Sueños ciudadanos

Corregirlo es posible

Escribió Cela en cierta ocasión que en España hay una rara esquina de sabios que no deja la saludable huella que cabría esperar, que no consigue que el común de los mortales se aproveche de lo que averiguan. Basta reparar en que ‘el pequeño Nicolás’ parece ser un estudiante peor que mediano para entender lo que nos pasa, que la inteligencia juega un papel escasamente brillante en nuestras vidas: damos importancia al poder, a la apariencia, a la riqueza, a las relaciones, a muchas formas de éxito mundano, pero no apreciamos ni poco ni mucho lo que nos pueda decir alguien que haya pensado a fondo en cualquier cosa. No se trata ya de que nuestra ciencia o nuestro I+D no esté a la altura que sería lógico estuviera, visto el resto de características y condiciones en que transcurre nuestra vida colectiva, sino de que tampoco acabamos de dar con la clave para hacer que nuestra política deje de ser un motivo de sonrojo y se convierta en una manera inteligente de resolver los problemas comunes.

Todo puede acabar siendo verdad, entre otras cosas porque existe lo que se llaman “profecías que se autocumplen”

Una crisis muy diagnosticada

El predominio de la charlatanería nos lleva a atribuir causas sobradamente solemnes a nuestros problemas, en lugar de dirigirnos a las soluciones más inmediatas y sencillas. Algunos labran su fama anunciando una y otra vez el Apocalipsis, la crisis moral que nos corroe, el fin del sistema, el ocaso de una era. Todo puede acabar siendo verdad, entre otras cosas porque existe lo que se llaman “profecías que se autocumplen”, pero esa clase de diagnósticos equivaldría a que llevásemos el coche al taller y el mecánico nos hablase de las fisuras en el paradigma de la Física clásica, por supuesto que sin arreglar el auto.

No es que no sepamos lo que nos pasa, lo que ocurre es que existe el riesgo de que nos deslicemos por la pendiente del delirio y, lejos de arreglar enérgicamente nuestros problemas, nos entreguemos a los consejos de los nuevos Savonarolas, al diagnóstico de algunos nigromantes que parecen haber aprendido en la universidad del vudú.

La causa primera de la corrupción

Mientras nos entretienen con disquisiciones, tan agrias como absurdas, sobre si la corrupción es sistémica, o se trata de brotes aislados, aunque frecuentes, no caemos en que lo más importante es corregir lo que la hace no ya posible sino inevitable. No me refiero a la tendencia a robar, que existirá mientras haya quien pueda hacerlo y se aplauda al rico independientemente de sus razones, sino a las condiciones que hacen posible el robo y que son, casi exclusivamente dos: un gasto público muy por encima de lo que sería necesario con una buena administración, y aquello que lo impone, la absoluta falta de transparencia en el control del gasto, y el hecho realmente inaudito de que quienes debieran controlarlo, los partidos políticos, nunca pretendan limitarlo sino aumentarlo, falsa moneda con la que compran el servilismo de sus adictos más necios, lo que les permite ejercer sus funciones, supuestamente en nuestro nombre, en medio del más clamoroso desprecio a cualquier cosa que pueda llamarse democracia. Que unos personajes de incuestionable segundo nivel hayan podido llevarse casi trescientos millones de euros sin que ninguna institución advierta ni fraude ni exceso, exige necesariamente que nuestros presupuestos estén muy por encima de lo que se requiere y que nuestros sistemas de control sean tan ineficaces como perversos, y esto puede arreglarse perfectamente porque no es cosa que pase en todas partes ni a todas horas.

