Sueños ciudadanos

Palabras, gestos, cosas

Josep Plá dejó dicho de la II República que fue un régimen hablado, y no lo hacía en tono elogioso. Ochenta años después, la política española parece refugiarse también en la palabra, pero no se trata de hablar, sino de repetir, de sacar sustancia a ese increíble conjunto de técnicas que poseemos para amplificar, simular y disfrazar cualquier mensaje, para privar a la palabra de cualquier efecto, salvo del intento de halagar al oyente. Nuestros políticos rayan muy alto en las artes del mutis, la simplificación y el eufemismo, no parecen dispuestos a amargarnos la vida diciéndonos una palabra verdadera, a lo sumo se acogen a ese milagro semántico que según Schopenhauer ocurría con las obras de Hegel: que el filósofo se limitaba a poner las palabras para que sus lectores pusieran el sentido.

Gobernantes y gobernados

No es de extrañar, pues, que el clima político se concrete en una densa niebla de sospecha hacia los gobernantes, en un trance de deslegitimación que supera cualquier clase de argumentos formales, y es esta sensación de desistimiento popular respecto al sistema político el que lleva a que abunden los presagios de hundimiento, los signos de inminencia de final de ciclo.

Era previsible, por ejemplo, que tras largas discusiones sobre si se llevaría a efecto o no el referéndum catalán, vendrían pesadas disputas sobre si se ha celebrado o no. Sus promotores aplauden su enorme éxito como algo sin precedentes, mientras que los que creyeron poder prohibirlo juegan a verlo como algo no ya ilegal sino irreal, como un juego sin valor alguno. Apenas puede ponerse un ejemplo mejor de cómo la política española se está reduciendo a un juego de palabras en el que el señor Sánchez, uno de los nuevos actores, apuesta por un talismán que se llama “reforma de la Constitución”, sin decir en qué sentido va a hacerse, a quién va a dar la razón y a quién va a quitársela, como si la política consistiera, simplemente, en encontrar la palabra que encaje en el encasillado del juego de mesa.

El descontento no se cura con palabras sino con acciones. La corrupción ya no sorprende a nadie, salvo a alguno de sus responsables

Pero el descontento es real, y no se cura con palabras sino con acciones, la economía sigue lánguidamente endeble, la corrupción ya no sorprende a nadie, salvo a algunos de sus responsables que se asombran del caso creyendo que eso va a librarles del desprecio social y el descalabro electoral, y el desapego a los actores tradicionales aumenta a cada hora que pasa.

La ley, esa cosa con plumas

Los ciudadanos que ven cómo Hacienda les levanta sin contemplaciones el dinero de sus cuentas, comprueban que, en cambio, hay registros, policiales o judiciales, que no encuentran nada porque previamente ha habido altos avisos para que se proceda a ocultar lo que fuere menester, observan cómo las escasas penas a los políticos pasan a toda prisa, y que los procesos se alargan tanto que hasta las víctimas piden que se licencie al culpable para no morir de aburrimiento por la espera. La ley es una cosa flexible cuando se trata de aplicar a los que mandan, y una cosa insobornablemente rígida cuando se administra a particulares sin relieve, “al indiferente la legislación vigente”, como asevera el dicho popular.  

La ley es una cosa flexible cuando se trata de aplicar a los que mandan, y una cosa insobornablemente rígida cuando se administra a particulares

Ni los fiscales se ponen de acuerdo para saber si el señor Mas ha hecho algo de más o de menos cuando toda España ha visto que se ha tomado al Gobierno y al Tribunal Constitucional como al pito del sereno, y los más optimistas se atreven a adivinar para el caso un proceso tediosamente confuso tras el que se impondrá alguna condecoración al pirata. El Presidente ha explicado todo esto con su labia habitual, se trata de ser prudente y de dejar que las cosas funcionen por sus cauces y a su manera, sin esas prisas que todo lo confunden.

El Rey de píe, los ciudadanos sentados

Una escena reciente puede servir mejor que mil  palabras para explicar el descreimiento y la absoluta falta de respeto hacia los que nos gobiernan: los reyes fueron a dar el pésame a los familiares de las víctimas de Cieza, y cuando se acercaron a saludar a los afectados ni uno solo se puso de píe, algo que parece obligado con cualquier persona que se acerque a darnos la mano cuando estamos sentados. Tal desaire muestra hasta qué punto ha llegado el olvido de las más elementales reglas de la urbanidad, de qué manera la chabacanería y la mala educación se han hecho los dueños del espacio público, pero también cómo las autoridades son vistas como un atrezzo inútil y costoso. Llama la atención, en todo caso, la inutilidad de los ayudantes y encargados de protocolo de los reyes que no han sabido hacer una mínima indicación a los familiares para evitar una imagen tan desmoralizadora.

La chabacanería y la mala educación se han hecho los dueños del espacio público, y las autoridades son vistas como un atrezzo inútil

La figura del Rey en esa escena puede verse como una metáfora de lo que le puede ocurrir a cualquiera que se proponga simplemente cumplir con sus obligaciones: que se encontrará con una atmósfera de desdén, indiferencia y pereza capaz de desanimar al más pintado. Entre gobernantes y gobernados no hay la menor sintonía, ni un adarme de colaboración y complicidad, porque son inmensidad los españoles que han llegado a creerse que todo les es debido, especialmente ahora que Podemos promete dárselo, sin que ellos deban hacer nada, sin que los ciudadanos tengan ni obligaciones ni responsabilidades, entre otras cosas porque ya se encarga la administración de cobrar lo que se le debe con una diligencia que desprecia cualquier cautela, de forma que el español se siente el rey del mambo salvo cuando le cae la mala fortuna de que se fijen en él para financiar algún capricho extraordinario.

Esta convicción de que el Estado nos lo debe todo alcanza en Cataluña cotas casi escandalosas, pero no sólo en esas latitudes, porque, de lo contrario, sería imposible comprender que una enferma que se ha librado de un virus potencialmente mortal en medio de gastos absolutamente extraordinarios, y en una atmósfera de pavor, le pida ahora a la administración sanitaria, unos cientos de miles de euros, porque, según estiman ella y sus abogados, su imagen ha sido vulnerada.

Mi reino por un caballo

Ante las situaciones graves y/o desesperadas no bastan las frases, aunque sirvan de consuelo a los cronistas. Hace falta determinación, y eso significa hacer política, lo que tienen que hacer los partidos, los que en ellos militan y sepan hacer algo distinto a decir que sí a los frecuentes disparates con los que sus dirigentes tratan de salir al paso, lo que exige recordar que la política es algo muy distinto a la mera administración. Tal vez uno de los síntomas más preocupantes de la situación actual es que abunden los partidarios de ponerlo todo en manos de una especie de “abeja reina” de la administración que, tacita a tacita, se ha ido haciendo con los resortes que aparentan mover este reino de Kakania, no saben hasta qué punto se equivocan. 


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