Sin enmienda

El primo de Blanco no es el de Zumosol

Decía el conde de Romanones que si no existieran hijos, yernos, hermanos y cuñados los jefes de Gobierno y, por extensión, los políticos en general se ahorrarían muchos disgustos. Olvidaba el conde citar a los primos, ya sean carnales o por esposa interpuesta, uno de los cuales, sin ser el de Zumosol, ejerce ahora mismo sus rigores sobre el ministro de Fomento, José Blanco, del que el Tribunal Supremo ha de decidir si debe ser investigado por cohecho y tráfico de influencias.

En el llamado ‘caso Campeón’ hay cosas que no son muy normales. Como en este país de capitanes todos quieren ser el último en abandonar el cargo, es muy raro que dos diputados, uno del PP y otro del BNG, dimitan en un santiamén al conocer que un empresario les ha acusado de cobrar comisiones por ayudarle en sus gestiones para obtener ayudas pública. Mucho más extraño todavía es que todo un señor ministro acepte citarse con el empresario en una gasolinera de Lugo, como quien recoge a un autoestopista, para darle un curso acelerado sobre las subvenciones oficiales, así en abstracto. Y del todo anormal es que el secretario de Estado de Transportes, un subordinado de Blanco, llame a un alcalde para interesarse por una licencia de obras que ha solicitado un socio del empresario y que, a la sazón, resulta ser el vendedor de la vivienda que habita el portavoz del Gobierno en Madrid además de amigo suyo.

¿Son suficientes estos fenómenos paranormales para dar crédito a ese emprendedor llamado Dorribo, cuando asegura que pagó a Blanco 290.000 euros a través del primo de su santa por una subvención del Ministerio de Economía y un permiso del Ministerio de Sanidad para comercializar medicamentos unidosis pese a que nunca llegara obtener ni una cosa ni la otra? Quizás no, pero no faltarán quienes piensen que pudiera tratarse de una inversión a fondo perdido.

De entrada hay que reconocerle a Dorribo unas condiciones innatas para las relaciones personales. Un hombre que igual que consigue ser recibido por el presidente de la Xunta -donde por cierto sí logró que le arreglaran el cuerpo- utiliza el excelentísimo vehículo de Blanco como taxi es un portento de la comunicación empresarial, y presenta a priori unas inmejorables dotes para el soborno, aunque unos cuantos meses en la cárcel y varias intervenciones telefónicas hayan demostrado que su fuerte no sea guardar secretos.

Haría bien Blanco en explicarnos el trato que mantiene a sus amistades, si estaría dispuestos a acercarnos a Galicia a cualquiera de nosotros, que el viaje en el Alsa se hace interminable, o si podemos confiar en que algún alto cargo de Fomento estará siempre dispuesto a resolvernos los problemas burocráticos a los que nos enfrentemos. Debe el ministro rendir las mismas cuentas que le exigía a sus adversarios políticos, con independencia de que el Supremo decida que no hay caso. Si lo hubiera, obviamente, bastaría con su dimisión y/o su renuncia al escaño. Ya sería una explicación suficiente.


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