OPINIÓN

Nación y Constitución

Convencidos, por absurdo que fuere el error, de que España era un invento franquista, compraron la mercancía democrática que vendían, como bálsamo de Fierabrás, los nacionalistas catalanes y vascos, la identificación entre democracia y dilución de la españolidad.

Nación y Constitución.
Nación y Constitución. EFE

Los creyentes más avispados suelen recordar aquello de que una de las más grandes invenciones del diablo consiste en hacernos creer que no existe. Pues bien, hay un paralelo político de este argumento, y caemos en él cuando reparamos en que el Estado, el nuestro y casi cualquier otro, suele hacernos creer que él es el único que existe, que nosotros, las gentes, no contamos, y que la Nación es un invento del Estado, discutido y discutible, como diría aquel. Muchos han caído en esta trampa de apariencia sutil cuando han creído estar obligados a venerar la Constitución, la ley de leyes del Estado, como si fuera la expresión última de nuestra mismidad, como si fuera la madre de la Nación, su inventora, o, al menos, quien ha logrado liberarla de un pasado miserable. Esa idea encontró un refugio alemán en la idea del patriotismo constitucional, como si los españoles no tuviésemos otro expediente para poder sentirnos dignamente como tales que el de refugiarnos bajo el manto del sistema del 78. Se piense lo que se piense del asunto, ese acogimiento confusamente habermasiano era una triquiñuela que servía para disimular una trampa de buen tamaño.

Reformar la Nación, reformar la Constitución

Gran parte de la izquierda, pero no solo ella, como suele pasar, cayó con facilidad en esa martingala. Convencidos, por absurdo que fuere el error, de que España era un invento franquista, compraron la mercancía democrática que vendían, como bálsamo de Fierabrás, los nacionalistas catalanes y vascos, la identificación entre democracia y dilución de la españolidad. España dejó de ser una nación, a efectos prácticos, para poder empezar a ser un tinglado de poderes territoriales levemente presididos por una unidad poco más que simbólica.

España dejó de ser una nación, a efectos prácticos, para poder empezar a ser un tinglado de poderes territoriales levemente presididos por una unidad poco más que simbólica

Por fortuna quedó un hilillo de sensatez que se coló en el artículo 2º de la Constitución reconociendo que la única soberanía de la Nación española era el fundamento, pero los separatistas con apariencia de hombre de Estado apostaron a que esa retórica acabaría siendo poco freno a sus planes, a su intención de trocear implacablemente la unidad nacional en su exclusivo provecho. Creo sinceramente que algunos de los padres del texto constitucional nunca pensaron en que fuese posible tamaña deslealtad, pero se equivocaban, y la prueba de ese error es la pesadilla que nos acompaña desde hace meses, que nos hemos visto obligados a poner en la balanza la unidad de la patria común y el capricho grotesco de un payaso con pretensiones.

La Nación no se toca, y se debe proteger

Hace falta ser muy tonto para no percibir tras la vibrante y espontánea  movilización de los ciudadanos en defensa del orden constitucional una rotunda negativa a confundir la unidad nacional, y, con ella, el patriotismo y la solidaridad, con la satisfacción de los planes de ruptura de unos separatistas envalentonados por la tibieza del Gobierno, y apoyados en una concepción supremacista de su supuesta diferencia, esa clase imaginariamente superior de personajillos capaces de quejarse de que la comida en las cárceles españolas “produce flatulencia”.

