Sueños ciudadanos

Gobernantes y gobernados

La literatura sobre la crisis política no ha dejado de crecer desde hace ya más de un año, y es muy llamativo que muchas de las expresiones más características que consagran el panorama, el sistema, la casta, sean ya bastante añejas, y hayan sido introducidas en el léxico colectivo, aunque inicialmente sin demasiado éxito, por personajes un poco estrafalarios y, ahora mismo, bastante fuera de juego.  Tal vez ocurra que nos hemos acostumbrado tanto a los lenguajes de la crisis, trivializando, incluso, la idea de “revolución”, que ya la usan hasta los cocineros, de forma que quepa sospechar que, en muchas ocasiones, cuando se habla de este tipo de cosas todo lo que se hace es expresar un malestar muy de fondo pero que está lejos de haber encontrado cauce operativo. En particular, constituye una gruesa ingenuidad extrapolar lo que puedan decir las encuestas sin tener en cuenta el poderoso filtro al que se verá sometida la opinión cuando se exprese a través de nuestro complejo sistema electoral. Eppur si muove!

Buena parte de la opinión pública se alinea hoy en un frente en el que se contraponen de manera sistemática las posiciones y los intereses de los gobernantes y los gobernados. Cuando se piensa que un partido nominalmente de derechas ha sometido a los ciudadanos a un brutal aumento impositivo sin apenas retocar el esquema del gasto público, buena parte del cual es claramente tan improductivo como injustificable, se cae en la cuenta de la justeza de esa contraposición, pero no se puede evitar la melancolía que produce inevitablemente la sensación de que nadie, absolutamente nadie, le quiere poner el cascabel al gato. Produce pasmo el pensar que haya personas que puedan llegar a creer que la solución de nuestros problemas venga de la mano de un aumento, hasta en un 50%, del peso del empleo público, en llegar a tener cinco millones de funcionarios, como proponen, sin demasiado disimulo, los neocomunistas. 

El PP de Rajoy, en particular, parece apostar por una solución que descansará en el cansancio y en el miedo, en que sus electores se cansarán de criticarlos ante el miedo a que pueda venir algo peor

La frustración de los demandantes

Estamos ante una situación en que muchos demandan y nadie ofrece  lo que se pide, sino mercancías averiadas. El gobierno promesas y más promesas de hacer lo que no hace, transparencia, desburocratización,  promoción de la investigación, reforma de la Justicia, mientras que los que desafían desde fuera del Congreso se limitan a asegurar que tienen el bálsamo de Fierabrás porque no son la casta, aunque se dediquen a gastar el dinero público en hacer como que investigan auténticas sandeces, sean tan virtuosos como el que más en apañar facturas o aseguren que ellos nunca han dicho ni pensado lo que les hemos oído repetir en mil ocasiones.

El PP de Rajoy, en particular, parece apostar por una solución que descansará en el cansancio y en el miedo, en que sus electores se cansarán de criticarlos ante el miedo a que pueda venir algo peor con lo que, finalmente, y tras un chute de realismo sucio, volverán mansamente a depositar la papeleta donde siempre. El PSOE de Sánchez, un personaje que da la sensación de no saber nada, aunque hay que reconocerle agilidad para rectificar cuando se le advierte de sus meteduras de pata, parece confiar en que funcione adecuadamente el mecanismo de la alternancia de los mayoritarios, y el bombo le adjudique el premio gordo. Para Sánchez, el cambio parece consistir en decir siempre lo mismo, eso sí, con una sonrisa amplia y confiada, como si los electores propios pudieran excusarle su vacuidad y los que tendría que pedir prestados fueran incapaces de sospechar lo mucho que se parece al Zapatero de infeliz memoria.

El resumen es que no parece que, hoy por hoy, haya nada que esperar de ese frente mixto de populares y socialistas que ha sido mayoritariamente dominante durante las última décadas. A su favor tienen el miedo al experimento de tantos electores y la cocina que ejecuta automáticamente el sistema electoral, diseñado, como nadie debiera olvidar para facilitar la gobernabilidad favoreciendo de manera bastante rotunda a los dos primeros partidos.

