Sueños ciudadanos

Rajoy se orea

Hace unas décadas, los lentos trenes de viajeros españoles presumían de la ausente velocidad con la que soñaban mediante una advertencia prudencial al viajero: “es peligroso asomarse al exterior”. Rajoy, que seguramente recordará esos avisos, ha decidido, en el último trimestre de una legislatura tan longeva, arriesgarse y asomar la cabeza, sin miedo a que un poste demasiado cercano se la destroce. Un poco tarde, tal vez, pero siempre se agradece esa vuelta a la política, ese abandono aventurero de la “normalidad” en la que Rajoy ha dejado hacer y ha hecho todo lo que ahora quiere presentar peligrosamente como un gran balance. 

El mundo exterior ha sido misericordioso con Rajoy y sus pretensiones: la extrema izquierda ha hecho poco menos que el ridículo en Grecia, y los partidos amigos de Inglaterra y Portugal han ganado las elecciones

¿Buenas nuevas, allende las fronteras?

El mundo exterior ha sido misericordioso con Rajoy y sus pretensiones: la extrema izquierda ha hecho poco menos que el ridículo en Grecia, y los partidos amigos de Inglaterra y Portugal han ganado las elecciones, con suficiencia en Inglaterra, con un ya veremos en la Lusitania. Del frente exterior llegan, pues, unas inciertas esperanzas para la tropa pepera que no anda sobrada de refuerzos estimulantes. Sin necesidad de ser agorero, es fácil ver que las similaridades foráneas con lo que pasa por aquí pueden estar un poco forzadas. En Inglaterra no existen políticos como Rajoy, y Cameron lleva a la intemperie desde el día que se ganó el liderazgo, que no fue precisamente una herencia. El líder inglés se ha jugado el tipo en más de una ocasión, y no pretende escudarse en lo irremediable a la hora de explicar sus políticas, poco que ver por ese lado con lo que Mariano despacha, pero el que no se consuela es porque no quiere. En el caso de Portugal tampoco escasean las diferencias: los lusos aceptaron una intervención y un rescate, cosa que Rajoy presume de haber evitado en nuestro beneficio, y, sobre todo, no existe entre ellos ningún partido nuevo como Ciudadanos, además de que la victoria conservadora ha sido todo menos indescriptible. En fin, que aunque no nos amenace una ola izquierdista por el occidente, tampoco es que las preferencias hispánicas hayan sido tradicionalmente concordes con los ritmos políticos de otras naciones europeas.

La voluntad de cambio

El último error que seguramente cometerá Rajoy es prometer continuidad ante unos electores que han dado muestras más que suficientes de desear el cambio, y no sólo ahora. No creo que ni siquiera Marhuenda sea capaz de apostar por un Rajoy como imagen del cambio, de forma que se comprende la lógica de proponer más de lo mismo, pero los electores parecen poco sensibles a homologar el lastimoso sesteo burocrático rajoyano como una política que ofrezca paz, sosiego y horizontes de grandeza. Esto me parece especialmente obvio después de las elecciones catalanas: los electores que no han votado al PP y sí lo han hecho por la lozana Inés, no lo han hecho por dudar de la españolidad del PP, sino convencidos de que Ciudadanos puede ofrecer algo, mientras que el PP de Rajoy se empeña en decir que lo hacen todo bien. La esperanza no es sólo lo último que se pierde, sino que suele ser lo primero que se valora en unas elecciones, y nadie tiene la culpa de que Rajoy se haya postulado como la imagen de la previsibilidad, algo que puede ser menos tranquilizador que insoportable, especialmente ahora que ya se sabe con precisión lo que eso significa.

Garzón & Iglesias: malas nuevas desde el frente interno

Una vez que no ha colado la absurda idea de convertir a Podemos en el enemigo a batir, una tarea a la que se han consagrado con un entusiasmo impropio los políticos escasamente imaginativos que abundan en la derecha, esos tipos que aspiran a dar en el blanco cuando se lo inmovilicen y se lo pongan a medio metro del cañón de su escopeta, las desavenencias entre Podemos y lo que queda de Izquierda Unida son una pésima noticia para los que sueñan con continuar en los ministerios y seguir gozando de los amenos parajes de la Moncloa.

Dos fuerzas por la izquierda del PSOE pueden darle a Sánchez los diputados necesarios para que Rajoy no sea llamado a consultas en primer lugar. La política hace extraños a nada que uno se descuida, pero lo que pudo parecer que iba a ser un sorpasso al PSOE está a punto de convertirse en un peldaño decisivo en la carrera de Sánchez hacia su destino manifiesto. La legendaria habilidad de la izquierda extrema para alejarse todo lo posible de la victoria electoral está a punto de verse de nuevo confirmada, sólo faltaría que el otro Garzón echase una paladita de confusión al cocktail para que todo quede en lo de siempre, por culpa de tanto traidor mentecato que no deja a los mejores conquistar el paraíso, y les obliga a repensar en la posibilidad de la vía caribeña. El PSOE tiene ya dos vías de crecimiento, puede sentarse a ver cómo pasa el cadáver de su enemigo, al tiempo que espera el capital de votos útiles y desesperados de la izquierda.

Rajoy ha supuesto que le querrían a él porque iba a ser capaz de dar trabajo y dinerito abundante, pero esa es una promesa excesiva casi para cualquiera

Cambios reales, no constitucionales

Es imposible hacer una política digna de tal nombre si no se parte de un análisis mínimamente correcto de lo que quieren los electores. Rajoy ha supuesto que le querrían a él porque iba a ser capaz de dar trabajo y dinerito abundante, pero esa es una promesa excesiva casi para cualquiera, de manera que no creo que se la tomen en serio ni media docena de millones, muy poco más de la mitad de los que le votaron en el lejano 2011. El amplio resto, cuyo voto no es cautivo de nadie, están bastante lejos de considerar a Rajoy como alguien capaz de cambiar nada, y ese amplio grupo de electores está harto de abogados del estado y de técnicos que lo son porque se lo llaman ellos mismos, desean un cambio real del juego político, y por eso pudieron llegar a creer que Iglesias fuese una promesa, aunque ya ven cómo se retrata rodeado de Bescansas, Errejones y otros varios, exactamente igual que Rajoy se adorna con Sorayas, Cospedales, Arenas, y Esperanzas, un puro más de lo mismo que casi ha convertido al Garzón joven en un político prometedor e interesante.

Si alguien promete cambios reales, que los partidos no sean meros clubes de amiguetes o pequeñas mafias del disimulo, que la educación pueda cambiar de una buena vez, que la Administración deje de crecer sin que se sepa para qué, o que la Justicia deje de ser una cosa entre chistosa y siniestra, podrá crecer en el aprecio de unos ciudadanos que están hartos de sentirse traicionados, ajenos al tejemaneje de los que mandan este país alejado del buen sentido, y aturdidos por el centón de problemas y vetos que los políticos pretenden hacer pasar por respeto a los principios. Entre la posibilidad de esa clase de cambios y la jeta de Rajoy, por más que se asome al exterior y envíe a Soraya a bailar en la pantalla amiga, hay tanta distancia que se antoja imposible un triunfo electoral de un partido que, más allá de la lógica de unos intereses compartidos por quienes lo gobiernan y quienes les sirven, hace ya años que ha dejado de existir.


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