Sueños ciudadanos

Andalucía o la estabilidad

El próximo domingo en Andalucía se pone a prueba una de las mayores paradojas políticas de la España contemporánea, la extrema estabilidad de una forma de gobierno que no parece haber sido capaz de resolver los problemas de los andaluces a lo largo de más de treinta años, y que, pese a ello, tiene grandes probabilidades de mantenerse en el poder regional. No es un caso único, pero casi, especialmente si se piensa que esa estabilidad socialista ha sido compatible con las formas más extremas de paro, de corrupción y de atonía económica. A primera vista, pues, Andalucía sería un caso para echar por tierra la teoría de que la alternancia política sea esencial a la democracia, pero seguramente habrá que mirar las cosas algo más de cerca para entender el caso.

Una gran mayoría de andaluces piensa que no están tan mal como para intentar un cambio, y creen, por tanto, que existe el riesgo de que el cambio sea a peor

Es indiscutible que una gran mayoría de andaluces piensa que no están tan mal como para intentar un cambio, y creen, por tanto, que existe el riesgo de que el cambio sea a peor. Tal vez por esa razón, el PP de Arenas se ha obstinado siempre en demostrar que no había ninguna razón para ese temor, que no iban a cambiar nada y que, pese a eso, todo iba a ir mucho mejor. Con ese planteamiento, hay que reconocer que los andaluces han estado finos y han tendido a preferir el original a la copia, el gobierno de sus descamisados a un gobierno social de señoritos sevillanos.

Las razones para que muchos andaluces piensen que las cosas no están tan mal son variadas, como lo son las diversas zonas de la región más importante de España, y no es pequeño el mérito de los socialistas andaluces al haber sabido mantener un lenguaje y una política suficientemente equívocos como para no excitar a nadie a la tentación de alterar un equilibrio que bien podría ser precario. Susana Díaz es capaz de presumir de estar en la punta de lanza de la biomedicina al tiempo que garantiza a sus jornaleros un PER eterno y creciente, y sabe hacerlo revistiendo ambas proclamas de un halo de curiosa modernidad que parece no vender mal del todo en la tierra de María Santísima. Frente a realidades tan sólidas poco pueden hacer los expedientes de una jueza tratando de reconstruir los meandros por los que se ha distraído el dinero público, asunto que excita muy poco la imaginación de quienes dan por bueno cuanto no ponga en tela de juicio la seguridad de la parte que les ha correspondido en el arreglo.

Un ensayo de porvenir

Los resultados de las andaluzas puede que sirvan para poner en circulación una fórmula que nadie hace suya del todo: que gobierne el que saque más votos, aunque no tenga mayoría parlamentaria, pero que no disgusta a ninguno de los dos grandes partidos. La minoría mayoritaria de Susana, que es la hipótesis más probable a día de hoy, se pondría muy en riesgo con un pacto hacia la izquierda, que podría ser aritméticamente viable, pero que determinaría el final de la hegemonía socialista en ese sector, pero también podría apoyarse en una imposible alianza de todos los demás y en un interés obvio del PP, por lo que pueda ocurrir en unos meses, en no hacer demasiados aspavientos que pudieren poner en riesgo el predominio conjunto de ambas formaciones. Podemos estar ante una versión en borrador de una gran coalición que evite el santo temor de muchos, y no precisamente débiles, a la inestabilidad y el desgobierno. 

Si los escaños obtenidos por los que desafían al bipartidismo no son sobradamente significativos, PSOE y PP habrán obtenido un bálsamo, de efecto temporal, pero eficaz

Del bipartidismo al bipartito

En una posible Grosse Koalition a la española se tenderán a confundir dos pronósticos de sentido inverso. Por una parte se podría ver en un pacto de ese tipo el mejor basamento para llevar a cabo una reforma constitucional capaz de atemperar de manera casi definitiva el problema territorial, en la siempre incierta medida en que ese propósito pueda tener sentido. Al tiempo, esa coalición sería vista, sin duda, como el último capítulo del régimen de la transición, como el acto en el que se revelaría definitivamente la naturaleza perversamente oculta de una partitocracia sin el menor aliento, diagnóstico en que vendrían a coincidir los Podemistas, o lo que de ellos quede en unos meses, con los restos nunca insepultos de los herederos de la fuerte tradición autoritaria española. Aún habría un tercer elemento en esa confusa amalgama de interpretaciones, el que resultaría de subrayar que los dos grandes partidos del sistema habrían dado un paso más hacia el definitivo anonadamiento de cualquier indicio de libertad política en España

Los clarines del cambio

En Andalucía se va a sustanciar también la efectiva jerarquía existente entre las fuerzas que se sitúan fuera del arco central: tendremos un análisis fiable del problema IU/Podemos y, según sea el resultado, asistiremos al nacimiento de un mapa capaz de mantener con vida a UPyD, pese a Ciudadanos, o, por el contrario, a la muerte política de la señora Díaz, pues con razones mejores o peores, ese será el resultado más obvio si UPyD desaparece bajo las aguas revueltas de unas elecciones con las que nadie contaba hace unos meses. En cualquier caso, si los escaños obtenidos por los que desafían al bipartidismo, según la fórmula escasamente afortunada que se ha hecho habitual, no son sobradamente significativos, PSOE y PP habrán obtenido un bálsamo, de efecto temporal, pero eficaz, con el que consolarse ante la prueba mayor de las municipales y el resto de las autonómicas. Casi todas las regiones deciden a su manera lo que pasa en el resto de España, pero Andalucía más, precisamente porque representa un modelo muy acabado del sistema vigente, una forma de hacer política que, desde ya hace más de una década, se podría definir de la siguiente manera: los socialistas ganan unas veces y otras pierden, pero gobiernan siempre.


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