Sueños ciudadanos

Corrupción no, lo siguiente

La democracia de 1978 no pasa por sus mejores momentos, y todo parece en riesgo. Los ciudadanos se mueven sin parar entre el miedo y la esperanza, sólo que los motivos del miedo, aunque puedan ser infundados, parecen claros, mientras que la esperanza se apoya en presunciones todavía muy borrosas.

Hay una especie de acuerdo en que, finalmente, la corrupción podría empezar a tener efectos electorales, y esa sospecha alimenta al mismo tiempo al miedo y a la esperanza, de forma que podríamos encontrarnos con que una misma motivación tuviese efectos muy contrapuestos. Creo que hay que pensar un poco más a fondo en las causas de esta repentina sospecha, en los motivos del desprestigio de la política, digamos, tradicional, de la puesta en cuestión de la moralidad y la eficacia del sistema de partidos que podría traer consigo diversas especies de desastre, la deslegitimación de la democracia misma.

Lo que los españoles están empezando a comprobar con espanto es que las instituciones no parecen capaces de corregir la deriva hacia el interés partidista, y, finalmente, muy personal, de la mayoría de las iniciativas y actuaciones políticas

La jibarización de la política

El que unos cientos, o millares, de políticos  tengan la mano distraída va a ser difícil de evitar en cualquier circunstancia. No es eso lo que trae consigo el desprecio y el consiguiente desentendimiento de la política. La raíz del mal está un poco más honda. Lo que los españoles están empezando a comprobar con espanto es que las instituciones no parecen capaces de corregir la deriva hacia el interés partidista, y, finalmente, muy personal, de la mayoría de las iniciativas y actuaciones políticas. Los políticos huyen de los problemas de verdad, no se atreven a tocarlos porque temen quemarse, y se refugian en aquellas áreas de gestión que pueden reportarles beneficios electorales, alimentando así una espiral populista de  programas y promesas absolutamente insensata. Como antesdeayer hacía notar Nicolás Redondo en un espléndido artículo, “Hace tiempo que el Partido Socialista necesitaba adaptar su política a una realidad que se ha trasformado radicalmente y, en vez de acometer esa imperiosa necesidad, se han conformado con elaborar una amplia panoplia de medidas, algunas sensatas, otras meras ocurrencias, que les han evitado la obligación de una ubicación ideológica comprensible para quienes quieren representar. Han querido ser el 15-M sin bajarse del coche oficial, republicanos y monárquicos a la vez, autonomistas y federalistas... Y ya se sabe desde siempre que todo a la vez no se puede ser durante mucho tiempo.”

Esta ambición de serlo todo oculta, en realidad, la posposición de los intereses de los electores frente a las exigencias de la organización que quiere ganar a cualquier precio, no para hacer nada que haya que hacer, sino para conseguir seguir en el machito y ampliando las esferas de poder de cada cual. Frente a esta realidad sangrante, la corrupción es casi una anécdota, aunque esté empezando a ser, por fortuna, la parte de la historia que se entiende con mayor facilidad.

El problema del PSOE, y otro tanto se podría decir de su contrafigura popular, no está en las querellas internas, sino en su renuncia a la política, en su aceptación de unos programas de acción cuyos únicos objetivos razonables se reducen al intento de mantener el poder a cualquier precio.

La izquierda envejecida, es decir la derecha

Ese problema medular es más grave todavía en el PP que en el PSOE, porque el PSOE, al menos, se atreve de cuando en cuando, Zapatero no está muy lejos, a intentar alguna jugarreta ideológica, mientras que el PP de Rajoy hace realidad de manera paradigmática ese diagnóstico de Dalmacio Negro de que la política de la derecha suele reducirse a ser una izquierda envejecida. Es penoso, por ejemplo, ver a un personaje tan bien dotado para la política como el joven Pablo Casado reprochar a la lideresa andaluza que haya hecho, en parte y malamente, una cierta porción de lo que debieran hacer ellos. Criticar a esta especie de izquierda con los argumentos que esa misma izquierda emplearía para censurar a la derecha, en el improbable caso de que esta se atreviese a hacer algo, es mucho rizar el rizo.

