Sin enmienda

La misa negra de Rajoy en honor de los mercados

Haciendo bueno aquello que los mercados son los nuevos dioses, la violenta erupción de la prima de riesgo de la deuda española persuadió esta semana al Gobierno de la conveniencia de ejecutar un sacrificio muy sangriento para aplacar su cólera. Del ritual se encargó el ministro de Lehman, Luis de Guindos, en funciones de sumo sacerdote, quien a falta de otras vírgenes, sugirió que la Educación y la Sanidad eran las víctimas más indicadas para arrearles un tajo de 10.000 millones de euros y consumar la enésima ofrenda a las alturas. La capacocha, presidida por Rajoy, se celebró el lunes sin que la tierra haya dejado de temblar todavía, para desconcierto de todo bicho viviente.

Un buen consejo para los adoradores de tanto becerro de oro habría sido establecer primero a qué obedecía el enojo de estas caprichosas divinidades, no fuera a ser que decapitáramos precipitadamente el pollo para la cena y a los invitados les diera por el rape. De hecho, ni los economistas/opinadores más avezados se habían puesto de acuerdo en el diagnóstico de la situación. Los más devotos de los recortes creían que el castigo de los mercados a la deuda soberana era consecuencia de una política timorata de ajustes, que apenas si representaban una tirita para el supuesto cáncer que había hecho metástasis en la Sanidad, la Educación, las pensiones y el subsidio de desempleo. Según decían, bastaría con acercarles el bisturí a estos tumores de gasto para notar rápidamente cómo la presión disminuía.

Un segundo grupo compartía este análisis pero lamentaba que la pírrica victoria de Javier Arenas en Andalucía, insuficiente para gobernar la comunidad, impediría practicar la austeridad desde el campo de Gibraltar a los Pirineos, tal y como exigía la declarada batalla a muerte contra el déficit público. Se hace fácil imaginar a Soros o a los chicos de Prudential, Metlife o Blackrock rediseñando a toda prisa el futuro de sus fondos y sus inversiones una vez despejada la variable andaluza y con Arenas de nuevo y como siempre en la oposición.

Finalmente, no han faltado quienes estimaban que los mercados, que además de dioses son profetas, la habían emprendido con la deuda anticipando que tanto recorte haría imposible el crecimiento y, sin él, se entraría en una espiral de más recesión, más paro y menos ingresos tributarios, lo que obligaría a nuevos recortes para cumplir con el déficit, y vuelta a empezar.

Extrañas maneras de ganar confianza

En lo único en lo que todos parecían coincidir es que el cambio de Gobierno no ha servido para recuperar la confianza, que según el propio Rajoy era la condición indispensable para salir de la crisis. Puede que España no sea Grecia pero a cualquier observador tiene que extrañarle por fuerza que de un día para otro el déficit público no acabe en el 6% como se presumía sino en el 8,5%; o que en unas horas el déficit previsto para 2012 pase del 5,8% al 5,3% porque así lo pide Merkel; o que un martes se asegure que Madrid ha cumplido el objetivo de 2011 y el miércoles Esperanza Aguirre descubra una caída de ingresos de 1.000 millones de euros; o que se oculten los Presupuestos del Estado para procurar que Arenas gane la primeras elecciones de su vida; o que a la semana de aprobarlos se recorten 10.000 millones vía nota de prensa; o que se limite a 56.000 millones el coste de una reforma financiera que los más optimistas cifran en el doble; o que se promueva una amnistía fiscal que, además de vergonzosa, si algo demuestra es auténtica desesperación por echar algún euro al zurrón.

Así las cosas, resulta hasta razonable que nadie se crea las cifras, que todos duden del saneamiento de los bancos y que Bruselas recele de Rajoy y de Luis de Guindos, al que un día de éstos le estrangulan en un Ecofin pero de verdad. Esta es la confianza que genera el Ejecutivo del PP siguiendo la glamorosa estela dejada por Zapatero, del que decían que improvisaba y en comparación con su sucesor va a parecer que era más metódico que Descartes.

Más efectivo que postrarse de hinojos antes los mercados -cuya motivación no es la contundencia de los ajustes, ni el síndrome de Sísifo que aqueja a Arenas, ni las nulas perspectivas de crecimiento sino ganar dinero a costa de lo que sea-, sería hacer valer el peso de España en la Unión Europa, y recordar de paso a socios como Alemania y Francia que no les conviene jugar con fuego porque en nuestra caída nos llevaríamos por delante a buena parte de su sistema financiero, al que bien podríamos dejar de pagar los más de 250.000 millones de euros que debemos a sus bancos. Dicho recordatorio debería hacerse extensivo al BCE, al que no se le pide nada distinto de lo que viene haciendo y en mucha mayor medida otros bancos centrales como la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra: seguir inyectando liquidez para fomentar la actividad económica y el crédito privado y ahuyentar a los especuladores.

Salvo por cuenta de espurios intereses, nadie puede mantener seriamente que España tenga un riesgo de insolvencia que le aboque a un rescate ni negar el intenso ajuste que en los tres últimos años ha realizado la economía, hasta el punto de que el déficit comercial y por cuenta corriente se ha reducido a la mitad, y ello pese al notable incremento del precio del petróleo, lo que ha hecho disminuir drásticamente la necesidad de importar capitales para financiarlo. El país ha ganado también en competitividad, porque sin necesidad de reforma laboral los salarios se han ido contrayendo en ese período.

Más allá del empeño en reducir el déficit, la obligación de Rajoy es dejar de esconderse bajo las piedras y demostrar que España no es Grecia, ni Irlanda ni Portugal, a los que Bruselas pudo dejar nadando en una piscina llena de tiburones para tiempo después hacerse un caldo con sus huesos. Está muy bien tratar de recuperar la confianza, pero para ello es imprescindible ganar respeto en Europa, el que se merece un país que está dispuesto a recortar 37.000 millones de su Presupuesto en un solo año, a costa del empleo de cientos de miles de personas. Esa es la tarea y no desangrar aún más al país con misas negras en honor de los mercados tan del agrado del ministro de Lehman, que es muy devoto de esos ritos.


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