Sueños ciudadanos

Proteo, patrón de los corruptos

En la mitología griega, Proteo no ocupa un lugar especialmente destacado, pero, dada su facilidad para cambiar de aspecto, su nombre ha dado lugar a la palabra que usamos para nombrar aquello que es voluble, informe, de muy variada apariencia, poco inclinado a conformarse con formas definidas. Proteo recurría a su capacidad de mutación aparente para evitar ser capturado, de manera que bien podría ser considerado patrón del disimulo, y, con ello, gran modelo de corruptos, gente siempre dispuesta a explicar lo que haga falta con la mayor profusión de detalles inútiles e irrelevantes con el fin de que se nos escape el asunto que realmente importa. 

El caso Errejón

Algunos incautos habrán quedado sorprendidos al saber que Iñigo Errejón, contra toda a apariencia, estaba dedicando cuarenta horas semanales a investigar con impar denuedo un tema tan apasionante y desconocido como el de la vivienda en Andalucía. Como la gente de Podemos goza de manera especialmente intensa de ese privilegio que se le reconoce a la izquierda para que pueda cubrir con el manto de la respetabilidad cualquier cosa que haga, más de uno habrá pensado en la trabajosa y admirable vida del joven científico sometida a un ajetreo insoportable yendo continuamente de Madrid a Málaga, lugar en el que está su puesto de trabajo, pasando por cualquier otra parte, mientras elaboraba unos concienzudos y rigurosos informes sobre su proyecto de investigación, a cambio de apenas 1.850 euros al mes, que se sepa. 

Grietas y cimientos

Para quienes hayan podido sufrir imaginando el sofoco ajeno por tal trabajera, será conveniente aclarar que el caso del joven sabio no es de tan extrema gravedad como pudiera parecer, que seguramente podrían encontrarse situaciones todavía más inverosímiles y sacrificadas en el ingeniosísimo mundo de la investigación subvencionada. En cualquier caso, lo importante del caso Errejón no es su magnitud, sino la insolencia con que se nos ha pretendido explicar como normal algo que no admite la menor defensa, especialmente en quienes han fundado su capital político en una implacable crítica de los vicios y corruptelas de la casta. 

 El método Aguirre con los castings de alcaldes no va a servir de mucho

Cuando en un edificio aparece una grieta, lo sensato no es taparla, sino preguntarse por la estabilidad de los cimientos, por lo que la causa. Ahora, con tal profusión de operaciones, casos y procesos, corremos el peligro de  equivocar por completo el diagnóstico, dejándonos llevar por un morboso interés en casos de relativa poca monta sin caer en la cuenta de que lo que hay que cambiar es el sistema que no sólo los permite sino que los produce, los disimula e, incluso, pretende justificarlos.

Viajeros políticos

Al cuestionarse las razones por las que Monago ha hecho abundantes viajes a Tenerife, se ha destapado una práctica que la mayoría de los ciudadanos ignoraba, a saber, que diputados y senadores pueden viajar cuanto quieran y sin dar cuenta alguna a nadie de sus viajes. Cuando se ha discutido públicamente este sistema, el presidente del Congreso de los Diputados ha dado un ejemplo paradigmático de las técnicas de escamoteo que se suele aplicar a los escándalos. Del modo solemne que le es propio, ha dicho que no se puede fiscalizar la actividad viajera de los diputados y que, si acaso, ya se encargarán de ello los Grupos parlamentarios, esto es los partidos políticos que todo lo saben y todo lo ocultan. Parece que Posada no ha caído todavía en la cuenta de que la fiabilidad que merecen los partidos es lamentablemente escasa, y que poner en manos de quienes controlan a los diputados, para que no representen a los españoles sino a sus jefes, un nuevo instrumento de  tutela que ayude a disciplinar a los improbables levantiscos es ir en la dirección equivocada. 

Lo decisivo, sin embargo, los cimientos, ha vuelto a quedar oculto: el dar por hecho que los ciudadanos no tengan derecho ninguno a saber, y esto sí es importante, porque explica muy bien que los diputados no pongan ningún empeño en ocuparse de cómo unos y otros se gastan nuestros dineros, y en contárnoslo, hábito que hace que nadie se asombre mínimamente de que, por ejemplo, el Gobierno se haya apresurado a indemnizar con cantidades milmillonarias, inmediatamente y sin demora alguna, a Florentino Pérez, por el fiasco que ha supuesto la operación Castor, el fallido intento de construir un almacén de gas submarino frente a las costas de Vinaroz: ¿será por dinero? Un espeso manto de tecnicismos ha servido para ocultar que la igualdad de todos frente a la ley y frente a los poderes del Estado es, en España, un cuento infantil. 