Las ausencias por el centro

La historia del presente régimen constitucional muestra muy claramente que cabe la existencia de un centro político con un cierto nivel de representación. Cuando la derecha y el centro derecha dejaron de estar representadas por AP/UCD, cosa que nunca ha pasado en la izquierda que siempre ha sido bipolar, y no parece que vaya a dejar de serlo, se abrió, poco a poco, un hueco que fue ocupado por el CDS llegando a alcanzar los casi dos millones de votos y diecinueve diputados en 1986. Uno de los resultados más desagradables y desconcertantes de las pasadas elecciones europeas fue, precisamente, el escaso apoyo que consiguieron alcanzar las opciones que se situaban en el centro, y lo peor del caso es que parece que esa tendencia no se desmiente en las sucesivas encuestas postelectorales

No deja de ser paradójico que el hundimiento brutal del PSOE en 2011, del que no parece recuperarse, y el dramático desenganche de Rajoy de las esperanzas y demandas de sus electores, no se traduzcan en un incremento del voto al centro, que sí aparece, sin embargo, reflejado en los indicadores de tendencia política de las encuestas no electorales. Llama también la atención, como ha subrayado ayer Jorge Galindo en Vozpopuli, que más de un tercio de esos ciudadanos que se identifican como electores de centro podrían llegar a votar a Podemos, lo que nos obliga a preguntarnos por las razones de esa extraña situación. 

Nadie se atrevería a negar que los partidos estén para servir a los electores, pero la evidencia muestra que eso es sólo lo que se dice, mientras se hace muy otra cosa, más o menos lo que se suele llamar barrer para dentro

Los partidos ante el mundo y ante sí mismos

Nadie se atrevería a negar que los partidos estén para servir a los electores, pero la evidencia muestra que eso es sólo lo que se dice, mientras se hace muy otra cosa, más o menos lo que se suele llamar barrer para dentro. Tal es lo que parece pasar con los dos partidos que más claramente pretenden situarse en el centro, con UPyD y con Ciudadanos. Para un español común, preocupado por los problemas graves que soportamos, por el paro, la corrupción, la amenaza de desmembración, es rigurosamente incomprensible que esos partidos no se apresten a unir sus fuerzas, especialmente cuando entre ellos hay una complementariedad territorial absolutamente precisa. Los ciudadanos demandan políticas claras y eso resulta incompatible con que alguien pueda llegar a entender las profundas diferencias que, al decir de algunos, que no todos, de sus dirigentes, separan a ambas fuerzas, pura “tología”, que diría Sancho, para el paladar común. Es claro que si no resuelven esa grave disfunción, los electores no los tendrán en cuenta, aunque, eso sí, podrán hacer una contabilidad muy rigurosa de sus respectivos incondicionales, dejando aparte el hecho evidente de que el sistema electoral pondrá acíbar y abundante recorte sobre sus ya menguados botines.  En ese punto su responsabilidad no es distinta a la de los grandes partidos, es simplemente de menor intensidad, pero tiene las mismas raíces, el olvido de que los partidos están para servir a los españoles y no los españoles para servir a Rajoy, a Sánchez, a Díaz, a Ribera o a Iglesias.

La gran alternativa

Se puede suponer que el PP saldrá malherido del 2015 o, más simplemente, que salga destrozado, como creen muchos de sus dirigentes, presos del raro inmovilismo que se apodera de este tipo de personas, pero no cabe suponer, salvo muy extraordinario milagro, que salga indemne. Si el hundimiento llega a producirse, es evidente que el espacio electoral del centro derecha deberá refundarse, y eso llevará años. La  variable fundamental para calcular la magnitud y duración de esa catástrofe casi inevitable será precisamente el grado de consolidación que haya alcanzado el centro político, pero no es fácil adivinar todavía cómo sucederá todo,… si es que llega a acontecer. 


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