Sueños ciudadanos

Ley y libertad no son cosas contrarias

En un país de tradición católica abundan los que creen sinceramente que cualquier conflicto puede resolverse mediante el diálogo, de forma que se tiende a considerar que los fracasos políticos son meramente unos malentendidos, puesto que para todo existe una solución, digamos, natural, que es la mejor de las posibles. Esa convicción, junto con la tendencia a creer en los milagros, explica muchos de nuestros problemas, y tiende a desdibujar lo que debiera ser una nítida línea de demarcación entre quienes aceptan la política como fórmula de atenuar y, con mucha suerte, de resolver los diversos conflictos que configuran la convivencia colectiva; con este caldo de cultivo, los que no entienden otro lenguaje que el de la fuerza, pueden esperar toda clase de facilidades para imponer sus intereses y opiniones sin costes excesivos. Ese tipo de poder, sin respeto alguno a la ley ni a la mínima decencia política, es una plaga española, y lo de Cataluña es sólo el ejemplo más completo y surrealista de que aquí siempre se supone que el que tiene el poder lo tiene de manera ilimitada.

En su loca carrera para homologarse electoralmente con la, hasta hace muy poco, vituperable casta política, Pablo Iglesias está batiendo todos los records del oportunismo más chabacano

Iglesias, ficha galácticos, como Florentino, o como Rajoy, si pudiera

En su loca carrera para homologarse electoralmente con la, hasta hace muy poco, vituperable casta política, Pablo Iglesias está batiendo todos los records del oportunismo más chabacano. Es posible que esa táctica tenga para él, que siempre se ha confesado leninista, una justificación estratégica superior, pero en la práctica funciona como un caso más del todo vale que se ha impuesto, casi de manera general, en la política española. Como si fuera un Rajoy con coleta, ha fichado  a un alto jefe militar… y a las bases, el asamblearismo y la nueva democracia deliberativa y participativa que le vayan dando, que para eso manda quien manda. Que un teniente general deje de serlo y pase a engrosar las filas de un partido como Podemos, al margen de que, por supuesto, pueda hacer lo que le dé la gana, faltaría más, indica dos realidades muy claras: que el partido en el que se integra ha batido récords de cinismo político en un período inusitadamente breve, y que la conciencia política del general pertenece al orden del cacao mental más absoluto.  

Habló el militar demócrata

El general alado que se suma al ilusionante proyecto podemita, no se ha resistido a hacernos partícipes de sus altas visiones estratégicas, de su poderoso olfato político, y ha declarado nada más llegar que lo de Cataluña no se soluciona con leyes sino con política, a ver si nos enteramos: ¡qué profundo es el abismo de la sabiduría, y qué limitados son los entendimientos comunes! Ahora lo entiendo, la política es una cosa como mágica, en plan Podemos, y lo de la ley es una cosa de burócratas, un puto papel, en suma, que no puede invocarse para reprimir el deseo de quien sea suficientemente poderoso para imponerse. Me recuerda a lo que dijo una subordinada del general obligada a defender una de nuestras fronteras cuando afirmó que le daba cosa emplear las armas, y que por eso se había dejado atropellar, profunda doctrina político militar que el general pensará, seguramente, que no convendría echar en saco roto: si quieres la paz, ríndete, que es más rápido y menos doloroso

En democracia no hay peor mal que el incumplimiento de la ley, lo haga quien lo haga, por más que se disfrace de política

La extraña doctrina del abanderado

A ver si el barbado militar se sigue explicando y llegamos al fondo del asunto de manera pronta, de forma que podamos deshacer los profundos prejuicios que embargan a los que pensamos que hacer política al margen del respeto al derecho, a las normas y a la Constitución es pura y simplemente golpismo. Mire usted señor general, nadie puede negar a los catalanes, vale decir a una considerable parte de ellos, no, desde luego, a todos, los deseos que deseen desear, porque son libres de querer lo que quieran, por cierto, como los mismos murcianos o los de Villacampa, que también son muy suyos, pero lo que es una sandez impropia de alguien con el bachillerato elemental aprobado, es creer que se pueda fundar una comunidad política sobre bases distintas a las del respeto general a las leyes y los procedimientos legítimamente establecidos en democracia. Respetando eso, cabe todo, y si la independencia no cabe, los que la deseen habrán de reformar las leyes para que quepa, y ya veremos lo que pasa entonces, pero lo que no puede ocurrir es que los políticos toleren que alguien se las salte con la boba excusa de evitar males peores. En democracia no hay peor mal que el incumplimiento de la ley, lo haga quien lo haga, por más que se disfrace de política, o se parapete detrás de cualquier pretensión metafísica capaz de liberarle de la condición común.

Rajoy haciendo de Rey bis

Para que nadie pueda decir que Rajoy no cambia, el presidente ha dejado de decir vaguedades y truismos en relación con la ley y el separatismo de los órganos de gobierno catalanes, sin hacer nada que pueda considerarse relevante, siempre a la espera, y ha pasado a recibir visitas y establecer consultas, a hacer un poquito de borboneo civilizado y con aplauso fervoroso de los incondicionales. Ha consultado, incluso, con Cristina Cifuentes, que ya es consultar. Vamos bien, no hay duda, primero obviedades, luego consensos, y a seguir siempre a la espera, cargando a otro con las responsabilidades, no vaya a ser que nos desgastemos en este último tramo triunfal de una legislatura ejemplar, con lucha contra la corrupción, creación de una oficina vacía de control y transparencia, y tras una heroica oposición a un rescate casi inevitable.

Los secesionistas catalanes no pretenden alcanzar lo que se proponen retorciendo las posibilidades del sistema sino, simplemente, pasando por encima de él

Pasión de leguleyos

Un gobierno de letrados, y, a lo que se ve, con algún que otro general tan disperso como confuso, ha incurrido persistentemente en la ignorancia de un hecho elemental, a saber, que los secesionistas catalanes no pretenden alcanzar lo que se proponen retorciendo las posibilidades del sistema sino, simplemente, pasando por encima de él, por la vía de los hechos, no de los acuerdos ni de las disposiciones legales, y están convencidos de que, enfrente no tienen sino a unos estúpidos molinos de viento que siguen agitando sus aspas en la boba creencia de que producirán un incontenible pavor en las huestes contrarias, que, de momento, no dan muestras de miedo sino de cachondeo. Hay personas que tienen una capacidad legendaria para continuar haciendo el ridículo, que parecen esperar alguna especie de  milagro, como, por ejemplo, que Mas pida jurar de nuevo la bandera o que los de la CUP decidan acudir presurosos en ayuda de la abogacía del Estado, pero no se dará el caso. Claro es que tampoco temo que el Estado esté tan ayuno de energías como para consentir una tomadura de pelo tan notoria como una independencia por las bravas y sin costes, aunque, de momento, Rajoy parece jugar no a ser el defensor de España y de la democracia, sino una especie de Tamariz político capaz de conseguir que todo se disuelva en el aire: es seguro que también en eso se equivoca y se acabará por ver en la molestísima situación de tener que hacer algo bastante más desagradable que recibir a colegas varios y a ciertos figurones tan inútiles como encantados de haberse conocido.


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