Sueños ciudadanos

El César Mariano frente a su Rubicón

Si César no hubiese cruzado el Rubicón no habría sido César. De esta manera se suele recordar el pensamiento de Leibniz conforme al cual toda verdad acaba siendo una verdad necesaria. Más allá de esa clase de enigmas, estar frente al Rubicón funciona como metáfora de las decisiones dramáticas, irreversibles, de la capacidad para romper con lo predecible y atreverse a entrar en senderos de riesgo y de fortuna. Si cuando hay que hacerlo no se hace, el precio que se paga es muy alto, porque a quien quiere evitar un peligro para arrostrar otro supuestamente menor, frecuentemente le sucede que perece por ambos. Se lo dijo Churchill a Chamberlain: “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”.

El cese de Mato

Es evidente que Rajoy, que presume de ser hombre previsible, tiende a optar por el mínimo riesgo: cesa a su ministra pero juega a que, formalmente, el hecho aparezca como una generosa renuncia de la señora Mato, y la elogia por su sentido de la responsabilidad. A Rajoy, ciertamente, no le faltan recursos retóricos, pero estará empezando a preguntarse si esa estrategia reservona conduce a alguna parte, a la vista de que todo parece indicar que el déficit político de su mandato no va a poder enjugarse con unas décimas de más en el PIB, y que el pesado sambenito de la corrupción empieza a tener réditos muy negativos y crecientes, efectos que no parecen enmascarables aunque se pongan en pie media docena de leyes inverosímiles. Es como si el mecánico que no sabe arreglarnos el coche tratase de defenderse regalándonos unas suscripciones a unas cuantas revistas de automóviles que cuentan extraños prodigios de coches que todavía no existen.

El año corto y quebrado

Queda apenas un año para que de las encuestas se pase a los hechos, la tercera parte de lo consumido, un tiempo que se ha pasado como en un suspiro ante la inacción política de La Moncloa. Para un político normal sería, sin duda, la hora de las grandes decisiones, pero Rajoy no es un político normal, ni siquiera comparándolo con Zapatero. Es otra cosa, un raro ejemplar que se puso el programa electoral por montera desde el minuto uno de su mandato, que ha sido capaz de poner a su partido al borde de la extinción física en aras de una gestión supuestamente eficaz y ortodoxa de la economía por la que, según se nos repite, ha recibido innumerables parabienes, naturalmente de entre quienes no han debido padecerla. Al tiempo que se embarcaba en semejante quijotada, ha ido desmintiendo, tacita a tacita, cada una de las ilusiones de sus electores, de manera que se podría decir que no asistimos a un fracaso de la política del PP, sino a un fracaso de quienes han abandonado la política que se supone representa su partido para aprestarse, por ejemplo, y es sólo la penúltima hazaña, a hacer zalamerías a los Castro, obteniendo a cambio el barroco desdén de no ser recibido por el dictador. Leopoldo Fernández Pujals, que algo debe de saber del caso, calificó en el informativo de Ana Samboal la visita cubana de Margallo con apenas dos palabras: una indecencia del Gobierno.

El timo del 9N

Algunas encuestas, y no de aficionados de ocasión, señalan el riesgo de que el PP pase a ser tercera fuerza, la alta probabilidad de que un partido construido con tesón y esfuerzo se desvanezca como un azucarillo en los meses que le quedan de supuesto gozo. Es obvio que caben otros cálculos y hay que esperar, por el bien de todos, que Rajoy se apreste a actuar conforme a ello, si quiere levantar cabeza.

El Gobierno de España ha sido objeto de un timo en toda regla por parte de un aventajado tramoyista que no juega a otra cosa que a convertirse en el símbolo mismo de un nuevo estado catalán. Se trata de una peripecia que no puede rememorarse sin desasosiego, y no se puede hallar consuelo en las quedas confesiones de los cercanos a Rajoy que admiten que un trilero les ha robado la cartera. Tanta prudencia y mesura puede emplearse si se asegura uno de que el ladrón se conforme con poco y de que, además, no presuma de su éxito, pero el catalán ha dejado a La Moncloa descompuesta, desairada y en absoluto ridículo, una escena a la que ningún español medianamente razonable puede asistir sin sentir vergüenza y rabia.

La pequeña Soraya

Las andanzas de quien todos sabemos han vuelto a recordar aquello que el extravagante escritor Jiménez Caballero decía del cuartel general franquista en su fase burgalesa, que tenía el espionaje público y la propaganda secreta. El ridículo timo del 9N hace incluso verosímil que se haya encomendado alguna gestión delirante a esa especie de diablo cojuelo que está exponiendo públicamente las vergüenzas de unos gobernantes con poco seso y menos determinación.

Una insistente propaganda, por supuesto pagada, nos presenta a la Vicepresidencia como una gigantesca instancia capaz de manejar el Estado como quien lava, como una especie de esperanza por si el César vacilante pereciese ante un ataque de duda, pero, si las acciones se han de juzgar por sus efectos, el sainete catalán y el enredo de desmentidos y supuestas embajadas dibujan, por el contrario, una imagen de elaborada y trabajosa incompetencia que no puede agradar ni a sus enemigos.

El dilema del presidente

Los presidentes siempre están solos, y a Rajoy le queda cada vez menos para decidir cómo quiere ser recordado. Da toda la impresión de que puede ser el primer presidente que no repita mandato, pero eso no sería lo peor. Hay escenarios razonablemente verosímiles mucho más mortíferos para su imagen futura que el de una mera derrota endulzada por haber salvado al país de no se sabe qué horribles tesituras. Si tras Rajoy se diere un hundimiento del sistema, ¿se sentiría alguien capaz de defender la gestión de esta legislatura? Cada vez le queda menos tiempo, pero le quedan bazas y ocasiones. Tiene que dejar de pensar como si fuera un contable, y darse cuenta de que nos enfrentamos a riesgos que no se pueden evitar con retranca y eufemismos, que la cosa va en serio. Es la hora de la política, y será juzgado con dureza y desprecio si no sabe hacer lo que todavía podría salvarnos de un inmerecido desastre, aquello que, desdichadamente, y, visto lo visto, sólo él puede poner en marcha.


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