Rajoy les ha hecho una triple pedorreta, y se ha dedicado a administrar la gracia de estado que da el poder legítimo para perpetuar la mansedumbre gubernamental de los electores del centro derecha

Pase lo que pase con Rajoy, y no es demasiado razonable esperar que pase nada especialmente bueno, por más que las lanzas parezcan tornarse en cañas y algunos vientos se dediquen a hinchar ciertas velas, siempre habrá que reprocharle haber desaprovechado la mejor oportunidad histórica de la democracia para los valores conservadores y/o liberales, si se me puede hablar así. Rajoy les ha hecho una triple pedorreta, y se ha dedicado a administrar la gracia de estado que da el poder legítimo para perpetuar la mansedumbre gubernamental de los electores del centro derecha. A cambio de este tratamiento sádico espera obtener un comportamiento electoral pavloviano, y puede que acierte, pero será una victoria pírrica tras la cual lo que quede del PP se encontrará en peores condiciones que las descritas por Redondo para sus compañeros. 

No es extraño que las dos grandes fuerzas del sistema hayan perdido su eficacia política y que sólo parezca posible resucitarlos a base de tratamientos de shock, como los discursos un tanto extemporáneos pero bastante incendiarios de Aznar, o las medidas cuasi excepcionales de Sánchez, desalojando al pintoresco y nefasto Gómez. Se trata de toques de trompeta que apuntan en la dirección correcta, pero que, al menos de momento, pueden ser perfectamente reducidos a un mal sueño por unas organizaciones perfectamente adaptadas  a un statu quo tan incómodo para todos como confortable para la nomenclatura. En el caso del PP, sólo un desastre electoral en cadena logrará liberar a sus militantes del sueño tecnocrático y gubernamental, de esa suave renuncia a cualquier compromiso, de esa ausencia de misión que tan bien cuadra con la conveniencia de conservar el asiento, al menos a corto plazo.

¿Es posible recuperar el ímpetu reformista que caracterizó a la Transición?

Miedo al miedo

¿Sabrán los electores ponerle el cascabel al gato? La solución de Podemos, aparte de sus riesgos específicos, es la que se le ocurriría al bombero pirómano, pero acaso haya otras salidas a explorar entre quienes se nieguen a dejarse cegar por el miedo, a tener miedo al miedo. ¿Es posible recuperar el ímpetu reformista que caracterizó a la Transición? ¿Es posible volver a poner lo mejor que tengamos al servicio de un proyecto capaz de añadir otras cuatro décadas positivas a la historia de este viejo país?

Me temo que uno de los posibles agentes de esa esperanza haya caído en el abismo, hablo de UPyD, y no por errores distintos a los que obstinadamente repiten sus cabecillas. Queda la posibilidad de que Ciudadanos acierte a cumplir con el papel, pero es de temer que lo que queda en píe del tinglado se esfuerce en hacerlo desaparecer del mapa, y no les faltarán ni miopía ni medios para hacerlo. Este boicot no sería tan preocupante, sin embargo, como una posible falta de ambición en Albert Rivera, lo que ocurriría si se llegase a comportar  como el capitán de un lujoso navío en una de esas escenas en las que el naufrago ve pasar a lo lejos el posible barco salvador sin que nadie se percate de su presencia ni de sus gritos. Las películas crueles suelen presentar esa escena acompañada de un plano corto en el que se ve como los ocupantes del yate se dedican al jolgorio, ajenos a la suerte de cualquiera que no esté a bordo.  Pronto sabremos si la pesadilla se hace realidad, aunque es obvio que los náufragos se cuentan por millones, y no cesan de gritar.


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