Sin enmienda

El yerno del Rey tiene mucho arte

Premonitoriamente, se advertía aquí la pasada semana de los disgustos que a los jefes de Gobierno y, por supuesto, a los de Estado, ocasiona la parentela, singularmente los yernos, una figura sobre la que el refranero se explaya con bastante mala leche. Si hemos de hacer caso a la sabiduría popular, los yernos son una incógnita –“el melón y el yerno, como saliere”, aunque las más de las veces son vagos –“al trabajo, yerno, que viene el invierno”; aprovechados –“convida a tu yerno a la gallina, que él llevará la lima”; y también codiciosos: “en casa de suegro rico, el yerno ruin afila el pico”.

Con sus yernos, al Rey parece haberle mirado un tuerto. Al atildado Marichalar hubo que buscarle unos consejos de administración para distraerle, incluso el de Loewe, donde sin duda destacó, dada su afición a la moda, al lujo asiático y el asueto. Nada de ello impidió que su católica majestad tuviera que certificar primero el cese temporal de su convivencia con la infanta Elena, y dos años más tarde el divorcio de la pareja. Con Iñaki Urdangarín, el problema, al parecer, consiste en su querencia por los pelotazos, algo muy natural en un ex jugador de balonmano. La Casa Real, obviamente, se ha apresurado a echar balones fuera.

Sin querer prejuzgar la conducta de Urdangarín, que si ha sido capaz de forrarse desde la presidencia de una fundación sin ánimo de lucro es que tiene arte para dar y tomar, especialmente para lo segundo, se constata la querencia por el asesoramiento que comparten las personas de su condición, los políticos retirados y los hijos de algunos políticos cuando sus padres está en activo. No verán a ninguno de ellos entregado a la metalurgía, la biología o el violín. Sienten una irrefrenable pasión por la consultoría, profesión a la que se entregan en cuerpo y alma, y en la que triunfan no por su apellido o por la influencias con las que trafican sino por su valía personal, su don de gentes y el sudor de su frente, sobre todo en verano.

Como está visto que los yernos suelen estar en Babia -o en Washington cuando conviene que pongan tierra de por medio-, no habría estado de más que el Rey o alguno de los asesores de Zarzuela hubiesen informado a don Iñaki que está muy feo que la familia del jefe del Estado –incluida la política- se lleve dos veces crudo el dinero público porque se supone que con el de los Presupuestos Generales del Estado ya tiene bastante. Para los yernos, las nueras y hasta los cuñados del monarca debería existir una incompatibilidad especial para formalizar contratos con las distintas administraciones, aunque sea por ONG interpuesta.

Se hubiera evitado así la situación actual en la que la Justicia, que en ocasiones y sin que sirva de precedente es realmente ciega, se dispone a empurar al marido de la infanta Cristina, que en rigor también debería rendir cuentas en su calidad de socia de algunas de las empresas tapaderas hacia las que se canalizaban los fondos públicos que la Generalitat de Valencia y el Gobierno balear entregaron al Instituto Noos, presidido sin ningún ánimo de lucro por el duque de Palma.

Basta conocer a nuestros clásicos para intuir que ni la sangre llegará al río ni ningún miembro de la Familia Real irá al talego, ya sea porque la inocencia de Urdangarín resplandecerá aunque sea con bombillas de bajo consumo o porque asistiremos a otro “cese temporal de la convivencia”, que es como los Borbones llaman primero a los divorcios para acostumbrarse. Al tiempo.


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