán

La situación política española es calamitosa desde hace más de una década, como lo ha venido poniendo de manifiesto el continuo descenso del aprecio hacia los dos grandes partidos, un fenómeno que, aunque nunca presagió nada bueno, está llegando a extremos realmente catastróficos. Que se apueste cada vez más sólidamente por una tercera convocatoria de elecciones generales da una idea del monto del desastre, entre otras cosas porque nada asegura que no acaben siendo la excusa para las cuartas.

Lo que pudiera ser el sueño de un tecnócrata, está más cerca que nunca de ser una pesadilla liberal

Nunca ha sido tan ancha la separación entre los españoles corrientes y la política, pero, lo que pudiera ser el sueño de un tecnócrata, está más cerca que nunca de ser una pesadilla liberal, la consumación de un despotismo de nuevo cuño, cuya única ventaja empieza a ser que muchos españoles se den cuenta que es mucho mejor estar sin Gobierno que con un Gobierno malo, como ha venido siendo lo usual. Por si fuera poca desgracia, los partidos que se han aparecido con el mantra de la nueva política se están revelando como un atajo de incompetentes, contradictorios, complacientes, en unos enredadores tan utópicos como irrelevantes y escasamente fiables.

Una agonía sin sentido

Los políticos no cesan de asombrarnos con su capacidad para ocupar a los Tribunales, y eso que los tienen mucho más cogidos por sus partes de lo que convendría, pero esta historia de la corrupción incesante, puede hacer que perdamos de vista que la política debiera consistir en algo más que defender una sospechosa presunción de inocencia con el auxilio de los privilegios procesales. Así entre Barberás y Griñanes nos olvidamos de que los que supuestamente están limpios no parecen saber cómo se hace la “o” con un canuto, no saben cumplir con su obligación de formar un Gobierno que responda a lo que los españoles han dispuesto.

Ahora mismo se empeñan en culpar al otro de las terceras elecciones sin haber hecho ni el menor intento de buscar una solución factible, simulando esperar que los comicios gallegos o vascos les den una clave para resolver el maldito embrollo, lo que es como esperar que nos toque el gordo la semana que viene para ver si conseguimos evitar que el Banco nos monte un ejecutivo en toda regla. Nunca el aprecio del Parlamento por sí mismo había caído tan bajo, pero luego se extrañan de que un buen número de exaltados catalanes se quieran convertir en soberanos, tomar por su cuenta lo que ahora les concedemos a los de Porriño o Zumárraga, que decidan por todos nosotros.

Los diputados pueden olvidarse de sus obligaciones con nosotros porque no tienen otro señor que servir que el que pueda ponerles de nuevo en lista

Dos por el precio de uno

Como en el viejo romancero, “con la grande polvareda perdimos a don Beltrán”, los diputados pueden olvidarse de sus obligaciones con nosotros porque no tienen otro señor que servir que el que pueda ponerles de nuevo en lista. En este punto es especialmente notable el empeño del PP, reducido a ser una especie de partido unipersonal, en sostener que sin Rajoy no hay salida, que la democracia pasa necesariamente por don Mariano. Esto es lo que Rajoy llama “lo básico”, y ya les ha advertido a los silentes diputados que la cosa va para largo, que es un problema de medio plazo, se ve que un año de Gobierno en funciones le parece una fruslería.

En el PSOE, al menos, parece existir una cierta división de opiniones, porque se dice abundan los que esperan que la ocasión sirva para quitarse de en medio a un Secretario General que juega con fuego cada vez que le hacen señas para que obedezca, que amenaza con preguntar a los militantes si ellos quieren darle una prórroga al gallego paseante. Felipe González lo dijo con bastante claridad, y eso que que no pinta nada, “dos por el precio de uno”. De esta forma, al paso que se asienta la idea de apoyar un Gobierno con el PP, pero sin Rajoy, se insinúa la intención de meter a Sánchez en el paquete. No es fácil adivinar lo que dará de sí la propuesta, pero no parece difícil apostar porque supondrá una complicación innecesaria en un plan cuyo fondo es muy razonable, mostrar que las terceras elecciones pueden evitarse si Rajoy acaba de comprender que ha perdido la mayoría absoluta y que hacerse el imprescindible puede ser el camino más directo a su particular Little Bighorn. La resistencia puede ser síntoma de fortaleza, pero también de una nada extraña demencia política.

