OPINIÓN

Cataluña y los catalanes

La conciencia clara de que ni Cataluña ni los catalanes son ningún problema, y que el pactismo con los traidores a la patria común no puede durar ni un minuto más, se ha despertado bruscamente para no volver a dormitar jamás.

Cataluña y los catalanes.
Cataluña y los catalanes. EFE

Uno de los éxitos de los supremacistas catalanes ha consistido en que la mayoría de la opinión del resto de España haya tomado la parte, los soberanistas, por el todo, por Cataluña misma. No debiéramos consentirlo, y eso nos obligará, seguramente, a un esfuerzo suplementario de atención cuando nos refiramos al problema que la parte (los del procés) le ha planteado al todo, al conjunto de los ciudadanos catalanes, en realidad a toda España. Se tratará de un esfuerzo no pequeño y, sobre todo, muy constante, porque hace meses que apenas hacemos otra cosa que hablar de esta cuestión.

La decisión de convocar las elecciones autonómicas de manera tan inmediata acarrea otros posibles equívocos contra los que no habrá otro remedio que prevenirse

Este no es el único tema al que hemos de estar atentos, porque la decisión de convocar las elecciones autonómicas de manera tan inmediata acarrea otros posibles equívocos contra los que no habrá otro remedio que prevenirse. En particular, ha sido muy frecuente preguntarse qué pasaría si volviese a existir una mayoría soberanista, de escaños o, incluso, de votantes. La respuesta debiera ser tan obvia, que el hecho de que la pregunta se pueda hacer muestra hasta qué punto hemos estado secuestrados por el planteamiento de los secesionistas.

Unas elecciones autonómicas, y no otra cosa

Las elecciones del 21 de diciembre serán elecciones para elegir un parlamento cuya misión más urgente será nombrar un presidente de la Generalidad que forme un gobierno capaz de ocuparse de los innumerables asuntos a los que ha de atender la autonomía de Cataluña. Es bastante razonable esperar que el resultado de las urnas arroje un espectro parlamentario más cercano a la realidad de la sociedad catalana que a la quimera independentista, pero, como suele decir Guillermo Gortazar, la política consiste en no saber lo que puede pasar mañana, en especial cuando se ignora tozudamente lo que ha pasado ayer. No obstante, si hubiese mayoría parlamentaria de soberanistas, cosa que, desgraciadamente y por indeseable que resulte, no puede descartarse por completo, sería posible que el nuevo gobierno se sienta capaz de reiniciar un proceso más o menos similar al ahora fracasado. Debiera estar muy claro que, si hiciese tal cosa, no habría otro remedio que volver a aplicar las leyes constitucionales con especial rapidez y eficacia, y desde el primer minuto.

Puede que los soberanistas catalanes sean los únicos seres sobre la tierra incapaces de aprender una lección tan clara como la que han recibido, pero, siendo levemente optimistas, cabe abrigar alguna duda sobre su nivel de empecinamiento.

El procés como delirio

Es probable que la única disculpa que pueda existir para la penosa estrategia que Rajoy ha mantenido frente a la amenaza de los soberanistas es que el presidente, hombre que presume de buen sentido, nunca haya llegado a creer que fuese posible un disparate de tal envergadura como el que hemos vivido. Se trata de una imprevisión, sin duda, de forma que cuando Rajoy vuelve a afirmar, la última vez esta mañana, que todo está previsto, me crujen las cuadernas. Pese a tamaño descuido, el procés ha naufragado de manera inequívoca, y es casi imposible que sus mentores y protagonistas no hayan tomado buena nota de lo duro y doloroso que resulta chocar con un muro de hormigón, y del ridículo que resulta todo intento de presentar el disparatado episodio como la lucha de un pueblo oprimido contra las falanges franquistas.

