Sin enmienda

Una tumba política en Andalucía o quizás dos

Se vive esta semana pendiente de Andalucía donde, más que unas elecciones autonómicas, socialistas y populares tienen allí convocado un plebiscito. Los primeros quieren saber si su feudo tradicional certifica su defunción o los resucita, mientras que los segundos ansían que la aldea roja del mapa se tiña por fin de azul y, con ello, avale la política de Rajoy y convalide sus reformas. Si esto último se produce, tal y como predicen los últimos sondeos, a los sindicatos no les hará falta recurrir a una pitonisa para conocer cuál será el alcance de la huelga general del día 29, y a Cándido Méndez, al que la pasada semana pregunté si pensaba presentarse a la reelección en la UGT y me dijo que se lo estaba pensando, se le despejarían todas las dudas.

El sentimiento general es que ha sonado la hora del PP, la de Javier Arenas, aunque al sevillano siempre le pareció escuchar las campanadas del triunfo y al final resultaba que era el carillón de la abuela dando las doce. Con todo a su favor, si tampoco en esta ocasión logra coronar el aparente fin de ciclo del PSOE con una victoria que le permita gobernar, alguien tendría que aconsejarle que se dedique al cultivo de la buganvilla, tan bella y tan próspera en la zona gracias al benigno clima mediterráneo.

Ni a Fernando VII, a quienes sus cortesanos le colocaban distraídamente las bolas de billar para la carambola, se lo pusieron mejor que al sevillano. Con una tasa de paro del 31,2% en 2011 (1.248.000 desempleados), un adversario cuyas facciones llevan meses entretenidas en despedazarse a lo caníbal y escándalos de corrupción insoportables como el de los ERE, el fraude en las ayudas de la UE o el arbitrario uso de capitales públicos en Invercaria, lo de pasar página a 32 años de gobiernos socialistas no es una nueva oportunidad para conquistar el poder sino una obligación ineludible.

La recurrente apelación al clientelismo no puede servir ya como excusa a un partido que ganó con holgura las municipales del año pasado y controla los ayuntamientos de las ocho capitales andaluzas y las diputaciones de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada y Málaga. Arenas ha sobrevivido al entierro del aznarismo, cuyo ordenado funeral viene oficiando Rajoy con su cachaza habitual, y a tres derrotas electorales. Nadie entendería que ahora la Junta se le escapara de las manos, un triste final para el cuento de la joven promesa del centro derecha andaluz en el que el protagonista, a su 54 años, pasa a mejor vida o es nombrado cónsul general en Constantinopla.

¿La culpa será también de Zapatero?

Para el PSOE las posibilidades de conservar su bastión del sur son remotas, por mucho que cuente, llegado el caso, con el apoyo de IU. “Desde luego, no creo que se repitiera lo de Extremadura”, me decía Cayo Lara el pasado viernes. Mantener Andalucía aun en coalición significaría un punto de inflexión en su caída al vacío, e insuflaría alguna tímida esperanza en una organización melancólica, que en vez de un líder parece haber elegido a un administrador del pesimismo.

La derrota representaría sencillamente el tiro de gracia. Su lectura iría más allá del castigo de los electores por la corrupción o el desempleo y del cansancio de tres décadas ininterrumpidas de endogamia. ¿Habría que atribuir la debacle sólo a Griñán, al que, por cierto, los partidarios de Rubalcaba no han dejado de hacer la vida imposible, o debería asumir alguna responsabilidad su nuevo mandamás? ¿Hasta cuándo será Zapatero el culpable de las elecciones que pierde don Alfredo?

Aceptando que “el PSOE está muerto”, según la confesión que me hacía este martes uno de sus diputados más veteranos, es lógico que su presidente (Griñán) sea un cadáver político -estado al que muy posiblemente quede reducido tras los comicios- y su secretario general un zombi. Luctuoso final, en cualquier caso, el de estas elecciones.


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