Sin enmienda

Esos golpistas que querían lo mejor para España

Por si no fuera poco con la que le ha liado su yerno, al Rey le ha vuelto a salir un grano, esta vez a la altura de Alemania, donde la desclasificación de documentos reservados ha desvelado el contenido de una nota diplomática que el embajador Lothar Lahn remitió a Bonn en marzo de1981 para dar cuenta a su Gobierno de la charla que había mantenido con el monarca. No había pasado ni un mes desde que Tejero y sus muchachos habían incrustado 37 balas en el techo del hemiciclo del Congreso para pedir por favor a los miembros del Gobierno y a los diputados que se sentaran, coño, porque permanecer de pie en los intentos de golpe de Estado es cansadísimo.

Campechano como acostumbra, el Rey vino a decirle al embajador que a los militares había que comprenderles, que habían tenido un pronto, algo que no era de extrañar conociendo cómo se las gastaba Suárez, que no hacía caso a nadie. Con las mismas le explicó que trataría de hacer gestiones ante el Gobierno y ante la Justicia militar para que ese puñado de bienitencionados, que habían actuado por su cuenta cegados por el amor a España, no les pasara nada grave. Y al embajador le faltó tiempo para redactar un cable con la sinopsis del encuentro.

El asunto puede parecer anecdótico pero no lo es, porque aquí se ha construido un mito en torno al papel del jefe del Estado en la Transición, como si la propia supervivencia de la monarquía hubiera sido posible por un camino distinto al del Estado de Derecho, tal que el retorno al borbonismo ilustrado de sus antecesores. De ahí que sorprenda que el considerado guardián de las esencias democráticas e inconmensurable defensor de las libertades políticas de los españoles haya podido confesar, aun en el delirio de una noche amorrado al gin tonic, sus simpatías por los golpistas.

Sin el fulgor de esa veneración acrítica que se ha convertido en un dogma de fe, sería más sencillo asumir que el hombre que paró el golpe de Estado el 23-F también contribuyó a alentarlo, dando pábulo, por ejemplo, a la idea de que aceptaría un gobierno de concentración presidido por un militar para quitarse de en medio a quien él eligió para pilotar la reforma política y al que las urnas refrendaron con posterioridad.

Reuniones con Armada

Dirán que en esas maniobras no estuvo solo y que hasta el PSOE coqueteó con la idea, hasta el punto de participar en reuniones con el propio Alfonso Armada, el supuesto elefante blanco vestido de caqui, en las que se planteó la necesidad de dar a Suárez el pasaporte y sustituirlo transitoriamente por un gobierno de coalición a cuya cabeza nadie mejor que el propio Armada para ejercer la presidencia. El caso es que en los meses previos al golpe, el Rey se hartó de transmitir a políticos y militares su descontento con el legítimo presidente del Gobierno, alentó aunque fuera con sus silencios la solución de emergencia antes citada y pudo dar a entender que no se opondría a que fueran los militares quienes la precipitaran por la fuerza. En definitiva, hizo de parte cuando debió hacer de juez.

Zarzuela, por supuesto, se ha apresurado a desmentir el cable del embajador, cuya capacidad de respuesta está muy mermada desde que falleciera en 1994. Los hechos, sin embargo, vienen a corroborar que, con mediación real o sin ella, la Justicia fue notoriamente indulgente con los golpistas, de los que apenas una treintena llegó a sentarse en el banquillo. Tejero, que fue el último en abandonar la cárcel, pasó en ella quince de los 30 años a los que fue condenado. Antes lo había hecho Milans (1990) y Armada, al que se indultó en 1988 con el argumento de que padecía una enfermedad incurable que a día de hoy sigue sin remitirle.

Al elevar al Rey a un pedestal excesivamente alto se corre el riesgo de que su imagen se parta la crisma con una caída tan accidental como la provocada por el cable de un diplomático. Al fin y al cabo, nadie es perfecto, como le decían a Jack Lemmon cuando se quitaba la peluca.


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