Si volviesen a triunfar en las autonómicas, se les ocurrirá algo, y también si no lo consiguen

Conseguir que las empresas de mayor importancia abandonen el campo, y que ni una sola de las instituciones políticas internacionales te tome en serio, constituye, en efecto, un récord tan difícil de superar que ni siquiera cabe pensar en que de ser el propio Puigdemont reelegido, eventualidad que parece tan inverosímil como que se nombre a Albert Boadella presidente de la no nata República catalana, estuviera en condiciones de reanudar el malhadado procés. Si volviesen a triunfar en las autonómicas, se les ocurrirá algo, y también si no lo consiguen, pero por molesto y peligroso que resultare el nuevo plan, es seguro que sus posibilidades de éxito, a cualquier plazo, serán todavía menores que las de la invención procesual del astuto Mas.

Un ejército de alquiler

Iremos conociendo detalles del proceso, a cuál más sabroso, a medida que se vayan liberando los candados con los que los “procesistas” habían protegido de las miradas impías sus proyectos más surrealistas. Ayer se produjo una de esas filtraciones que indican el nivel de delirio con el que han tejido sus estrategias de constitución de la nueva República: al parecer pretendían que, durante una década, algún ejército de alguna nación europea se ocupase de la defensa de Cataluña. La idea es tan disparatada como la pretensión de aquel estratega beodo que propugnaba ceder el puerto de Barcelona a los submarinos atómicos de China para que el coloso amarillo asegurase, posiblemente con el apoyo de los Mossos, la expansión de su imperio por el occidente.

Cuando la idea que alguien se hace de la propia identidad se desliza hacia lo completamente inverosímil el ridículo universal es la única alternativa

Cuando la idea que alguien se hace de la propia identidad se desliza hacia lo completamente inverosímil el ridículo universal es la única alternativa. Cuesta trabajo creer que una porción muy significativa de la sociedad catalana que había puesto parte de sus esperanzas en el éxito del paraíso prometido no vaya a separarse, de manera paulatina pero radical, de un proyecto tan quimérico y tan chapucera y cobardemente puesto en práctica. Quedarán en píe, por supuesto, tal y como vimos en la fracasada huelga del miércoles, unas docenas de parroquias radicales dispuestas a imponerse por las bravas, pero incluso a estos comités les va a llegar la rebaja, en especial cuando la carne de cañón que manejan, como muchos estudiantes y otros desocupados, comprendan que la misión que se les encomienda es literalmente absurda.

El aliado invisible

Al parecer ha sido Carmen Forcadell quien formuló la idea de que no había que tener miedo a los errores del procés, porque si se llegaran a equivocarse en cualquier cosa, pronto acudiría el Gobierno nacional en su auxilio, cometiendo una pifia de mayor rango que les permitiría recuperar el resuello. Una idea parecida tienen algunos de los españoles cuando suponen que, frente al plan maquiavélicamente perfecto de los secesionistas, el futuro de una España libre y unida carece de relato, como gustan de repetir los más cursis: ni tanta sabiduría estratégica en un lado, ni tan poca sustancia en la otra orilla. Pese a ello, no es baladí recordar que si hay algo que no tiene el menor sentido es volver a preocuparse del supuesto memorial de agravios supremacista, ni del mítico problema del encaje de sujetos tan veleidosos. Esas ideas se apoyan en un supuesto completamente erróneo, el de que puedan existir soluciones perfectas a cualquier clase de demandas, especialmente de las más quiméricas. Frente a ese error, es y será la hora de la política, y no puede ser ajena a esa tarea el rotundo despertar de la conciencia ciudadana de tantos españoles hartos de verse menospreciados, y no solo por los enemigos declarados.

No se puede desdeñar el riesgo de que los supremacistas vuelvan a contar con un aliado invisible en la política española

No se puede desdeñar el riesgo de que los supremacistas vuelvan a contar con un aliado invisible en la política española, que los dirigentes del PP (o de otros partidos, que tanto da) piensen que se podrá apaciguar el patriotismo crítico de los que han sacado las banderas del baúl de los chinos para decir que ya está bien de tomadura de pelo. No es difícil tener ese temor cuando se escucha a algunos de los expertos en adormecer que han hecho fortuna en las covachuelas políticas. Ellos verán lo que hacen, pero la conciencia clara de que ni Cataluña ni los catalanes son ningún problema, y que el pactismo con los traidores a la patria común no puede durar ni un minuto más, se ha despertado bruscamente para no volver a dormitar jamás.


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