OPINIÓN

Cataluña, la proporcionalidad y los errores categoriales

El referéndum no puede celebrarse de ninguna manera, ni como parodia, puesto que el precio que todos pagaríamos si el Gobierno no consiguiese evitarlo será realmente mucho más oneroso de lo que ahora acertamos a imaginar.

Cataluña, la proporcionalidad y los errores categoriales.
Cataluña, la proporcionalidad y los errores categoriales. EFE

El filósofo Gilbert Ryle introdujo con bastante éxito la idea de error categorial en el vocabulario filosófico contemporáneo. Un error categorial consiste básicamente en utilizar términos que pertenecen a una determinada categoría lógica como si perteneciesen a otra. Ryle pone un ejemplo muy claro de esos equívocos: si nos están enseñando la universidad de Oxford, después de haber visitado todos los edificios y dependencias, no podemos decir: “sí, sí, pero ¿dónde está la Universidad?” Los errores categoriales son muy frecuentes en el discurso común, pero pueden llegar a ser letales en el análisis político. Los separatistas catalanes no han leído, evidentemente, a Ryle, y cometen de manera habitual el disparate de separar el término democracia de su marco lógico; es evidente que este disparate les parecerá nimio, pues se piensan como los padres fundadores de una nación (que, por otra parte, consideran casi eterna), y se consideran autorizados para proclamar su supuesta soberanía al margen de cualquier clase de normas y supuestos, mediante la acción directa.

Las palabras no bastan frente a los hechos

Lo que ha sucedido en las últimas semanas era lo que supuestamente no podía suceder para quienes han confundido la naturaleza política del secesionismo catalán, para quienes pensaban que el camino hacia el referéndum era meramente una añagaza para obtener nuevas ventajas, una intentona que ellos, con su enorme listeza, podrían resolver desde un despacho en Barcelona. Es evidente que no ha sido así, y no se puede volver a incurrir en ningún error al tratar el caso. El Estado no puede volver a equivocarse con la débil excusa de no atizar el conflicto, entre otras cosas porque siempre le acusarán de echar gasolina al fuego, no puede incurrir en un error categorial paralelo al de los secesionistas y pensar que, puesto que de democracia se trata, se podrá resolver con medios ordinarios, como si el secesionismo fuera una abundante sarta de pequeños delitos que se pueden curar con mero papeleo, como si los hechos violentos se pudieran evitar siempre con meras palabras, como si el Estado de derecho pudiera subsistir sin la asistencia de la fuerza, cuando corre el riesgo de ser destruido, y no por sutilezas sino a golpes incesantes, cínicos, mortíferos.

Impedir la secesión

Es esencial acertar con la naturaleza del problema que hay que afrontar y es urgente aclararse al respecto. Como muy bien explicaba Miguel Ángel Quintanilla el pasado miércoles en El Mundo , la secesión es un acto de poder que quiebra el ordenamiento jurídico y pretende inaugurar uno nuevo, de forma tal que, por definición, ningún señalamiento de ilegalidad puede producir un efecto disuasorio y contundente sobre los secesionistas. Está muy bien desear que se les pueda convencer, pero, puesto que es evidente que no quieren ser convencidos, es esencial vencerlos. La legitimidad para llevar a cabo las acciones oportunas es sobradamente evidente en el marco constitucional español y, además, en el ámbito europeo. Es la nación quien está en peligro por el secesionismo y no, simplemente, su orden legal y constitucional, porque es la unidad moral y política de la nación lo que funda nuestra Constitución, y lo fundante siempre conserva prioridad sobre lo fundado.

No es la letra de la Constitución lo que condena políticamente al secesionismo, sino la realidad política y moral que en esa ley se expresa. Puede que algunos teman asomarse a la ventana o salir de su placenta burocrática, pero no tendrán otro remedio que hacerlo, y antes del 1 de octubre, si no quieren pasar a la historia como modelo de debilidad y de ridículo, es decir que el referéndum no puede celebrarse de ninguna manera, ni como parodia, puesto que el precio que todos pagaríamos si el Gobierno no consiguiese evitarlo será realmente mucho más oneroso de lo que ahora acertamos a imaginar.

La proporcionalidad de Rajoy

Rajoy está dando muestras de frialdad, y eso es bueno, pero no puede conformarse, ni podrá contentar a nadie, con formas de supuesta proporcionalidad: sencillamente, tiene que impedir, haciendo uso de todos los medios de que dispone, que se celebre nada mínimamente parecido a un referéndum y, por supuesto, que ningún órgano estatutario proclame la independencia de Cataluña, incluso aunque, como es obvio, esa proclamación apenas sirviese para otra cosa que para hacer el ridículo, pero es que no harían el ridículo solamente los secesionistas, sino todos nosotros, desde el Rey al último de los españoles.

La verdadera proporcionalidad, ante el abierto y descarado desprecio a la Nación, a la Constitución, a la Ley y a todos los españoles, consiste en impedir que se consume esta absurda patochada, y en tomar rápidamente, las medidas políticas necesarias para que se pueda poner el contador a cero. Hay que reconstruir el marco de convivencia en Cataluña, el imperio de la ley, la igualdad esencial de todos los ciudadanos y el respeto a todos los derechos, lo que incluye, naturalmente, el restablecimiento del derecho efectivo a escoger la lengua española como lengua vehicular de la enseñanza en todos sus niveles.

Tal vez fuese difícil hacerlo si los secesionistas no hubiesen cometido los excesos que ya han cometido, si no se hubiesen ciscado en la única democracia realmente existente, pero es que ahora nos han dado la oportunidad de actuar con una legitimidad aumentada, lo que puede incluir, naturalmente, la suspensión de la autonomía catalana por el tiempo que se estime necesario y prudente para volver a poner todo en su sitio.

La unidad política necesaria

El problema catalán es solo una muestra especialmente grave y dolorosa de una cuestión que no quedó bien resuelta en la Constitución, es un problema español, no un problema de parte. Ahora hay que afrontarlo y no confundirse con argumentos de vendedor de crecepelo. Ya tenemos bastante con esa izquierda absurdamente empeñada en apoyar el derecho a decidir , otro error categorial en que no debiera incurrir ninguna persona avisada, porque lo que realmente quieren es destruir el orden vigente, y los secesionistas se lo ponen en bandeja, para construir su Edén, su democracia madura.

Los socialistas llevan tiempo tratando de mostrar su posición de una manera inequívoca, de armonizar la única soberanía nacional con el reconocimiento de singularidades que no sean gravosas para nadie. Por fortuna parecen conscientes de que, en este preciso momento, en estas dramáticas semanas, no les queda otra que fijarse en lo que de verdad importa, la libertad, la igualdad y la fraternidad, y en apoyar las medidas que el Gobierno tome para restablecer el respeto a la ley, sin el que peligra gravemente la paz civil. También cabe esperar que nadie trate de aprovechar esta terrible oportunidad para sacar ninguna clase de ventajas, lo que incluye también al habilidoso PNV. Pocas veces, como ahora, el destino de tantos va a depender del deseable acierto y determinación de unos pocos, y hay que esperar que a nadie le falte valor para entenderlo.


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