Sin enmienda

El marianismo, un liberalismo simpático

Decíamos ayer, que en unidad real de tiempo son un par de semanas, que el Gobierno tenía en un sinvivir a su base más liberal ante el temor de que hubiera aflorado en Rajoy un ramalazo izquierdista, proveniente quizás de la acción inesperada de un ácaro rojo de las alfombras de Moncloa. La realidad ha venido a confirmar que se trataba de una falsa alarma sanitaria y que lo que se creía una afección socialdemócrata no es sino la nueva forma de liberalismo que el presidente practica, influenciado tal vez por el precedente de su antecesor, que convertía en una práctica de la izquierda cualquier iniciativa que emprendiese, ya fuera una cosa o su contraria.

Hay que reconocer que el liberalismo es exageradamente flexible, algo que le permite denostar al Estado por derrochador e ineficiente y al mismo tiempo usarlo como ariete en sectores estratégicos para imponer el ordeno y mando. En esta cualidad de junco balanceante se está apoyando Rajoy para mantener dentro de la ortodoxia más liberal algunas de sus medidas, que sin ella parecerían intervencionistas y, por tanto, prohibidas por pecaminosas al líder de la derecha. Claro ejemplo de lo anterior son los planes para la reordenación del sistema financiero, que lejos de limitarse a señalar las condiciones que las entidades tendrán que cumplir para completar su saneamiento, incluye un mapa minucioso de las fusiones y absorciones que el Ejecutivo desea.

Intervencionismo casi soviético

Esto, que puede ser muy conveniente y que fue lo que debió haber hecho en su día el Gobierno del PSOE en vez de dejar que el gobernador del Banco de España tocara la lira mientras el sistema “más solvente del mundo” se iba a pique, no ha merecido ningún reproche por parte de los liberales más fervientes, lo que da una idea de lo relativo que es todo, incluida la libertad de empresa. ¿No es de un intervencionismo casi soviético obligar al BBVA a absorber Catalunya Caixa o promover por el artículo 33 la fusión de Caixa Bank y Bankia para salvar del desastre a don Rodrigo? Pues eso.

Este intervencionismo liberal ya se dejó sentir en las primeras medidas adoptadas, como la subida de impuestos que, como se recordará, era un disparate y un “insulto a los españoles” –en expresión de Rajoy-, pero se adoptó por imperativo presupuestario, lo que traducido al cristiano significa que en situaciones excepcionales no hay que ser tiquismiquis con los principios o, como más recientemente ha precisado el presidente respecto a una posible subida del IVA, hoy no será y mañana quién sabe porque “nada es eterno”. La expresión recuerda, mira por donde, al famoso “el Gobierno no improvisa, responde a la situación” de Zapatero.

Efímera ha sido, por citar un caso, la oposición que ha mantenido el PP a la tasa Tobin para gravar las transacciones financieras, que hace un año era inútil e inaplicable, además de un obstáculo a la libre circulación de capitales, y que tras la entrevista de este martes de Rajoy con Sarkozy, que es quien la apadrina, se ha convertido en un instrumento imprescindible que ha de aplicarse con decisión y urgencia.

En el remozado liberalismo del PP, también llamado marianismo, el Estado sigue siendo un padre atento y generoso que no dejará caer a ninguna comunidad autónoma y aliviará sus problemas de liquidez, a cambio eso sí de que prometan ser buenas y no gasten lo que no tienen ya que, en caso contrario, serán liberalmente intervenidas. En el aspecto social, nadie pone ya en cuestión que se mantenga el auxilio a los parados sin protección, aunque no hace mucho había que oír a algunos ideólogos del partido despotricar contra un sistema asistencial que desincentiva la búsqueda de empleo.

Liberalismo antipático y simpático

Habrá quien diga que todo lo anterior muestra que Rajoy no es un liberal de pura cepa, como lo es Esperanza Aguirre, pero la cuestión ya quedó aclarada hace algunos años cuando la presidenta de Madrid, mientras deshojaba la margarita de competir por el liderazgo del partido, afirmó que con ella la socialdemocracia no estaría tan cómoda. Le salieron al paso varios dirigentes del PP próximos al de Pontevedra, entre ellos el actual secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, que ya dejó claro que el liberalismo de Rajoy y, por extensión el del PP, no era el de Friedman y Hayek, fetiches de Aguirre e inspiradores de la revolución conservadora de Reagan y Thatcher.

En un artículo publicado entonces el diario El País y titulado Liberalismo antipático, Lasalle describía esta nueva vía: “Quienes defendemos el liberalismo dentro del Partido Popular debemos ser conscientes de que el ejercicio de la libertad ya no sólo debe operar en un sentido negativo y anti-estatista, sino también de una forma positiva, proyectando una dinámica incluyente e igualitaria que anteponga la independencia de la persona frente a las intromisiones de aquellos que practican la arbitrariedad, la intolerancia, la intransigencia y la ortodoxia, vengan de donde vengan, que es lo que defienden los actuales principios de nuestro partido y lo que mantiene Mariano Rajoy en sus discursos desde que asumió su presidencia en 2004. Si no fuera así y retrocediéramos en nuestros planteamientos o, lo que sería peor, asimiláramos versiones reaccionarias de los mismos, el liberalismo podría convertirse en una ideología excluyente, trasnochada y anticuada; un liberalismo antipático (…)”. He ahí la clave de bóveda: el marianismo es simpatía.


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