Sueños ciudadanos

La Constitución que necesita reforma

La sabiduría jesuítica, y muy española, que afirma que en tiempo de tribulación no cumple hacer mudanzas se da de bruces con la realidad cuando se impone la evidencia de que es precisamente la ausencia de reformas, y la abundancia de las malas formas, lo que está en la raíz del profundo y difuso malestar nacional. En España, un lugar en el que se aceptan con normalidad expresiones tan insólitas como la de que una determinada ley no se aplica, habría que empezar no tanto por reformar la Constitución escrita, que necesita un evidente remozo, como por reformar un buen número de preceptos de la Constitución no escrita, que es la que en verdad rige el funcionamiento de todo el sistema.

Tenemos una Constitución no escrita que funciona a todas horas y con beneficio para sus aplicantes, para los políticos y sindicalistas que han llevado la voz cantante durante estos cuatro decenios. El título primero se compone de tres artículos bastante claros. El primero es el que establece que la ley no siempre está vigente y que cuando lo está, no se aplica siempre de la misma manera. Un segundo mandato sobre el que hay general conformidad es el que establece que no hay que dar ninguna clase de explicaciones a nadie cuando se tiene la mayoría suficiente, y siempre hay alguien que la tiene. El tercer artículo impone la diferencia y oposición de criterios en todos los partidos de forma que se digan cosas diametralmente opuestas cuando se gobierna y cuando se está en la oposición, lo que garantiza bastante bien el deficiente mecanismo de alternancia del que disfrutamos.

Habría que empezar no por reformar la Constitución escrita, que necesita un evidente remozo, como por reformar un buen número de preceptos de la Constitución no escrita

El título segundo se consagra a explicar con detalle una verdad fundamental, a saber, que los nacionalistas siempre tienen razón, y concluye afirmando que la mejor manera de combatir sus supuestas deslealtades es repetirlas por doquier, una aplicación inauditamente eficaz del dicho popular de que el mal de muchos se sobrelleva sin necesidad de sabiduría.

Un tercer título constitucional se ocupa de prohibir, con carácter general, cualquier clase de procedimiento competitivo, en especial cuando pueda afectar a la capacidad de arbitrio del que manda. Consecuentemente con ello, el título recomienda exaltar la mediocridad y establecer las cautelas que permitan la opacidad y el descontrol. Precisamente por estas razones, la mentira se considera un mérito y se establecen los procedimientos más eficaces para premiarla.

En materia social, la Constitución no escrita establece el fomento del mal gusto y la tontuna, misión que se encomienda especialmente a las cadenas de televisión para que promuevan un desentendimiento general de los asuntos públicos y, en su defecto, una mentalidad rigurosamente maniquea, única capaz de garantizar una alternancia monótona y sin sorpresas. Se establece el mandato de que los derechos sociales sean de naturaleza expansiva y gratuita, y se encomienda a las autoridades educativas velar por el deterioro continuo del nivel de conocimiento general, para lo que se recomienda un sistema bien conocido: el cambio continuo de planes y legislaciones.

Las disposiciones transitorias y finales de nuestra Constitución no escrita son taxativas. Se establece la figura del chivo expiatorio, y, aunque no se diga con claridad, se insinúa que, una vez que somos una democracia, hecha y derecha, cualquier responsabilidad deberá desviarse hacia el exterior del sistema, un papel que, en la actualidad, se desempeña con notoria eficacia por la señora Merkel.

Mientras esta Constitución no escrita pero realmente vigente no se modifique ya podemos discutir hasta la saciedad lo que pueda decir el texto escrito: dará lo mismo. Habría que pensar, no obstante, qué aspectos de la Constitucion escrita han favorecido más el arraigo de la no escrita, si es que se quiere realmente cambiar algo. Hay dos errores realmente graves que habría que corregir y que están no tanto en el texto como en sus sucesivas oleadas de falta de aplicación. El primero es la inaplazable necesidad de establecer una verdadera separación de poderes sin la cual es imposible la libertad política y que, escasamente reconocida en el texto constitucional de 1978, es absolutamente inexistente en la realidad. Para poder avanzar por esta senda sería necesario ponerle el cascabel al gato, es decir, someter a controles políticos precisos el funcionamiento del sitema de partidos y del sistema electoral, cosa que puede hacerse, pero que tiene muy pocos partidarios entre los beneficiarios del sistema. Garantizar de hecho la completa independencia judicial sería la guinda del pastel.

Mientras esta Constitución no escrita pero realmente vigente no se modifique ya podemos discutir hasta la saciedad lo que pueda decir el texto escrito: dará lo mismo

Otra reforma de calado sería la que estableciese una auténtica autonomía universitaria, que es inseparable de su autofinanciación, y un sistema de competencia real entre las universidades capaz de cultivar de verdad el espíritu crítico y la mentalidad científica entre los graduados españoles, muy dados a repetir de memoria el catecismo, tanto los viejos de Canovas e Iglesias (abuelo), como el supuestamente nuevo de Podemos, que, muy significativamente, no dice ni una palabra de reformar la Universidad en la que se han criado los nuevos catequistas con tan notable éxito, y cuyas becas sin contrapartida laboral precisa han disfrutado con constancia y entusiasmo.

Y, sí, hay que hablar de reformar la Constitución, pero haciéndolo en serio, sin limitarse a cambiar unas palabras mágicas y bienintencionadas por otras monsergas que, cuarenta años después, serían de muy difícil digestión.


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