Sin enmienda

La inocencia del dandi de la Albufera

Francisco Camps se ha sentado por fin en el banquillo y lo está haciendo durante tantas horas que uno teme que se le arrugue el traje con lo picajoso que este hombre para los ternos. Viéndole ahora nadie lo diría, pero no hace tanto que su nombre sonaba como alternativa a Rajoy para liderar el PP, lo que da idea del nivel de liderazgo que se exigía por aquellos pagos, semejante al de Churchill pero sin bombín.

Con el argumento de que nadie se corrompe por recibir unos trajes, todavía hay quienes siguen pensando que Camps se encuentra en esta tesitura por su mala cabeza, y que le hubiera bastado con asumir el error de no haberlos pagado y extender un cheque al portador para salir airoso del trance con un aquí paz y después gloria. Lo dramático del caso es que, probablemente, lleven razón, lo que vendría a demostrar que el dandi de la Albufera tiene menos cintura que un elefante –de ahí su exigencia del ceñidor trasero en los pantalones- y no estaba capacitado ni para presidir una comunidad de vecinos.

Pero no sólo eso. De no ser por esa minucia de los trajes, Camps habría esquivado sin mancharse siquiera esos zapatos que le regalaba Álvaro Pérez el Bigotes -su personal shopper- el lodazal de corruptelas en el que sumió a la Comunidad Valenciana. El patio de Camps era el de Monipodio. A los amiguitos del alma del presidente les llovían los contratos públicos y los encargos del PP, cuya factura era abonada por los constructores a los que la Administraciones regional adjudicaba el grueso de la obra pública. Mientras, a los dirigentes y altos cargos del PP les llovían los trajes, los relojes, las pulseras, los viajes y los coches. Benditas esa tormentas que hacen que llueva café en el campo, y que el café, además, sea de marca.

Lo sorprendente, por tanto, no es que a Camps se le esté juzgando por unos simples trajes sino que no se le vaya a juzgar por lo demás, toda vez que el Tribunal Superior de Justicia de Valencia rechazó el pasado mes de julio incluirle en la causa que se sigue, por ejemplo, contra quien fue su vicepresidente, Vicente Rambla, y otros subordinados suyos por la presunta financiación ilegal del partido. En el peor de los casos, el juicio por los trajes le acarreará una multa y no es descartable que su renuncia a la presidencia, que tanto alivió a Rajoy en su momento, le sea recompensada en el momento procesal oportuno.

Lo más interesante de su declaración en el juicio no fue que se refiriera a los trajes como su uniforme de trabajo ni que sostuviera que siempre devolvía los regalos o los enviaba a los pobres de África, sino su insistencia en que su relación con el Bigotes fue como presidente del PP de Valencia y no como presidente de la Comunidad. De aceptarse esta premisa, aunque se haya acreditado extensamente que no pagó un euro por su fondo de armario, no podría ser condenado por cohecho impropio, que es un delito que sólo pueden cometer los funcionarios públicos en el ejercicio de su cargo.

A buen seguro, esta sutileza habrá escapado a los miembros del jurado, pero no al juez que preside la vista. Ésta es también la razón de que el abogado del otro acusado, Ricardo Costa, se empeñase en destacar desde el primer momento que su defendido nada tenía que ver con el Gobierno de la Generalitat.

Lo que Camps pretende demostrar es que en él se dan las mismas circunstancias que rodean el Misterio de la Trinidad. Nuestro elegante y pinturero personaje era, cuando menos, dos personas en una. Quien llamaba cariñosamente “hijo de puta” al Bigotes y le agradecía los presentes a su familia –eso es lo que afirma- no era el trajeado presidente de Valencia sino el líder regional del PP. Uno es inocente y el otro superinocente. O el Espíritu Santo anda listo o acaba en una jaula.


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