Sueños ciudadanos

Oscuro y tormentoso

Francisco García Pavón, un extraordinario narrador ahora bastante olvidado, puso en circulación aquello de que “oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza”, una frase sacada de aquellos viejos manuales escolares que presentaban la historia como el cumplimiento de alguna fatalidad. Esa condición de lo fatal es la que asalta al ciudadano ante las crisis que no parecen encontrar remedio, y ahora nos encontramos en una de esas, ante lo ineluctable. Todo parece salir mal, no hay escapatoria: se escapan los virus, se tuerce la debilísima esperanza económica en la Eurozona, el edificio amenaza ruina, y los que gobiernan hablan como si estuviésemos ante un trámite ligeramente enojoso, pero poco más. Es urgente que alguien  nos recuerde que esa forma de ver las cosas es una ilusión perversa, un equívoco, pero para eso hacen falta políticas y políticos, y escasea el género, estando, como están, la mayoría de los que lo cultivan tratando de salvar sus muebles.

A la democracia le ha abandonado su desodorante

El clima de concordia con el que fue posible una ya lejana transición parece haberse desvanecido por completo. Por todas partes florece el particularismo, el enfrentamiento, la ruina de cualquier especie de ilusión colectiva. Son muchas las causas de ese estado de opinión, pero tal vez la más hiriente sea el que la democracia española no haya sido capaz de despejar la sensación de que el sistema político se ha convertido en un espacio privilegiado para que, en una variada serie de escenarios, unos pocos abusen inmisericordemente de los demás, para que todo el que pueda hacerlo busque su exclusivo beneficio en una atmósfera cerrada y espesamente oscura. Pese al cuidado que se pone en mil campañas de imagen, un día tras otro trascienden las noticias de las tropelías de todos los colores, y muchos de los héroes del pasado, como el padre de la patria catalana, van pasando poco a poco por la trituradora, enseñando su perfil más egoísta, embustero y corrupto.

A base de proteger el honor de los políticos y la presunción de inocencia general hemos creado la sensación de que todo ha sido un engaño, de que no hay un solo caso de decencia, e incluso las televisiones tienen que dar cuenta de que desde los sindicalistas más ferozmente reivindicativos hasta el personal más exquisito de la Zarzuela, aquí no se salva ni Dios. Este escenario así abocetado exhibe dos características extremadamente peligrosas: la primera, que las infinitas minucias oculten  el fondo del asunto, y la necesaria reflexión sobre sus causas; la segunda, que tratemos de buscar los remedios precisamente en el lugar en que es imposible que existan. La democracia, con todos sus defectos,  puede oler mal, pero cultivarla es infinitamente preferible a cualquier otra alternativa, que sería siempre más hedionda.

Crisis sanitaria, modelo de crisis

Los lamentabilísimos episodios a que estamos asistiendo con el espectacular fracaso en el irresponsable intento de salvar la vida a dos misioneros españoles contagiados por el ébola deberían servir para pensar a fondo en algunas cuestiones decisivas, pero el clima es tal que hemos de soportar un disparate histérico transmitido en directo, es decir, deformado y mostrenco, profundamente desmoralizador. Es terrible, que, como ha pasado también en el caso del accidente del Alvia,  (“Se ríen de nosotros”, dicen las víctimas del accidente de Angrois, al ver un único imputado), lo que se les ocurre a los responsables políticos es echarle la culpa de todo a una de las víctimas, a la enfermera contagiada, como al maquinista del tren. Sin duda alguna, ambos pueden tener responsabilidades, pero apenas son figurantes en unas tramas mucho más complejas de las que nadie quiere hablar, unos porque no se atreven, y otros porque saben muy bien lo que se podría poner en juego.

Vayamos al caso sanitario. El tinglado autonómico, en el que los ciudadanos somos paganinis más que invitados, se llevó por delante el sistema sanitario existente y, en concreto, trajo consigo el desmantelamiento de una incipiente red nacional de centros de referencia, de hospitales especializados en los casos más graves y más raros, en aquellas enfermedades lo suficientemente infrecuentes y mal conocidas como para concentrar su estudio y atención en un centro muy especializado, de cuyo trabajo todos pudieran aprender. El Gobierno, que no suele saber lo que realmente tiene, pero siempre malicia lo que quiere, vio en la crisis del Ébola una oportunidad para presumir de capacidad y eficiencia, de ese sistema sanitario sobre el que se repite, a hora y a deshora y sin la menor apoyatura de datos, que es uno de los mejores del mundo, y ya se ha visto que el caos ha sido notable, por decirlo de manera suave. Como todo se ha politizado, cabe presumir que ningún técnico se ha atrevido a decirle a los que mandan: “no tenemos ni los medios ni la preparación para afrontar con garantías de éxito una situación como esta, o sea que no traigan a los misioneros, llévenlos a Atlanta o a algún centro médico con experiencia para tratar este tipo de casos”, aunque también puede que Mato, o alguien de su nivel, haya amenazado con destituir y arrojar a las tinieblas a quien tratase de birlarle un lucimiento tan obvio. Ahora, las cañas se han vuelto lanzas y nadie sabe dónde puede acabar este esperpento, pero, eso sí, los medios nos han mantenido perfectamente informados de la movilización popular para salvar al perro Excalibur, “porque es un ser vivo”. Con una opinión pública tan atenta y tan sólida, parece mentira que las minorías puedan cometer esta clase de errores.

Futuro es plural

En algún lugar de suEn torno a Galileo, dice Ortega que el futuro es siempre plural, pero en la épocas de ceguera pesimista se pierde de vista el horizonte de posibilidades y todo parece conducir a lo peor, que siempre es uno. Aquí parece que todo apunta a la caza de ricos, cuando, como Savater ha recordado, parece más atractivo dedicarse a erradicar los pobres. Para desgracia común, parece que el público se inclina a acoger la interpretación más bobalicona de lo que nos pasa, a entregarse a un populismo barato que se presentaría como el definitivo enterramiento de las castas encumbrando a la más torpe de las posibles. Como ha escrito lapidariamente José Luis Pardo, en un artículo reciente en El País, podría suceder que la quimera de la soberanía nos llevare a la soberanía de las quimeras.

Hay que sobreponerse a los malos olores, buscar las causas, y afanarse en la tarea de lograr que el futuro pueda volver a ser el lugar de la esperanza, pero eso exigirá cambios y no serán sin dolor, aunque la luz, y el debate certero y sereno,  siempre merecerán la pena.


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