OPINIÓN

Psicoanálisis de la corrupción

Estos días hemos podido contemplar algo que nadie hubiese podido ni imaginar hace unos años, ver al PP sembrar dudas sobre la actuación de la Guardia Civil, los fiscales y los jueces para defenderse de unos pretendidos excesos en su contra de las instituciones.

Psicoanálisis de la corrupción.
Psicoanálisis de la corrupción. EFE

Con la impagable ayuda de una Justicia lenta y tan disfuncional como quepa imaginar, el PP ha conseguido convertir el proceso a quienes quiso considerar como meras “manzanas podridas” en una especie de Causa general contra su existencia, un proceso completamente ineficaz desde el punto de vista de la restauración del orden sistemáticamente quebrado, pero que se ha convertido en algo deletéreo para la supervivencia de esa organización. Esa mezcla confusa de ineficacia procesal, informaciones adulteradas y quiméricas protestas de inocencia ha dejado al PP en un estado irrecuperable. Lo que ahora cabe discutir es si el PP acabará por derribarlo todo tras su propia caída, pero ya no resulta imaginable ninguna forma de recuperación política.

El PP contra los poderes del Estado

Estos días hemos podido contemplar algo que nadie hubiese podido ni imaginar hace unos años, ver al PP sembrar dudas sobre la actuación de la Guardia Civil, los fiscales y los jueces para defenderse de unos pretendidos excesos en su contra de las instituciones. Un proceso degenerativo de tal naturaleza implica una explicación de fondo y no se puede despachar con relatos circunstanciales. El PP parece estar dando un paso más en su clásica defensa de los delitos en que ha aparecido implicado.

Desde que empezaron las desdichas de la corrupción, el PP se ha ido parapetando tras una serie de explicaciones que pretendían eludir cualquier responsabilidad por parte de su organización

Desde que empezaron las desdichas de la corrupción, el PP se ha ido parapetando tras una serie de explicaciones que pretendían eludir cualquier responsabilidad por parte de su organización: primero negando los casos, luego atribuyéndolos a personas descarriadas con las que, poco a poco, iban tomando distancias, pese al inolvidable “se fuerte, hacemos lo que podemos” del propio Rajoy, para, finalmente, esperar que el tiempo y el olvido diluyese esa mancha. La lentitud de los procesos podía colaborar con el propósito de desmemoria, pero contribuía también a mantener presente una pestilencia insoportable.

En cuanto a las causas de un escándalo tan persistente, el PP se agarraba a un clavo ardiendo, e insinuaba que una conspiración de periodistas y otros sujetos de mal vivir, gente sospechosa, como jueces políticos y ávidos de notoriedad, eran los responsables de una campaña agotadora contra ellos, pero ineficaz porque los votantes habían vuelto (¿?) a otorgarle la confianza, pese a la pérdida de millones de votos, de la mayoría de sus plazas fuertes, y, finalmente, a la agónica investidura de Rajoy en medio de amenazas apocalípticas contra el universo mundo.

Con la legislación en la mano, que no es particularmente exigente, cabe pensar que el proceso al propio partido está cada vez más próximo

El caso Lezo, está cambiando radicalmente la perspectiva. Como no es fácil ocultar que ha sido el propio aparato del partido quien estaba detrás de un sistema delictivo tan descarado como incesante, el PP ha decidido extender sus acusaciones de persecución indebida nada menos que hacia la Guardia Civil. Se trata de un expediente desesperado, de la precuela de un final nada glorioso, que se producirá de modo todavía incierto, pero que cada vez se antoja más inexorable. Con la legislación en la mano, que no es particularmente exigente, cabe pensar que el proceso al propio partido está cada vez más próximo y que su disolución judicial está entre los futuros probables, si es que se consigue mantener un mínimo de estabilidad institucional que de soporte a la acción judicial.

Síntomas y dolencias 

La corrupción tiene dos caras, por una apunta a una cualidad de la condición humana que, con toda probabilidad, seguirá estando presente en cualquier momento y lugar, la pasión por el dinero y el poder, al precio que fuere; desde otro punto de vista, la existencia de una corrupción tan capilar y, hasta ahora, de tan escaso castigo, es un síntoma de males más hondos. Son dos las características que han sido esenciales para que la corrupción haya tenido el alcance y la hondura que ha adquirido entre nosotros. En primer lugar, la abundancia excesiva de dinero público, ese que según Carmen Calvo “no es de nadie”, que ha permitido bolsas ingentes de millones de euros dirigidas a destinos bastante inespecíficos y con controles muy endebles.