El PP, mientras tanto, está pendiente de la lucecita de El Pardo, perdón de Moncloa, pero hay quienes empiezan a tener dudas sobre quién se ocupa de esa diminuta luminaria, crece la división al respecto, y la inquietud por estar en buena situación si, finalmente, la cosa no termina como parecía.

Uno de los méritos indiscutibles de Rajoy es haber arracimado unos apoyos mediáticos tan dignos de envidia como de asombro

Semántica contra la corrupción

Dicen los periódicos que la corrupción no ayuda al PP, son unos desagradecidos, con lo que se ha hecho por ellos. Uno de los méritos indiscutibles de Rajoy es haber arracimado unos apoyos mediáticos tan dignos de envidia como de asombro. El día que alguien estudie sin demasiados prejuicios el arsenal de argumentos empleados para vitaminar las opciones de Rajoy habrá un asombro general. Que periódicos supuestamente al servicio de causas de altura hayan caído en extremos de sectarismo tan ridículos no es fácil de explicar sin tener en cuenta los poderosos recursos de la retórica desplegada por los gabinetes que defienden la causa rajoyana.

En virtud de su habilidad semántica, la corrupción se ha convertido en un asunto especulativo. Han llegado a decir, es literal, que el bloqueo, otro de los términos fetiche que es un hallazgo inmortal de estos equipos, también es una forma de corrupción. Dicen que nadie ha hecho más contra la corrupción, y, en efecto, han conseguido diluirla, confundirlo todo al respecto, con la inapreciable ayuda de Ciudadanos convertido en una especie de sexador de pollos corruptos.

Si siguen por esa vía, la corrupción podría convertirse en un mandato constitucional: el artículo 6 de la de Cádiz decía que “El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos”, y se podría dar un paso más generalizando los beneficios del estado social, por ejemplo a la manera andaluza, “los españoles han de ser … justos, benéficos, cultos y corruptos” (lo de “cultos” es para facilitar un poco más que el mono aguante firme la leña que se le aplica), un gran paso para que nadie se vea privado de los beneficios inherentes al aumento sistemático y continuado de la deuda pública…, naturalmente que mientras se reduce el déficit, eso dice Rajoy.

Es la seguridad de todos lo que está en juego contra su empeño de estirar la legitimidad de su mandato

El maquinista de Renfe

Hace unos días un maquinista de Renfe abandonó el tren que conducía alegando mandato legal para no exceder en horas su jornada laboral y preocupación por la seguridad de los viajeros; por extraño e insolidario que parezca, su conducta ha sido racional y valiente, conforme a la ley, es decir inusual. No creo que haya muchos maquinistas de Renfe en el Congreso, pero bastaría que menos de una docena de diputados repasaran sus obligaciones constitucionales para que no tengamos que mezclar las papeletas con el hartazgo y el mazapán. Es cierto que el maquinista Rajoy debiera comprender que se le ha pasado el arroz, que la democracia consiste en derrocar pacíficamente a los Gobiernos y que el suyo ha sido ampliamente descartado conforme a la voluntad expresada por los españoles y la normativa vigente, pero si esa evidencia no le viene a la cabeza, se lo podría recordar cualquier buen compañero de escaño, porque es la seguridad de todos lo que está en juego contra su empeño de estirar la legitimidad de su mandato mucho más de lo que soporta el reglamento.

Lo malo de Rajoy tal vez sean las compañías. En una memorable escena de The Searchers, el capitán y Reverendo Samuel Johnstone Clayton (un extraordinario Ward Bond) trata de consolar a la hermana de Ethan Edwards tras la frustrada ceremonia matrimonial que el reverendo había sido llamado a presidir y le dice: “enhorabuena, ha sido una magnífica celebración, … aunque no haya habido boda”. Tras su fracaso en la investidura, seguro que han sido muchos los que se le han acercado para expresarle al alicaído presidente algo parecido, pero al reverendo capitán ni se le pasó por la cabeza recomendar una segunda intentona, porque siempre que las bodas fracasan es por algo.


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