Lo que permite la corrupción es el hecho de que cualquier político no haya de responder a otro control que el que le viene de arriba

Es hipócrita, y un punto cínico, pedir perdón

Esta semana el nivel de los excrementos ha llegado tan alto que Esperanza Aguirre ha pensado que lo inteligente era pedir perdón, y Rajoy, siempre tan ágil en sus reflejos, ha imitado el gesto humilde de la lideresa. ¡Cómo se nota que ya no estudiamos el Catecismo en la enseñanza primaria!, porque ahí se aprendía sin género alguno de dudas, que el perdón requería el arrepentimiento y el propósito de enmienda, y sobre eso no se nos ha dicho nada. Dicen que se han equivocado al escoger sus colaboradores, y esa confesión delata uno de nuestros problemas más de fondo, que todo el que está en política ha de ser cooptado desde arriba, una cualidad que, quienes creen escasamente en la democracia, consideran como una ley tan rígida e inexorable como cualquiera de las de la naturaleza, pero no es el caso. Nuestros partidos, sin apenas excepción, le parecerían escasamente liberales a tipos tan poco aficionados al género como Stalin o Castro, y como diría el clásico, el que lo probó lo sabe.

Lo que permite la corrupción no es que ocasionalmente se escoja a personas con escasa propensión a la decencia, sino el hecho de que cualquier político no haya de responder a otro control que el que le viene de arriba, del dedo divino que lo puso en la envidiable situación en que se encuentra, y que su única preocupación haya de ser no darle disgustos para que lo mantenga en el escaño y/o en la poltrona. La virtud esencial de un político, en un escenario semejante, pasa a ser su capacidad de halago y su habilidad para seguir comprando voluntades que se plieguen a los planes del mando. Hemos construido unos partidos que son una máquina de producir sumisión, ocultismo y corrupción: literalmente lo contrario de lo que se supone debieran ser.

Ley de partidos e independencia judicial

¿Qué pintan en este cuadro los ciudadanos. Los militantes de un partido? Nada, pueden aplaudir cuando se les convoque a un acto. Es hipócrita olvidar que el problema no reside en haberse equivocado en algunos cientos, sino en estar sentado en la cúspide de un sistema que raramente puede producir otra cosa que disparates varios. Si a esto se le añade una hábil cohabitación con el poder económico financiero y un pastoreo certero de los medios de comunicación, estaremos ante un panorama tan idílico como el del pujolismo en Cataluña que, por lo que se ve, no ha dejado de seducir a buena parte de nuestros líderes, por mucho que se motejen de liberales.

Los señores que forman el legislativo han consentido una estructura del poder judicial que pone a los jueces al servicio de la partidos

Todo el amplio repertorio de corruptelas que nos abruma es posible, y casi inevitable, porque en los partidos no existe otra ley ni otra libertad que el deseo del líder, y porque, para su eterna deshonra, los señores que forman el legislativo han consentido una estructura del poder judicial que pone a los jueces al servicio de la partidos, que hace sumamente improbable que un juez pueda atreverse a procesar a quienes pueden reducirle el salario a nivel de cualquier mileurista. Que los ciudadanos continúen votando a partidos que han destruido tan alegremente el edificio de libertades que suponíamos haber construido no deja de ser sorprendente, pero así son las cosas. Ley de partidos e independencia judicial: quienes no nos aseguren inmediatamente lo uno y lo otro no debieran merecer el voto de nadie.

Una de dos, o reforma política o gorila salvador

El pesimista cree que las cosas nunca tienen remedio, el optimista cree que es fácil lograrlo. Lo realista es ponerse a hacer lo que parece más inteligente, tratar de rectificar el ritmo decadente y corruptor que lleva la democracia española con medidas que todos los electores puedan apoyar. Hace falta líderes valientes que se sobrepongan a las dictaduras de partido, que venzan el miedo a ser considerados traidores por sus aparatos, a sufrir el destierro. Quienes sepan ver por detrás de los límites del partido el deseo ciudadano no tendrán dudas. No será fácil lograrlo, pero sólo hay otra alternativa, la deriva venezolana de una democracia archicorrupta para perecer a manos de un gorila cuentista y megalómano: la elección depende de todos nosotros, pero no se confundan, porque el intríngulis del asunto es tan claro como un vaso de agua clara.


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