Ni que decir tiene que el control económico ha quedado reducido a dos o tres personas, lo que explica los aspavientos de Cristina Cifuentes cuando se ve acusada de favorecer a un empresario

La segunda condición indispensable es la ausencia de controles internos en los partidos, cosa especialmente grave en el PP cuyos censos están delirantemente inflados (se ha llegado a hablar de 750.000 militantes) y cuyos mecanismos de control de las decisiones internas, de la elección de cargos y de la designación de candidatos se limitan a obedecer a quien todo lo dispone. Ni que decir tiene que el control económico ha quedado reducido a dos o tres personas, lo que explica los aspavientos de Cristina Cifuentes cuando se ve acusada de favorecer a un empresario que daba dinero a una Fundación de la que ha sido patrona, porque seguramente no se enteraba de nada de lo que en ella se cocía, pero es que esa es la responsabilidad de todos los que ha colaborado a que un sistema tan humillantemente opaco se haya convertido en un venero de recaudación privada tan eficiente como el que estamos atisbando.

La financiación del partido

La pretendida financiación del partido ha actuado de maneras muy curiosas. Por una parte, es el objetivo que, un poco quiméricamente, persiguen quienes quieren acabar con el PP, la demostración de que sus éxitos electorales del pasado han sido fruto de un fraude. Pero, al contemplar la corrupción de ese modo, se suele olvidar que, salvo casos patológicos, casi nadie roba de encargo, es decir para que se beneficien otros. Al enjuiciar de este modo el asunto, se desvía la atención al verdadero móvil de toda la tramoya: el enriquecimiento ilícito de algunos contra el interés de todos. En la inmensa mayoría de los casos, quienes han pedido dinero, al margen de los procedimientos legales del caso, para financiar al PP, lo que estaban haciendo era llenarse sus propios bolsillos, en todo o en parte, dejando acaso unas pequeñas fracciones del botín para que se compren banderines y gallardones con los que adornar el mitin del jefecillo que ha permitido la petición y garantizado la subsiguiente compensación al empresario de turno, con cargo al dinero de todos. Las empresas no se ven perjudicadas porque recuperan, a veces con creces, lo puesto en la cesta podrida, y el beneficio de los actores es mutuo: el tomante se forra a costa del partido, mientras el dante seguramente habrá retenido para sí parte del encargo en dinero B que afirma haber dispuesto para objetivos supuestamente tan altruistas.

Una de las mayores paradojas de todo este escandaloso asunto es que en el PP se hayan permitido llamar ladrón a Bárcenas

Los millones que atesoran los Bárcenas de turno no han salido, ni han podido hacerlo, de un repetido limosneo, sino de fuertes achuchones a cambio de aumentos, reformados y distracciones en el gasto público. Por eso, una de las mayores paradojas de todo este escandaloso asunto es que en el PP se hayan permitido llamar ladrón a Bárcenas, sin reparar en que nadie, absolutamente nadie, se hubiese quejado de la sustracción de tan abultado botín. Bárcenas debe ser el único ladrón de la historia que, pese a poseer una bolsa tan oronda, al parecer no ha robado nunca a nadie. Solo un procedimiento tan rutinario y ridículo como el que se usa en nuestros tribunales puede permitir que se escapen detalles tan decisivos a la conciencia pública.

La cura

Siempre habrá sujetos dispuestos a quedarse con lo ajeno, en especial cuando sea, como lo ha sido, tan fácil hacerlo. Lo que tendríamos que procurar es otra cosa: primero una conciencia fiscal más exigente que haga comprender al ciudadano que todo lo que no sea vigilar con lupa de muchos aumentos el gasto público, e impedir su incremento, es abonar el fogón de los que se calientan con nuestros sudores. Segundo, que si un partido no es un sistema exigente de competitividad interna y de controles democráticos, enteramente separado de las instituciones del Estado por barreras sólidas y nítidas, ese partido puede acabar bajo el dominio de una mafia o convirtiéndose en ella. Por supuesto que todo esto es más fácil de decir que de hacer, pero seguir creyendo en la estúpida explicación de las “manzanas podridas”, o admitir la hipótesis de que la Guardia Civil, los jueces, los fiscales, y la prensa decente, cometan los errores que cometan, trabajan a las órdenes de los anti-sistema para desalojar del poder a virtuosos servidores públicos no es candorosa ingenuidad, sino especie extrema de cinismo.


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