Sin enmienda

A los zombis del PSOE no hay quien les entierre

Debió de ser Churchill -que si no lo dijo todo se le atribuye igualmente- el que se refirió a la política como una actividad peligrosísima, más incluso que la guerra porque en ella sólo se muere una vez. No conocía sir Winston a nuestra dirigencia, que parece haber bebido a morro en el río de la inmortalidad y no hay manera de que acceda por las buenas a dejar el cargo y pasar a mejor vida, siquiera transitoriamente. En esta encrucijada está ahora la cúpula del PSOE, que, después de asesinar electoralmente al partido, ha decidido organizar el velatorio, asistir al entierro y pretende, si nadie lo remedia, beneficiarse a la viuda, que todavía está de buen ver.

Todo comenzó en Cataluña, hace justo un año, cuando Montilla condujo a los suyos a una estrepitosa derrota. Lo normal en esos casos habría sido presentar la renuncia, pero el Honorable pospuso su partida y decidió que él era la persona más indicada para mantener unido al PSC y afrontar así las municipales del pasado mes mayo. Tras una debacle sin precedentes en la que se perdió Barcelona y su Diputación, las joyas de la corona, cualquiera habría cruzado los Pirineos a la carrera para esconderse. Pero Montilla no es de los que se arrugan ante las dificultades y ahí le tenemos pilotando el congreso para elegir a su sucesor como primer secretario. A la que se descuiden, se proclama presidente de honor o jefe de estación.

El ejemplo cundió de inmediato. Al carro se subieron los barones socialistas, quienes, tras presionar al presidente del Gobierno para que anunciara su decisión de no optar a la reelección, fueron barridos por un PP que tiñó de azul el mapa del poder territorial. No dimitió nadie de la camarilla ni tampoco lo hizo el coordinador electoral de aquella nefanda campaña, José Blanco, que no tuvo mejor idea para disuadir a los potenciales votantes que pasear por toda España, a lo Juana la Loca, el cadáver político de Zapatero.

Esos mismos barones lograron que el dedazo se impusiera a las primarias en aras de la supuesta unidad del partido, y auparon a Rubalcaba como candidato a la presidencia por el artículo 33. Dirán que ahora sí, que tras conducir al PSOE a sus peores resultados de la historia, alguien dimitiría.

Pues no. Ni Zapatero, al que le queda poco tiempo en el convento pero ha decidido quedarse hasta el final por si reparten globos; ni Rubalcaba, que a falta de cargo orgánico del que dimitir, debió renunciar al acta de diputado e irse a su casa; ni ninguno de esos líderes territoriales que, expulsados de sus autonomías, buscaron la salvación del escaño a costa de perder el 40% de los votos; ni nadie de esa happy pandi, joven e insuficientemente preparada, que debe el cargo al gran reformador y ni se plantea quedarse fuera del mambo, sobre todo ahora que comienza el frío.

Es difícil imaginar qué tendría que haber ocurrido para que alguien asumiera algún tipo de responsabilidad y se marchara con viento fresco, pero aún más increíble es que los culpables del naufragio, en vez de dejar paso a una gestora, se apresten a seguir en el machito, prietas las filas, con Rubalcaba como mascarón de proa de la nueva singladura. La única nota discordante ha sido la de Tomás Gómez, que también es de lo que se quedan, y que si ha propuesto elegir al nuevo líder en unas primarias es porque no perdona que Zapatero y el sprinter quisieran liquidarlo al descuido.

Está por ver que Carme Chacón, Eduardo Madina, Patxi López o el propio Juan Fernando López Aguilar, que él sólo se basta para proponerse, sean el revulsivo que el PSOE necesita. Lo que sí es evidente es que el ciclo debería acabarse para los zombis que ocupan la dirección del partido. Están políticamente muertos, aunque vivos son un rato. 


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