Sin enmienda

El visitador de la Moncloa

Antes de que a Rajoy le votaran casi 11 millones de personas y empezara a sudar carisma bajo el traje, el mejor barómetro para determinar la distancia que le separaba de la Moncloa no provenía del CIS sino de Aznar, cuyo olfato para el poder es como el del pointer para las perdices. Desde enero de 2009, cuando el estadista con bigote llegó a pensar que su dedo se había equivocado irremisiblemente y proclamó aquello de “en política no se está para empatar ni para heredar sino para ganar”, su frialdad fue templándose y el desprecio al sucesor se trocó mágica y paulatinamente en el amor inquebrantable que hoy le profesa.

Salvando las distancias, el suyo ha sido un proceso similar al de Le Constitutionnel, el periódico que fundó Fouché –no Rubalcaba, sino el francés-, cuando empezó a dar cuenta de la huida de Napoleón del confinamiento de Elba y su regreso a París para volver a ceñirse la corona. La cosa en titulares fue tal que así: “El antropófago ha salido de su guarida”; “El tigre ha llegado a Gap”; “El monstruo ha pasado la noche en Grenoble”; “El tirano ha pasado por Lyon”; “Bonaparte avanza a grandes pasos”; “Napoleón prosigue su avance triunfal”; y el remate final: “Su Majestad Real e Imperial ha llegado a la capital de sus Estados”. Pues bien, ya tenemos coronado al gallego.

Lo de Aznar con Rajoy es como esas inversiones en Bolsa que al principio maldices la hora y al final terminas dando el pelotazo. No hay mejor reclamo para alguien dedicado al asesoramiento al por mayor de multinacionales -esa versión chic y legal del tráfico de influencias en la que además se viaja y se conoce gente- que tener sentado en la presidencia del Gobierno al hereu, que diría Pujol, y eso que hasta el momento el negocio le ha ido como un tiro.

Empleado de Murdoch, consejero de Endesa, presidente para América Latina de la inmobiliaria JER Partners y a sueldo de los negacionistas del cambio climático, los buscadores de oro de Barrick Gold han sido los últimos en percatarse de que este hombre es una mina. ¿Quién mejor que él a partir de ahora para franquear el paso a la Moncloa, si hasta el portero le conoce de cuando vivió allí?

Siendo el ascenso de Rajoy a la presidencia una bendición para sus expectativas laborales, no será menos gratificante hacer realidad el sueño de convertir a Ana Botella en alcaldesa de Madrid, que a su santa le hace una ilusión loca y él lleva años empeñado en darle el capricho. Apalabrada como está la inclusión de Gallardón en el futuro Gobierno, la señora de Aznar ha empezado a hacer ejercicios de muñeca por si el bastón municipal fuera más pesado de lo que parece.

Si Rajoy prometía ponerse a trabajar al día siguiente de su victoria electoral, Aznar no quiso esperar tanto. El 20-N se estuvo como un clavo en Génova, donde corren distintas versiones de por qué no salió al balcón a saludar a las masas en la celebración de la victoria. Horas después volvía allí de nuevo a la reunión del el Comité Ejecutivo del PP, un órgano del que es miembro pero en el que no participaba desde hacía siete años. Y es que dedicación es precisamente lo que le sobra.

Vacante la plaza de visitador de palacio, Aznar es el aspirante con mejor currículo del entorno presidencial. Habrá de tener cuidado Rajoy, que, si algo le debía, con soportar su soberbia durante estos años ya ha pagado con creces la factura. Veremos lo que da de sí esta pasión sin medida que, como todos los amores eternos, suele durar unos pocos meses. 


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