Hay un clamor popular que sí quiere reformar la Constitución, pero para aclarar de una buena vez lo que quedó entre brumas en el texto del 78, y para hacerlo a la vista de todo

La moraleja del levantamiento popular es tan obvia que resulta especialmente doloroso constatar que una mayoría de políticos trata de seguir en plan BAU, business as usual, a lo suyo (como Rajoy que dice volverá a presentarse porque “no ha hecho nada malo”), sin darse cuenta de que hay un clamor popular que sí quiere reformar la Constitución, pero para aclarar de una buena vez lo que quedó entre brumas en el texto del 78, y para hacerlo a la vista de todos, sin temor alguno a definir con claridad lo que puede parecer pura retórica en el texto de hace cuatro décadas: que el principio de autonomía está subordinado al interés nacional, y que eso no es lo que ha venido sucediendo hasta la fecha, como lo prueba el que tengamos 17 entes que reprochan a todos los demás, en distintos tonos, pero con idéntica melodía, supuestos abusos y agravios de todo tipo, cosa que evidentemente constituye un disparate lógico, y debería suponer un certificado inmediato de incapacidad política.  

La magia y el truco

El que la democracia nos haya llegado “de la ley a la ley”, ha supuesto ciertas ventajas no menores, pero ha tenido costos evidentes. La democracia se buscó como un sistema de legitimación del poder, y los que se han sentido legitimados han procurado que no se pase de ahí, que el poder esté tan ausente de control como sea posible, una situación ideal que se ha consagrado de manera dramática en el carácter absolutamente impermeable a cualquier injerencia “exterior” de los partidos, en su refugio en su particular  bunker democrático, en esa mezcla de caudillismo y de reparto mafioso de la tarta territorial que tantos nos venden como vida política.

El principio de autonomía que consagra la Constitución se ha traducido, en la práctica, en la cláusula de garantía de que la clase política puede hacer y deshacer a su gusto

El principio de autonomía que consagra la Constitución se ha traducido, en la práctica, en la cláusula de garantía de que la clase política puede hacer y deshacer a su gusto, porque, en realidad, dominando los grandes resortes del poder, las televisiones y los medios genuflexos, no tiene nada que temer del mundo exterior, seguros de que los ciudadanos, convenientemente confundidos con doctrinas pasmosas, como la que supone que son los políticos los que dan las ayudas, la educación, la sanidad y los trenes AVE, jamás pondrán en duda la legitimidad de esa democracia que convierte a los partidos en dueños absolutos de la situación. Por eso, buena parte de la clase política, y del periodismo que la jalea, llegan a creer que todo consiste en echarle habilidad, y comunicación, al asunto, y se entregan en manos de los Icetas, bailarines de salón que prometen soluciones transversales, partos sin dolor, y Reyes Magos todos los domingos.

Una Nación de ciudadanos que se tiene que poner en píe

La Constitución es la ley de leyes, y hay que respetarla, desde luego: pero la hemos hecho nosotros, es nuestra creación, y podemos cambiarla cuando el buen sentido lo aconseje, cuando la experiencia demuestre que hay cosas que iban a ir de una manera, y han ido de otra, cuando se vea que sirve para promover lo contrario de lo que la funda, cuando se comprende que los políticos la usan de parapeto de su cobardía y su inacción, que no sirve para avanzar sino para impedir que lo hagamos.

La primera condición para reformar lo que está mal es aclarar lo que está confuso y definir lo que ha quedado en el aire

Es claro que lo que ha pasado con ella no es consecuencia directa de sus textos, sino de las lecturas aviesas que con ellos se ha hecho, y la primera condición para reformar lo que está mal es aclarar lo que está confuso y definir lo que ha quedado en el aire. Habrá quien nos proponga mucho más de lo mismo, porque, con ese proceder, el poder de los políticos no ha hecho otra cosa que crecer, está en lo más alto, pero los ciudadanos no estamos aquí para que los políticos manden mucho, trinquen cuanto puedan y coloquen a sus amistades en puestos mollares, sino para forzarles a que administren de la mejor manera nuestros impuestos y a que sean capaces de tomar las medidas que engrandezcan la Patria e impedir las que la destruyen. Es más de lo que suelen darnos, pero si se lo seguimos consintiendo seremos los únicos responsables de cuanto suceda y no será nada de lo que podamos sentirnos orgullosos. Lo que acaba de pasar demuestra que, pese a todo, aún estamos a tiempo, pero no hay que arriar las banderas.


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