Igualdad y libertad

El problema de fondo de la corrupción consiste en que el Estado y las administraciones públicas se han dotado de una forma de funcionar que les permite un enorme grado de irresponsabilidad, arbitrariedad, opacidad y descontrol. Con ello se podría haber puesto el empeño en favorecer a los más humildes, pero parece claro que no es así, que se favorece sistemáticamente a los más poderosos a quienes pueden ser generosos en su agradecimiento, naturalmente con cargo al dinero que se nos levanta a todos. Con un sistema así, ha sido milagroso que la corrupción no haya obrado males todavía peores, pero es un hecho que ha alcanzado niveles que resultan ya intolerables. Cualquiera que haya leído el formidable libro de Alejandro Nieto, “La organización del desgobierno”, sabrá que ya en 1984 eran enteramente evidentes los disparates administrativos que podían favorecer el cohecho, la malversación, cualquiera de las infinitas formas que adquiere ese Proteo corrupto que nos gobierna. Como es evidente, el desarrollo posterior del llamado Estado autonómico no ha hecho sino poner albarda sobre albarda en este desdichado panorama. 

El problema consiste en que el Estado se ha dotado de una forma de funcionar que permite un enorme grado de irresponsabilidad

El sistema degenera una horrible desigualdad entre los ciudadanos, los favorecidos, los esquilmados, los aparentemente protegidos, pero esa desigualdad, que supone la asfixia de cualquier libertad política,  no ha sido todavía suficientemente advertida por los ciudadanos en la medida en que una excesiva politización, enteramente fuera de lugar, ha ocultado los males estructurales y la galopante corrupción entreteniéndonos con el manejo de divertidos enigmas puramente ideológicos.  El papel que en Cataluña ha ocupado el nacionalismo para ocultar a los catalanes el desastroso estado de sus cuentas públicas y de la administración, lo ha desempeñado la cansina y artificial pugna entre izquierda/derecha en el resto de España. La ideología separatista y ciertas formas de fundamentalismo político han servido admirablemente para que los ciudadanos dejen de preocuparse de sus intereses más inmediatos o crean creer que los malvados y corruptos son los de la otra orilla, una memez que supongo ya estará suficientemente desmentida por los dolorosos hechos que nos afectan. 

El Estado de partidos

Nuestro sistema puede describirse como un Estado de partidos, un régimen en el que el Estado ha sido absolutamente copado por organizaciones que lo administran en beneficio de unos pocos de los suyos con el impagable amparo de muchedumbres de adictos a los que se les ha pretendido privar de la capacidad de ver y denunciar lo sobradamente evidente, a los que se les ha enseñado que su obligación es aplaudir, sin descanso, y ejercitarse en la paciencia hasta poder llegar al nivel del nuevo escalafón en el que empiezan a hacerse evidentes los beneficios. 

La sociedad española empieza a ser consciente de que así no se puede seguir, pero no sabe muy bien cómo atajar un problema que le resulta desconcertante y que no tiene más que dos vías de solución: extremar la exigencia moral de todos en lo que esté a nuestro alcance, y pelear para que se logre la separación entre los partidos y las instituciones, de modo que éstas se puedan independizar de la tutela partidista,  lo que, a su vez, solo se logrará si se pone en marcha una ley que obligue a los partidos a practicar normas elementales de control, transparencia y decencia, lo que se suele conocer como democracia interna, que es, a la vez, un mandato constitucional y una especie de Utopía a la que hay que procurar acercarse. Es claro que nada de esto se logrará sin un alto nivel de sacrificio por parte de quienes actualmente controlan todo el poder. Quienes creen imposible prescindir de ese cáliz amargo para atajar excesos que se lo pueden llevar todo por delante, no abundan, pero crecerán a muy corto plazo, y algo habrán de hacer. Lo que es seguro, es que el método Aguirre con los castings de alcaldes no va a servir de mucho.


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